Karla atesoraba esos recuerdos como los más bellos de su existencia y en cambio su padre parecía haberlos olvidado. Cuando el año anterior decidió poner a la casa el nombre de Pequeño Paraíso en memoria de su madre, lo hizo también pensando que le agradaría a su padre. Pero ahora comprobaba que no le importaba en absoluto. ¿O quizá no recordaba el nombre con el que su madre se refería a aquel lugar en el que, según ella, era más feliz que en ningún otro? Reprimió fieramente las lágrimas que pugnaban con asolar sus ojos y se dirigió a su habitación con paso firme y la cabeza orgullosamente erguida. Sebastian no podía dejar de observar a Karla desde que llegaron a la casa movido por algo más que su deber profesional, cosa que intentaba ignorar. Lo cierto era que no conseguía quitarle los ojos de encima ahora que tenía entera libertad para hacerlo y a cada minuto que pasaba se sentía más fascinado por ella. Si en un principio le pareció una mujer arrogante y cínica, tras haber contemplado cómo respondía con auténtico cariño al saludo de Rose, se veía forzado a cambiar esa primera impresión. En esos momentos, con su bello rostro iluminado por una sonrisa de auténtica alegría y felicidad, aparecía la jovencita afectuosa que debía ser en realidad, y Sebastian se sintió gratamente sorprendido ante tal descubrimiento. Después la vio dirigirse hacia la casa con su padre. No llegó a escuchar la conversación aunque advirtió la tensión que se creó entre ellos y la repentina tristeza que ensombreció el rostro de Karla. Advertía claramente los grandes esfuerzos que hacía para contener las lágrimas, y él apenas pudo reprimir el fuerte impulso de ir a su lado, estrecharla entre sus brazos y ofrecerle consuelo. Y esa última reacción era demasiado alarmante para ignorarla, se dijo irritado. Si comenzaba a preocuparse por los sentimientos de su protegida, mal iba a hacer su trabajo. La experiencia le había enseñado dolorosamente que, en una profesión como la suya, debían dejarse de lado todo tipo de afectos, que embotaban la mente y entorpecían la misión encomendada. Debía mantener sus emociones a raya para que no se desbocasen, por muy turbadora que la señorita Dumott pudiese resultar. Con decisión, apartó de su pensamiento el afligido rostro de Karla y se centró en sus obligaciones. Tenía tres horas por delante, antes de reunirse con el industrial y su hija y aún le quedaba mucho por hacer. Había prometido al industrial hablar durante la cena de las medidas a adoptar en lo sucesivo y, posteriormente, mostrarles el sistema de seguridad instalado. Deseaba que todo funcionase a la perfección. No quería que tuviese la menor queja de su trabajo. La llegada de los dos escoltas que acompañaban a los Dumott suponía ayuda adicional, al menos hasta el día siguiente cuando se marchasen, y pensaba aprovecharla para dar unas horas de descanso a Parker y relajarse él también un poco. Después, todo el peso de la vigilancia recaería sobre ellos dos y esa iba a ser una dura tarea. Dio instrucciones detalladas a sus ayudantes y volvió a supervisarlo todo. Una vez que hubo dado una vuelta por el jardín y comprobado que todos cumplían con su misión, fue directo al cuarto de control y relevó a Parker en su puesto. Se sentó y miró los diferentes monitores en los que se reflejaban las imágenes emitidas por las cámaras instaladas en diferentes puntos de la casa, el jardín y la puerta de entrada a la propiedad. El sistema de seguridad estaba equipado también con sensores que captaban los movimientos y permitía conectar y desconectar las diferentes áreas de la vivienda a ciertas horas. Este sistema enlazaba directamente a una central receptora que se ponía a su vez en contacto con la policía de la localidad más cercana por medio una señal de radio, y permanecía activa ante cualquier eventualidad ya que funcionaba con una batería. James estaba satisfecho con las medidas adoptadas. Eran las más innovadoras en el mercado de la seguridad por que garantizaban casi al cien por cien la inviolabilidad de la vivienda. Todo estaba en orden y no se veía ningún movimiento extraño. Se relajó por primera vez en varias horas y repasó los acontecimientos de esa tarde. No hubo problemas durante la llegada al aeropuerto y posterior traslado a la casa. Temía que los delincuentes aprovechasen esa ocasión tan propicia para cometer el delito y, aunque estaba preparado para ello, le habría resultado muy complicado evitarlo. Ahora, en aquel protegido recinto, se consideraba seguro de poder impedir cualquier intento que amenazase la seguridad de su protegida. Su protegida. Sebastian, muy a su pesar, aceptó que aún estaba bajo los efectos de la fascinación que Karla Dumott le provocara nada más verla. Incluso se recriminaba por la pésima impresión que debió causar su infantil reacción ante tan espléndida presencia. Ya más calmado y sin la intensa y subyugante mirada de Karla sobre él, la sensación que ahora le dominaba era la de perplejidad. ¿Dónde estaba la jovencita larguirucha y famélica con coleta y correctores dentales que aparecía en la fotografía del despacho de su padre? O la fotografía era de bastantes años atrás o se había producido un asombroso milagro en la anatomía de la joven en muy poco tiempo. No le extrañaría que hubiese intervenido la cirugía en ello. Si le pareció potencialmente atractiva en aquella ocasión, ahora reconocía que se trataba de una gran belleza que nada tenía que envidiar a la de su madrastra. Además, su mirada intensa, entre pícara e inocente, y su sonrisa seductora le conferían un atractivo demoledor. No recordaba haber sufrido una turbación igual ante mujer alguna, reconociendo con fastidio que había quedado como un tonto. Sobre todo porque ella lo había advertido y ahora estaría convencida de que podía incluirlo en su lista de conquistas. Pero no volvería a suceder, se prometió Sebastian. Él estaba allí para realizar un trabajo. Y el trabajo consistía en proteger a Karla, no en babear detrás de ella como un adolescente lujurioso. Era lógico que hubiese reaccionado de esa manera ya que no esperaba encontrarse con una mujer tan fascinante. Pero tras la tremenda impresión recibida, y de la que se estaba recuperando, la situación se normalizaría y él se dedicaría a cumplir con la misión encomendada como el buen profesional que siempre fue. Miró el reloj. Aún faltaban dos horas para la cena y no se observaba nada fuera de lo normal.