Capítulo 10

1185 Words
Después de mucho batallar consiguió que aceptase la situación, aunque él estaba convencido de que en el fondo sólo era una mera estratagema para que la dejase en paz. Conocía a su hija lo bastante bien y sabía que no aceptaba imposiciones tan fácilmente. Tampoco dejaría que nadie le impidiese actuar como le viniese en gana por muy peligroso que ello fuese para su seguridad. Karla estaba acostumbrada a hacer lo que le apetecía desde que nació, pues siempre fue una niña independiente y tozuda. Mientras su madre vivió, ella se encargó de guiarla y controlarla en sus excesos. Una vez que Olivia desapareció de la vida de ambos, él no supo encontrar la forma de imponerse a su díscola hija, probablemente porque tuvo que lidiar en demasiadas batallas y no pudo asumir la ingente tarea de disciplinarla, o esa era la excusa con la que pretendía justificarse. Pero en esta ocasión no iba a permitir que le desobedeciera y así se lo dio a entender. El que ella no volviese a sacar el tema le hacía temer que Karla esperaría la menor ocasión para dar esquinazo a su escolta y lanzarse a curiosear por ahí, al igual que siempre hacía. ¡También en eso era tan parecida a su madre! A Olivia le encantaba salir a pasear sin rumbo fijo, con el cuaderno de dibujo bajo el brazo, y detenerse en cualquier lugar para plasmar lo que en ese momento llamase su atención. En ocasiones, él se inquietaba ante la tardanza de su esposa y cuando, alarmado, se disponía a salir en su búsqueda, la veía llegar con una sonrisa feliz en los labios y el rebelde cabello alborotado. Entonces le mostraba entusiasmada sus bocetos, en los que aparecían bellos paisajes del entorno o los rostros graves y expresivos de las gentes del lugar, y él olvidaba su inicial enfado y la estrechaba entre sus brazos. Karla había heredado el talento artístico de su madre, aunque ella prefería expresarlo por medio de la fotografía. Desde que con seis años le regalara su primera máquina de fotografiar, su hija se dedicaba a esa afición con verdadera pasión, principalmente durante sus vacaciones, y estaba convencido de que en esta ocasión no estaría dispuesta a quedarse encerrada entre las paredes de la villa e intentaría perderse por los alrededores con su motocicleta. Debería advertir a Sebastian de esa arraigada afición para que intentase impedirla o, al menos, refrenarla. Le habría gustado poder pasar unos días con ella en la casa y disfrutar de la paz y la belleza del lugar. Lamentablemente debería marcharse al día siguiente. Pamela llegaría a Caracas por la tarde y deseaba verle. Estaba terriblemente preocupada por el problema surgido y él deseaba tranquilizarla personalmente. Después, intentaría convencer a su esposa de que pasaran unos días con su hija. Estaba firmemente decidido a conseguir un acercamiento real entre las dos. Karla debía evitar el rechazo hacia su nueva madrastra y aceptar la situación de una vez. Habían transcurrido casi cuatro años, tiempo suficiente para que comprendiese que no se trataba de un capricho pasajero. Pamela lo amaba tanto o más que él a ella, estaba convencido. Su hija debería sentirse feliz con la situación. Era consciente de que ninguna mujer reemplazaría nunca en su corazón a la esposa fallecida. Ella siempre estaría ahí, ocupando una gran parte, pero Olivia nunca regresaría y él no podía resigna a vivir sólo de los recuerdos, por muy bellos y gratificantes que estos fuesen. Era aún joven y no deseaba renunciar amor y a la felicidad que su bella mujer le proporcionaba. Karla tendría que comprenderlo y aceptarlo. Miguel emitió un leve suspiro y procuró relajarse y desechar cualquier pensamiento negativo. Estaba cansado por el largo viaje y la tensión soportada en los días anteriores. Decidió dormir el resto del trayecto hasta llegar a la casa. Quería acumular la suficiente energía para enfrentarse a los terribles recuerdos y a la gran añoranza que aquel lugar siempre le provocaban. Llegaron en menos de una hora. Sebastian había llamado momentos antes a Rose para confirmar que todo estaba en orden. Ésta los esperaba en la puerta de la casa y corrió hacia el coche para saludar a los recién llegados. —¡Mi niña, lo que has crecido en este último año —exclamó la mujer, mientras la abrazaba con ternura e intentaba reprimir las lágrimas que empañaban sus cansados ojos. Después, la separó para inspeccionarla con mirada crítica—. Pero te veo más delgada. No importa, ya me encargaré yo de poner un poco de carne sobre esos huesos. Karla rió feliz por el recibimiento de la mujer, a la que quería sinceramente. —No creas que voy a permitir que me cebes como a un pavo para Acción de Gracias. En cuanto suba unos gramos de peso, me marcharé a un hotel, ¿entendido? —la amenazó con fingida seriedad. —¡Oh, esta chica siempre tan mandona! ¿A quién habrá salido? —y miró directamente a Dumott mientras éste se acercaba a saludarla. —No voy a permitir que me hagas responsable de eso Rose. Entre su madre y tú la educasteis de pequeña —contestó el industrial, al tiempo que se inclinaba para depositar un afectuoso beso en la ajada mejilla—. Aunque sí, estoy de acuerdo en que Karla debe descansar y reponer fuerzas. Sé que te ocuparás de ello. —¿No lo hago siempre? —le reprochó la mujer y, olvidando al hombre, se dispuso a dar órdenes a su hija y al marido de ésta, que también habían acudido a recibirles, para que subieran el equipaje y acomodasen a los recién llegados. —Me alegra comprobar que los años no han conseguido endulzarle el carácter —comentó Dumott con sarcasmo mientras se dirigían al interior de la casa. —Tal vez sólo muestra su lado amable con quien se lo merece —intervino Karla en idéntico tono. —Ya sé que no soy santo de su devoción pero... El industrial enmudeció de repente mientras un gesto de dolor se marcaba en su rostro. Karla lo miró y descubrió la causa de su mutismo. Observaba fijamente las letras en hierro que formaban un nombre a la entrada. —Espero que no te importe. Este nombre es más acorde con lo que el lugar representa para mí. Además, así la llamaba mamá. ¿No lo recuerdas? —preguntó dolida. —Puedes hacer lo que desees. La casa es tuya —y, sin añadir nada más, se dirigió directamente a su habitación en el piso superior, dejando a su hija en la entrada. Karla volvió a fijar la mirada en las letras escritas en la pared y una repentina tristeza la invadió. ¿Acaso su padre había olvidado eso también? ¿Ya no le quedaba ningún recuerdo de su primera esposa a la que prometió amar eternamente? "Te amaré siempre, por toda la eternidad". Volvieron a su mente las palabras pronunciadas con voz cargada de adoración, mientras los enamorados se entregaban a sus mutuas caricias, perdidos en su propio universo de emociones.
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