La Provocación de la Nueva Abril

1558 Words
POV ALEXANDER Ella actuaba diferente. No era algo evidente, no para cualquiera. Era un cambio mínimo, casi imperceptible… pero yo lo sentía. Su mirada. La forma en que contenía la respiración cuando me acercaba. Antes me buscaba sin pudor, me tocaba como si yo le perteneciera. Ahora se tensaba. Bajaba la mirada. Se escondía de mí. Y ese detalle —ese maldito y pequeño detalle— no me alejaba. Me provocaba. —¿No tienes que ir a trabajar, Alex? —dijo. Otra señal. Abril jamás me apuraba. Nunca. Ella siempre quería estar cerca, respirándome en la nuca. —¿Qué estás ocultándome? —pregunté sin elevar la voz. La vi tragar saliva. Un gesto mínimo. Delator. Una sola palabra bastó para ponerla nerviosa. Exhaló despacio y alzó la vista. Entonces apareció esa sonrisa. Curvada. Coqueta. La que usaba cuando quería algo de mí. La que me recordaba exactamente lo frívola que podía llegar a ser. ¿Estaba jugando conmigo? Sus manos se apoyaron en mi pecho desnudo, recorriéndolo con una lentitud calculada. Un gesto conocido… pero no idéntico. Había algo distinto. Algo que no supe nombrar y que me atravesó con una incomodidad peligrosa. La detuve antes de que avanzara más. Mi expresión cambió. Ella lo notó. Y aun así, no retrocedió. —¿Qué pasa? —preguntó con esa voz entre burlona y molesta—. ¿No quieres seguir jugando? Hizo una pausa, ladeando la cabeza. —Deberías hacerte responsable de tus actos, señor Lancaster. Algo se quebró en mí. —No te atrevas a jugar conmigo otra vez, Abril —dije con una calma que no coincidía con lo que sentía—. Porque la próxima vez… no voy a responder igual. La solté de golpe. Ella se quedó allí, con esa sonrisa que parecía una victoria anticipada. Una que no entendía del todo. Salí del despacho de un portazo y regresé a la habitación, con el pulso alterado y la cabeza llena de preguntas que no quería formular. ¿Por qué me había afectado tanto? ¿Por qué su toque se sintió… ajeno y electrizante? No era rechazo lo que había sentido. Era otra cosa. Algo más… oscuro. Me quité la camisa y la arrojé al cesto. Hice lo mismo con el pantalón antes de entrar a la ducha. El agua cayó sobre mi espalda, fría, inútil. Porque por más que intentara convencerme de lo contrario, una verdad incómoda se abría paso: Abril siempre había sabido provocarme. Pero esta vez… Había algo en ella que me desestabilizaba. Y eso me enfurecía. El agua fría de la ducha caía sobre mi espalda con fuerza. Aún sentía la forma en que ella osó tocarme, la sensación extraña que recorrió mi sangre. Pegué la cabeza contra la pared de mármol y dejé que el agua calmara mi rabia. Pero no funcionaba. Mi polla seguía despierta. —Maldita seas, Abril —murmuré con los dientes apretados, la voz rota—. ¿Qué método sucio has usado? Esto no puede ser normal. Seguía repitiéndomelo, pero no era convincente. No era deseo común. Era rabia mezclada con necesidad. De ella. De su cuerpo. Mi cuerpo reaccionaba por instinto. Mi mente también. No podía calmarme y la ducha fría fue un total fracaso. Cerraba los ojos, pero solo veía su rostro, esa sonrisa manipuladora. Sus manos bajando por mi abdomen. Abril siempre había sido provocadora, pero esto… esta forma era distinta, torpe. Su cercanía me había alterado de una manera que no me gustaba admitir. Como si ya no supiera cómo reaccionar ante ella. Como si hubiera tocado algo que no debía. Mi respiración se volvió pesada, irregular. Mi cuerpo reaccionaba por puro instinto, traicionándome. Golpeé la pared con el puño, frustrado. —No —me dije—. No me controlas, Abril. No te pertenezco. Yo solo amo a Elisa. Solo a ella. Pero eso no bastaba. Su presencia seguía allí, pegada a mi piel, a mi mente. No importaba cuánto lo negara: una parte de mí había querido que no se detuviera. Que siguiera empujando. Que me obligara a perder el control. Bajé la mano hasta mi polla y empecé a acariciarla de arriba abajo, lento al principio, apretando justo donde más lo necesitaba. Solo podía verla a ella: boca entreabierta, jadeando bajito, los ojos vidriosos fijos en mí mientras esperaba que la embistiera hasta el fondo de la garganta. Aceleré sin darme cuenta. La imaginé abierta de piernas sobre el escritorio, el culo alzado, las manos aferradas al borde, suplicando entre gemidos. Sentí cómo se me contraían los abdominales, cómo el calor me subía por el pecho y la nuca. La piel de la polla ardía bajo mis dedos, cada roce eléctrico. Dios, ¿qué mierda estoy haciendo? ¿Por qué justo ella? Pero no podía parar. No quería hacerlo. Mis manos ya se movían solas. El presemén goteaba, caliente, pegajoso, facilitando cada pasada hasta que el sonido húmedo llenó los rincones del baño, casi más fuerte que mi respiración entrecortada. El calor subía desde los huevos, duros, contraídos, listos. Sentí el primer espasmo en la base, ese tirón profundo que avisa que ya no hay vuelta atrás. Apreté más fuerte, bombeé más rápido, el pulgar rozando justo debajo del glande en cada subida, donde más sensible estaba. Me corrí con su imagen clavada en la cabeza. Me sentí vacío. Impotente. Esa… mujer. Y la odié más por ello. Abrí los ojos, apoyando la frente contra el mármol frío. No era ella quien me estaba desarmando. Era lo que ya no entendía de ella. Salí de la ducha. Ella no estaba en la habitación. No le di importancia. Me vestí y salí preparado para irme a la oficina. Una voz proveniente de la cocina me hizo detenerme. Me era conocida. Caminé despacio hasta allí. Abril y Elisa estaban discutiendo. Abril siempre que tiene la oportunidad molesta a Elisa. Ella es demasiado buena e ingenua. Siempre la defiende, aun sabiendo que Abril es una mujer mala. —¿Qué es lo que quieres, Abril? —le reclamó Elisa con la voz altiva. No la había visto así—. Me dijiste que te ibas a ir. ¿Por qué sigues aquí? ¿Abril se irá? Tragué seco. ¿Por qué me molestaba esa idea? Eso sería genial. Así podría casarme con Elisa. —Cambié de opinión —respondió, ignorándola. Esa no era la Abril que conocía. Ella la habría enfrentado. —¿Cambiaste de opinión? —Sí. Y por favor, piérdete. Su voz sonó firme. Distinta a lo frívola que parecía antes. ¿Qué diablos la ha cambiado? Elisa se acercó a ella. Abril estaba de espaldas a mí; parecía estar comiendo manzanas. —Entiendo… entonces voy a alejarme para que sean felices —dijo Elisa con la voz rota—. ¿Podrías brindarme un vaso de agua? —Sírvete tú —respondió Abril con frialdad—. No soy tu criada. —No, no lo digo por eso —intentó justificarse—. Lo digo porque esta es tu casa. Yo soy solo una invitada. —Para mí, no eres nadie —respondió con odio—. Y nadie te invitó. Eres solo una… intrusa rompehogares. Debí intervenir. Se había pasado. —Nunca ha sido así. Alex y yo no tenemos ese tipo de relación. —Vale, si tu lo dices— caminó hasta el refrigerador y le sirvió el agua y se la ofreció. Antes no lo había hecho. Elisa la tomó y… el sonido de cristales haciéndose añicos me alertó. Corrí hacia ambas. Elisa me vio y bajó la mirada. —¿Por qué haces esto, Abril? —gritó desconsolada—. Yo solo quería que nos empezáramos a llevar bien, por Alex. —¿Qué mierdas crees que le haces? —la reprendí, tomándola con fuerza del brazo—. Que ni se te ocurra volver a hacer esa estupidez o te haré pagarlo caro. ¿Me has entendido? Elisa se acercó y me apartó con suavidad. —No la culpes, Alex. Ella está en todo su derecho —dijo con la voz rota. Miró con odio a Abril—. Lo siento mucho, Abril. —Yo no te hice nada —respondió con resentimiento. —¿No le hiciste nada? —No. Ella dejó caer el vaso adrede. Me iba a acercar, pero Elisa me detuvo. —Déjala, Alex. Si me pide una disculpa, la aceptaré. —Ni lo pienses, teatrera —respondió Abril con una sonrisa ladeada, evitando mirarla a los ojos—. ¿Eres tan imbécil para no darte cuenta? —¡Basta y pídeles disculpas! —ordené, perdiendo la paciencia—. Ahora. Abril se acercó a ambos. Seguía sonriendo, como si eso le diera ventaja sobre algo. Me miró y luego a Elisa. —Yo te dije que no le hice nada. Y no pienso disculparme. Su comportamiento me irritó. —Abril —mi voz salió baja, peligrosa—. Pídele perdón. —Vale. Pero para que sea válido… Se acercó a Elisa. Me miró. Sonrió. No. No creo que se atreva. El sonido de la bofetada me dejó paralizado. Y no se detuvo. Le dio cuatro bofetadas, dos de cada lado del rostro, antes de que reaccionara y la apartara. —Ahora sí, Elisa —dijo con la voz entrecortada—. Lo siento mucho.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD