El sol de Manhattan se filtraba por las cortinas de seda con una agresividad que me lastimaba los ojos. Tardé tres segundos en recordar dónde estaba; tres segundos en los que volví a ser Alma, la hermana olvidada. Al cuarto segundo, el peso del brazo de Alexander sobre mi cintura me devolvió a mi nueva y peligrosa realidad.
Era un peso sólido, posesivo. El brazo del hombre que, según el contrato matrimonial de mi hermana, era su dueño ante la sociedad. Y, según mis sospechas, su verdugo.
—Abril… —su voz llegó profunda, rasposa por el sueño, cerca de mi nuca.
Un escalofrío me recorrió la columna. No era deseo, era puro instinto de supervivencia. Me obligué a relajar los hombros. Abril no se tensaría; Abril se quejaría o buscaría más atención.
—Cinco minutos más, Alex —susurré, imitando ese tono aterciopelado y ligeramente harto que ella usaba siempre.
Sentí que él se incorporaba sobre un codo. El colchón cedió y el calor de su cuerpo se alejó de mi espalda. Me di la vuelta con lentitud, manteniendo los ojos entrecerrados para ocultar el miedo.
Ahí estaba él. Alexander Lancaster.
Tenía el cabello oscuro revuelto y esa mandíbula cuadrada que recordaba de mis sueños de juventud. Pero sus ojos… los ojos que alguna vez veian con amor a mi hermana, ahora eran pozos de frialdad analítica. Me estaba observando de una manera que me hizo querer cubrirme con las sábanas.
—Estás extraña últimamente— sentenció él. Su voz era como el hielo rozando el cristal—. Anoche apenas hablaste. Y no te quitaste la ropa antes de dormir. ¿Qué te pasó en ese viaje?
Mi corazón golpeó contra mis costillas. Un error. Abril Lancaster jamás dormiría con un camisón de seda cerrado hasta el cuello; ella prefería la provocación o la desnudez.
—Me dolía la cabeza, Alexander. ¿O es que ahora también vas a cuestionar mis migrañas? —respondí, inyectando una dosis de la arrogancia de mi hermana en mis palabras.
Me senté en la cama, dejando que el cabello me cayera sobre la cara. En la mesa de noche vi un portarretratos: ellos dos, sonriendo falsamente en una gala. Él se acercó a mí, sus dedos rozaron mi mejilla y tuve que luchar para no apartarme de un golpe.
—Me importa poco tu cabeza —dijo él, acercándose tanto que pude oler su perfume, una mezcla de sándalo y poder—. Pero me importa lo que escondes. Tu hermana murió hace cinco días, Abril. Y tú no has soltado ni una sola lágrima.
Me quedé helada. Mi propia muerte. Él esperaba que la "fría" Abril llorara por la "insignificante" Alma. Qué ironía tan amarga.
—Alma era una carga para todos, ¿no es lo que siempre decías? —mentí, sintiendo que las palabras me quemaban la garganta—. Estoy haciendo lo que mejor sé hacer: seguir adelante.
Alexander me sostuvo la mirada durante un tiempo que me pareció eterno.
—¿insignificante? Era tu maldita hermana, ¿cómo puedes decir eso?— me regaño como si mis palabras hubieran abierto alguna herida.
—Es lo que era y ella lo sabía— espeté alaejandome de su cercanía.
Había algo en su expresión, una chispa de duda, de sospecha... o quizás de reconocimiento.
—Espero que sea cierto lo que dices—murmuró él, levantándose de la cama con una elegancia depredadora—. Porque si descubro que me estás ocultando algo sobre esa noche en la cabaña, te aseguro que este matrimonio se convertirá en la prisión que siempre temiste.
Salió hacia el baño sin mirar atrás. Solo cuando escuché el sonido del agua de la ducha, me permití exhalar el aire que tenía retenido. Mis manos temblaban violentamente bajo las sábanas.
No solo tenía que descubrir si él era el asesino. Tenía que lograr que no descubriera que la mujer que dormía en su cama era, en realidad, la única mujer que él se había encargado de olvidar, de odiar.
Aproveché que el sonido de la ducha continuaba para deslizarme fuera de la habitación. Mis pies descalzos se hundían en la alfombra persa del pasillo. Entrar en su despacho se sentía como profanar una tumba, o peor aún, como entrar en la guarida de un lobo.
El despacho de Alexander olía a él: tabaco caro, cuero y ese aroma metálico de quien maneja poder absoluto.
Empecé a rebuscar en los cajones de su escritorio de caoba. Papeles, contratos, cuentas... Nada. No había nada que lo vinculara a su asesinato. Mis dedos temblaban. Tenía que haber algo, una pista de por qué Abril me llamó aterrada antes de que él, o alguien enviado por él, le robara el último aliento.
De pronto, un clic seco me detuvo el corazón. La puerta se abrió.
Carajos.
No tuve tiempo de esconderme. Alexander estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta. Ya no estaba en pijama. Vestía solo un pantalón de traje oscuro, con la camisa blanca desabrochada y las mangas remangadas, revelando los antebrazos fuertes y venosos. Su cabello aún goteaba, y una gota de agua resbalaba por su pecho bronceado hasta perderse en su cintura.
—¿Buscabas algo, Abril? —Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa.
—Yo... solo buscaba un documento. El seguro de la cabaña —mentí, tratando de que mis ojos no bajaran a su pecho desnudo.
Él caminó hacia mí. No se detuvo hasta que su cuerpo estuvo a escasos centímetros del mío.
Me obligó a retroceder hasta que mis caderas chocaron contra el borde del escritorio. Me tenía atrapada entre la madera y su calor.
—Mientes —susurró, colocando sus manos sobre el escritorio, una a cada lado de mi cuerpo, encerrándome—. Nunca te han importado los papeles de nada. A ti solo te importa el dinero... y esto.
Su mano subió con lentitud, rozando mi muslo por debajo de la seda del camisón, ascendiendo con una confianza que me cortó la respiración. Sus dedos estaban fríos, pero donde me tocaba sentía que me quemaba. Era el esposo de mi hermana. El hombre que la hacía gritar. Y ahora, sus ojos buscaban en los míos una chispa de la mujer que él creía poseer.
—Alexander, aquí.. no... —protesté, pero mi voz salió como un gemido traicionero.
—¿Desde cuándo eres tan tímida? —Su rostro bajó hasta mi cuello, donde depositó un beso húmedo y mordaz que me hizo arquear la espalda—. Antes no podías mantener tus manos lejos de mí. ¿O es que la muerte de tu "querida" hermana te ha despertado una conciencia que no tienes?
Me agarró de la nuca con suavidad pero con firmeza, obligándome a mirarlo. La tensión en el aire era tan densa que se podía cortar. Él quería castigar a Abril, pero me estaba quemando a mí, a Alma, la que siempre lo había amado en secreto.
—Mírame —ordenó—. Si vas a jugar a ser la esposa perfecta para evitar que sospeche de ti, vas a tener que cumplir con todas tus obligaciones, Abril.
Sus labios estaban a milímetros de los míos. Podía sentir el peligro de su cercanía y el deseo oscuro que emanaba de ellos y por mas que me pese decirlo, también de los míos.
Si me besaba, si me tocaba más allá, ¿podría distinguir que mi cuerpo no era el de Abril? ¿O su odio era tan grande que no notaría la diferencia entre la mujer que despreciaba y la que estaba destruyendo por dentro?