El color que en un principio creyó de un insípido gris humo adquiría unos preciosos reflejos metálicos cuando les daba la luz del sol y, en la oscuridad, brillaban como los discos plateados. Tenía el rostro ancho, de mandíbula cuadrada y la nariz grande y recta. Todos rasgos muy masculinos excepto por la boca, de llenos y sensuales labios que libraba de un excesivo clasicismo a su fisonomía y contribuían a dulcificarla un poco, privándolo de ese aspecto de dios mitológico que parecía desprender toda su persona. En realidad no se podía decir que fuese guapo, al menos no en el sentido estricto de la palabra, pero tenía un atractivo especial que no dejaba indiferente a ninguna mujer. Incluso Parker era más guapo que él, aunque no tenía el poderoso magnetismo que emanaba de su atrayente jefe. Otra cualidad que la fascinaba, aunque nunca se atrevería a admitir en voz alta, era su férreo y disciplinado carácter y la aparente frialdad y reprobación que mostraba ante ella. La consideraba, sin ninguna duda, una mocosa alocada y caprichosa que no tenía nada mejor que hacer que aprovecharse del dinero y la posición de su rico papá, y a la que él tenía que cuidar para que no se hiciese daño. Su padre le comentó que, en un principio, se mostró bastante reacio a aceptar el trabajo y que, a su parecer, terminó accediendo por importantes presiones. Por ello le rogó que no crease demasiados problemas. El hombre podría arrepentirse y decidir que otro se encargase de protegerla. A Karla le pareció que su padre estaba impresionado con él y no deseaba, en modo alguno, que éste les abandonase. Ella prometió aceptar la situación siempre que no la privasen totalmente de libertad y no estuviese merodeando alrededor de ella todo el tiempo. Pero eso fue antes de conocer al famoso Sebastian Fox. Tras la impresión recibida al verle por primera vez en el aeropuerto, comprendió que no iba a resultarle fácil ignorar su presencia. Tampoco lo deseaba por mucho que la exasperase en ocasiones. Había comprobado que en realidad, le encantaban y excitaban enormemente esas pequeñas escaramuzas que libraban de vez en cuando. Le fascinaba verle reprimir su furia cuando ella lo provocaba y mantenerse firme ante sus arbitrariedades, aunque en esos momentos ella desease golpear con todas sus fuerzas aquel pétreo rostro. También le gustaba la seguridad que experimentaba cuando la acompañaba en las salidas por la población, aunque se empeñase en refunfuñar durante todo el rato. Debía reconocer que no le desagradaba la presencia de Sebastian Fox tanto como manifestaba, incluso si eso suponía recortar su independencia. En vista de lo atrayente que le resultaba, y de que no tenían otra opción que pasar las próximas semanas conviviendo juntos, sería más inteligente intentar que estas transcurriesen lo más agradablemente posible. Además, advertía que ella tampoco le era indiferente. Se lo confirmaban las furtivas e intensas miradas que le dirigía cuando pensaba que nadie lo observaba, y que intentaba camuflar con una actitud huraña y hasta desdeñosa. Eso la incitaba a demostrarle que el hombre duro que se esforzaba en aparentar no lo era tanto y que, como cualquier otro, se debilitaba ante los encantos de una mujer. Por el momento, resultaban muy entretenidos y estimulantes los intentos por derribar las defensas de aquella inexpugnable fortaleza. Aunque no tardaría mucho, se prometió, verle arder de deseo y tenerlo suplicando que le permitiera adorarla, algo a lo que ella accedería con sumo placer.
Se estremecía al imaginar el ser estrujada entre aquellos poderosos brazos y besada por sus sensuales labios. Además, no conocía forma más placentera de vengarse de la desagradable custodia impuesta por su padre que seducir a uno de sus guardaespaldas. Tal vez su progenitor decidiría ocuparse él mismo de su seguridad en el futuro. Bien, observó con complacencia y sonrisa ladina, allí estaba solo y desvalido el pobrecito y ella no iba a dejar pasar una oportunidad tan estupenda. Karla se dio la vuelta consiguiendo que la parte superior de su bikini se deslizara y dejase al descubierto sus hermosos y llenos pechos, al tiempo que emitía un profundo suspiro, lo suficientemente audible como para conseguir que la oyese el hombre que se hallaba en el otro extremo de la piscina. Y en efecto, Sebastian giró la cabeza en su dirección y se quedó mirando fijamente durante unos minutos, atento a cualquier muestra de alarma. Cuando pareció convencido de que no corría ningún peligro y estaba dormida volvió a su lectura, si bien no pudo concentrarse en ella. La visión del cuerpo casi desnudo de Karla lo alteró tan profundamente que, sólo marchándose de allí y zambulléndose en las frías aguas marinas, conseguiría aplacar la oleada de calor que lo embargaba. Aquella endiablada criatura era poseedora de uno de los cuerpos más magníficos que había contemplado hasta ese momento, algo de lo que ella era totalmente consciente y en modo alguno deseaba ocultar. Además, poseía un rostro tan bello y angelical que resultaba casi imposible dejar de admirarla. Reprimió una maldición. Su comportamiento se parecía cada vez más al de un patético adolescente, al que la contemplación de una hermosa mujer dejaba tembloroso y excitado, que al de un hombre curtido desempeñando una importante labor profesional. Pero era tal la fascinación que Karla ejercía en él que, ni recurriendo a toda su fuerza de voluntad, lograba sustraerse a ella. Sebastian deseaba con todo su corazón que todo aquel embrollo se resolviese lo antes posible para poder regresar a su tranquila y cotidiana vida. Sólo de esa forma conseguiría arrancarla de su mente y de sus sueños. Qué equivocado estuvo cuando, al ver su poco favorecedora fotografía en el despacho del industrial, no imaginó que tendría que lidiar con esa fascinante mujer de sonrisa seductora y cuerpo sensual que le hacía perder la concentración, y casi el buen juicio, en cuanto posaba la mirada sobre ella. Además, o bien esa era su forma habitual de comportarse y no podía evitar resultar tan tentadora y sensual o se dedicaba a seducir a cualquier hombre que se cruzase en su camino, como si se tratase de su deporte favorito. Ya tuvo que reprender severamente a Parker al advertir que prefería admirar la hermosa vista que constituía el espléndido cuerpo de Karla dorándose al sol, al escrutinio de los alrededores de la casa. Pero, se preguntaba con fastidio, ¿quién se encargaría de reprenderle a él mismo por entretenerse en la contemplación de la misma imagen? También parecía decidida a causarle el mayor número de problemas posibles, como demostró desde el primer momento al pretender prescindir de escolta en sus salidas y no anticiparle sus planes