Si su padre no quería o no era capaz de protegerla él mismo de un ex empleado resentido, ella se consideraba lo suficientemente capacitada para cuidar de sí misma y no estaba dispuesta a que esos dos carceleros le arruinasen los pocos días de diversión que tenía al año. Pronto comprendió que iba a resultar mucho más difícil de lo calculado y que Sebastian Fox no era el musculitos sin cerebro que imaginó en un principio, ni el empleado servicial que se plegaría a todos sus deseos y al que ella manejaría como a un pelele. Resultó un perfecto tirano, que se tomaba muy en serio su trabajo y no la perdía de vista ni un segundo. En fin, se dijo con resignación, así estaba la situación y no le cabía otra opción que aceptarla. Aunque aprovecharía la menor oportunidad para librarse de su estrecha vigilancia y dedicarse a vagabundear por los alrededores en busca de bellas instantáneas que captar con su cámara. Un movimiento al otro lado de la piscina llamó su atención. Giró un poco la cabeza y observó a Sebastian que se acercaba a la alta tapia. Éste se detuvo a observar un pequeño aparatito colocado en una esquina de la pared tras manipularlo durante unos segundos, apuntó algo en una libreta y la guardó en uno de los bolsillos de su pantalón. Llamó a Parker y le dio unas instrucciones, tras lo cual, se sentó en una cómoda tumbona y se dispuso a leer un periódico. La primera vez que lo vio, Karla ya advirtió que se trataba de un hombre muy interesante. Con el transcurso de los días llegó a la conclusión de que, en realidad era un magnífico ejemplar masculino que no dejaba de impresionarla cada vez que lo miraba. Ella estaba acostumbrada a ver hombres de sus características, altos y musculosos, principalmente en los círculos universitarios en los que se movía, pero éste era uno de los más atractivos que recordaba haber admirado en los últimos tiempos. ¿Qué edad tendría? Le calculó unos treinta y pocos años, probablemente menos, ya que su aspecto serio y competente le hacía parecer mayor. Lástima que fuera tan formal y autoritario, a la vez que reservado. ¿O era eso lo que le resultaba tan atractivo? También le atraía su físico poderoso, que rezumaba fuerza y vigor por todos sus poros.
Karla tuvo ocasión de comprobar que no se trataba de un muñeco bonito con el que podría jugar a su antojo, y se sentía excitada como pocas veces en su vida ante el reto de vencer a un contrincante tan fascinante. La mayoría de los chicos de aspecto similar que ella conocía en la universidad eran puro músculo y escasez de neuronas. Se dedicaban a reír todas las ocurrencias con una cerveza en la mano y, cuando intentabas mantener con ellos una conversación medianamente coherente, se comportaban como niños de escuela y desaparecían con la menor excusa. Tampoco en el terreno s****l se podía decir que fuesen muy diestros, al menos en las escasas relaciones mantenidas. Procedían a entrar a saco, como si el mero hecho de poder disfrutar de su poderoso cuerpo fuese suficiente para que una mujer se diese por satisfecha. Reconocía que las relaciones sexuales no resultaron ser lo que imaginaba. Tal vez esperaba demasiado de ellas y por eso no consiguieron colmar sus aspiraciones. Suponía que el hacer el amor conllevaría algo más que un mero, y por cierto mediocre, placer físico. Abandonó mucho tiempo atrás las pueriles fantasías de adolescente. En esa época, arraigó en ella la idea de que un amor romántico y apasionado comprendía, tanto el placer físico como la comunión de las almas de los amantes, convirtiéndolos en un sólo ser, al menos era lo que recordaba en sus padres cuando se sentaban en el balancín del jardín y pasaban horas abrazados y prodigándose tiernas caricias, apenas murmurando o riendo por cualquier cosa. Esa idea se fue desvaneciendo poco a poco a fuerza de soledad y desengaño. No creía en el amor ni esperaba encontrar a esa persona que lograra colmar todas sus aspiraciones, su media naranja como sus amigas solían decir. Era cierto que en un principio lo intentó, más las relaciones mantenidas hasta entonces la habían decepcionado y no solamente con los musculosos miembros del equipo de remo de la universidad, sino también entre sus compañeros más intelectuales y sensibles. Ninguno lograba encender en ella más que una pequeña llamita que se extinguía en poco tiempo. Aunque estaba resignada a no esperar más que ese escaso placer físico, le hubiese gustado experimentar el éxtasis y la ternura que podían acompañar a ese tipo de relación y de los que tan carente estaba. Con los ojos semi-cerrados, continuó observando Sebastian. El hombre, vestido con un pantalón corto y un ajustado suéter de algodón, parecía relajado y absorto en la lectura y, por ello, Karla pudo recrearse a sus anchas en su contemplación. Lo que llamaba la atención en primer lugar era su poderoso físico. Debía medir casi dos metros, pues ella, con sus 175 centímetros de altura, apenas le llegaba a la barbilla. Pero no era desgarbado, como solía suceder con los hombres tan altos, ni excesivamente musculoso a fuerza de machacarse en el gimnasio, como estaba tan de moda en la actualidad. Su cuerpo parecía moldeado por un magnífico escultor. Poseía músculos largos y flexibles, que apenas abultaban bajo su piel aunque se apreciaban nítidamente, dispuestos a ponerse en acción al menor estímulo. Advirtió sus anchas espaldas de nadador, deporte que debía practicar con asiduidad y, probablemente, el causante del magnífico modelado de tan bello cuerpo. Esa misma mañana, a una hora muy temprana, lo había visto practicar innumerables largos en la piscina. No pudo evitar deleitarse en su contemplación, todo músculo, fuerza y elasticidad. Pero a ese magnífico físico también se unía un atractivo rostro, muy masculino y agradable de mirar. Advirtió que su cabello no era tan oscuro como en un principio le pareció. Al sol despedía unos reflejos castaños que suavizaban su aspecto serio y su bronceada piel, a pesar de llevar aquel corte al cepillo que le daba un aspecto tan marcial. Su frente era alta y despejada y sus espesas cejas enmarcaban unos ojos de mirada penetrante y sagaz, siempre alerta y observando cualquier eventualidad.