Que No Me Descubra.

1681 Words
POV Alma Después de alejarme de ellos caminé lo más apresurado posible hasta la habitación. Entré y cerré la puerta dejando salir todo el aire que llevaba contenido. No soy así. No hago este tipo de berrinches. De hecho jamás muestro mis sentimientos a nadie. Pero Abril, ella era arrogante, altiva, manipuladora. A ella no le temblaría el pulso para arrastrar a esa mujer. Lo que hice abajo fue cálculo. Y eso es lo que más me asusta. Porque ya no puedo seguir siendo Alma, no si quiero dar con el verdadero responsable de su muerte. Y temo perderme el camino. Me apoyo contra la puerta y dejo salir el aire lentamente. Empujar a Elisa delante de él no estaba en el plan, golpearla tan fuerte menos. No medí mi fuerza. Y no es por ser arrogante, pero sé cómo defenderme de ataques físicos por lo tanto, mis golpes son certeros. No iba a venir a meterme en la boca del lobo sin antes prepararme. No creía que iba a encontrar más sospechosos en esta casa, pero esa mujer… ella dijo que Abril se iba a ir. ¿Qué sabe ella de esa noche? Elisa es demasiado perfecta. Demasiado suave. Demasiado… conveniente para ser cierto. Debo observarla mas de cerca. Su acto fue muy bueno. Me hizo ver como la malvada. Y vaya que debo agradecerle. Mi hermana está muerta. Y en esta casa nadie es inocente. Estoy segura que iré conociendo las verdaderas intenciones de la familia Lancaster. Alexander. Elisa. Su supuesta suegra. Sus cuñados. Los empleados que callan. Ellos saben algo. Y yo voy a arrancarles esa verdad con lentitud. Camino hasta el espejo. Me miro. —Aunque no eres ella, debes actuar como ella —murmuro.— debo parecerlo. Escucho pasos en el pasillo. Apresurados, pero firme. No se quedó con Elisa. Eso no debería ser bueno. Viene hacia mí. Interesante. Enderezo la espalda y regulo la respiración. Él debe seguir creyendo, que habla con Abril. Cuando la puerta se abre, ya estoy de pie junto a la cama. —¿Vas a explicarme qué demonios fue eso? —su voz es baja. Controlada. Más peligroso que cuando grita. —Fue una reacción. —¿Una reacción? —niega de inmediato—. Tú no reaccionas de ese modo. No te dejas provocar, tu provocas, Abril. Silencio. Lo observo. —¿Y cuál es la diferencia? Sus ojos se clavan en los míos. Penetrantes. —Que tú disfrutas el caos. Te encanta ver todo arder —¿Y tú no? Se acerca un paso. No retrocedo. —No me cambies el foco. —No lo estoy cambiando. Estoy preguntando. Se detiene frente a mí. Demasiado cerca. Su respiración caliente choca con la mía. —Golpeaste a Elisa. Delante de mí — dice apretando los dientes— le dejaste los dedos marcados en el rostro, ¿desde cuándo pegas de ese modo? ¿Ahora eres una bravucona? —Ella dijo que la golpeé sin haberlo hecho, yo sólo le cumpli. Arquea una ceja y una sonrisa peligrosa se dibuja en su rostro. —¿Cuántas veces te he dicho… que no… la toques?—dice remarcando cada palabra. Se acerca más. Mi instinto me hace retroceder. Me quedo en silencio. Mi espalda choca contra la pared fría. Un jadeo involuntario sale de mis labios. Así que, esto era lo que mi hermana soportaba. —Voy a golpearla las veces que intente provocarme y acusarme injustamente. —Tú golpeas con una única intención. Lastimar. Trago saliva. En realidad, no queria golpearla tan fuerte. Pero se atrevió a levantarme calumnias. No lo pude tolerar. —Sí. No voy a fingir arrepentimiento. Eso lo descoloca. Lo veo en su mandíbula. En cómo respira. En la forma en que me mira —¿Desde cuándo admites algo así?— pregunta. —Desde que no me interesa quedar bien contigo. Silencio pesado. Una línea aparece en su entrecejo. ¿Así que no te lo esperabas eh? —Siempre te ha interesado —dice—. Siempre has querido mi atención. Claro, eso era Abril. Yo no. —Te equivocas. Sus ojos se entrecierran. —No me equivoco contigo. Doy un paso hacia él, invado su espacio, como él acostumbra a hacer conmigo. —Entonces dime, Alexander… ¿qué quieres de mí ahora? ¿Que te siga rogando? Se queda quieto. —No. Quiero que dejes de atacar a Elisa. —¿Por qué? —Porque yo lo digo y punto. Sonrío apenas. —Y tu palabra es ley, ¿no?. Tensa la mandíbula. Estoy navegando aguas peligrosas. Vamos Alexander, déjame ver tu verdadero yo. —¿Te estás burlando de mi?— su voz es como un cuchillo, filosa. —No, para nada.— respondo y me giro. No debo demostrar demasiado cambio. Sí conocia a mi hermana como pienso, me podria descubrir. —Déjala fuera de todo lo maquiavelico que estés pensando— dice como si es lo único que Abril sabía hacer.—, ella no tiene nada que ver con esto. —¿Con qué exactamente? Su mirada se endurece. —Con nuestro matrimonio. Ah. Así que no lo admite. —Nuestro matrimonio para ti no ha significado nada. Hace mucho, no. De hecho desde el principio fuiste claro. Amas a Elisa y este matrimonio es solo una farsa. Se acabó —digo con calma. —No va a pasar eso. No mientras yo diga lo contrario. Esa frase me confirma algo. No amaba a mi hermana, pero la queria bajo control. Sólo que… Abril no era para nada dócil. —No soy tu propiedad. —Llevas mi apellido. —Eso no me hace tuya. Su respiración cambia. Más profunda. —Estás diferente. —Ya lo dijiste. —No de esa forma. Se inclina apenas. Me observa como si intentara leerme por dentro. —¿Qué estás buscando realmente? La pregunta me atraviesa. No puedo responder la verdad. Justicia. Sangre por sangre. Respuestas. —Tal vez nada. —Mientes. —Siempre lo hice, ¿no? Eso lo golpea. Porque sí. Mi hermana era experta en mentiras. Pero yo no estoy mintiendo por las mismas razones. Mis motivaciones son diferentes a las de ella. Pero igual, debo actuar como ella. —Si sigues atacándola, esto va a escalar —advierte. —¿Vas a castigarme? Silencio. —No me provoques. —No estoy provocando. Estoy preguntando. —Sabes hasta dónde puedo llegar. Ahí está. Amenaza, esa advertencia disfrazada. Interesante. —No —respondo despacio—. No lo sé. Y lo miro fijo. —Tal vez deberías mostrármelo. El aire se vuelve denso. Sus manos se tensan a los lados. No me toca. Pero veo como quiere hacerlo. —No juegues con fuego. —Tú encendiste el incendio hace años. Silencio Largo. Pesado. —Si sigues así —dice finalmente—, te vas a arrepentir. —¿Cómo me arrepentí de casarme contigo? Eso sí lo hiere. Demasiado. Lo veo. Un segundo, solo uno. Pero es real. —No te vayas por ese camino. —¿Por cuál? ¿El de la verdad? Su voz baja un tono. —No sabes nada de la verdad. Mi pulso late fuerte. ¿Eso fue un desliz? —Entonces ilumíname. Se acerca. Muy cerca. —Deja de buscar cosas que no quieres encontrar. Mi respiración se mantiene estable a la fuerza. Quisiera gritarle que lo odio, y que lo haré pagar por todo lo que le hizo. Mis ojos arden. El picor de las lágrimas, que quieren escapar. “Debes calmarte Alma, no lo arruines.“ —¿Y qué estoy buscando, Alexander? Sus ojos recorren mi rostro. Como si dudara de lo que ve. Como si mi sola presencia no encajara. —No lo sé. Pero será mejor que te detengas —admite. Y eso no es nuevo. Recuerdo que siempre le tenia una respuesta para todo a Abril. —Entonces deja de asumir —respondo—. Y empieza a observar. Se queda mirándome unos segundos más. Demasiado largos. Luego retrocede. Me muevo y voy hasta el armario y saco una maleta. Debo actuar impulsiva como ella. Así que, eso haré. Saco mis pertenecías y las lanzo a la maleta. Pero mi cuerpo es detenido con ímpetu y choco contra un pecho firme. El aire se me queda atrapado en los pulmones. Levanto la mirada… y ahí está. Tan cerca que puedo sentir el calor que desprende su piel a través de la tela de su camisa. Tan cerca que su aroma —madera, peligrosamente masculino— me envuelve sin pedir permiso. Nuestros ojos se encuentran, intensos. Los suyos no son suaves. No lo han sido desde que llegué aquí. Son inquisitivos… como si intentara atravesarme, arrancarme la verdad de la piel. —¿A dónde crees que vas? —su voz es baja, contenida, pero cargada de algo que no logro descifrar. Trago saliva. No debo retroceder. —Suéltame— exijo pero mi voz pierde firmeza. —No te irás —dice finalmente. Sostengo su mirada. —No sabía que necesitaba tu autorización para moverme en mi propia casa. Un error. Quizás demasiado desafío. Su mandíbula se tensa. Su mano sigue en mi brazo, firme, pero no dolorosa. Por un segundo, el miedo me atraviesa. ¿Me descubrió? Pero entonces su mirada cambia. No es sospecha lo que arde ahí. Es otra cosa. Algo más peligroso. —Estás diferente —murmura. El corazón me golpea el pecho con violencia. No es una pregunta. Suena a confirmación. —¿Eso crees? Tal vez tú no me conocías tanto como creías —respondo con suavidad calculada. Como lo haría ella. Su pulgar se desliza apenas por mi piel. Un roce mínimo. Suficiente para que una corriente traicionera recorra mi espalda. No. No debes sentir, Alma. No te desvies. Pero mientras sus ojos siguen clavados en los míos, tan intensos, tan cargados de algo que ya no es odio… me doy cuenta de que el verdadero peligro no es que descubra quién soy. Es que empiece a mirarme como nunca miró a mi hermana.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD