Capítulo 2

978 Words
La Heredera de Hielo VICENCIO  El ascensor de cristal subía hacia el piso 50 de la Torre M&W con una suavidad que me resultaba irritante. Mi cabeza seguía castigándome por los excesos de la noche anterior, un recordatorio punzante de que mis días de libertad absoluta estaban contados por un cronómetro invisible llamado "contrato matrimonial". Me ajusté el nudo de la corbata frente al espejo, observando al hombre que el mundo llamaba "La Bestia" de los negocios. Un arquitecto capaz de levantar imperios de acero, pero que se sentía atrapado por un trozo de papel firmado décadas atrás por dos viejos amigos. —Buenos días, señor Médici. Su padre lo espera en la sala de juntas con la nueva vicepresidenta —anunció mi secretaria con una voz que temblaba ligeramente. No le respondí. No tenía humor para cortesías. Crucé el vestíbulo con zancadas largas, mi mente dibujando el perfil de la mujer que seguramente me esperaba: una niña mimada, una "niñita de papi" que se habría pasado los últimos once años en Europa comprando bolsos y asistiendo a galas benéficas sin haber leído un solo balance financiero en su vida. Ya conocía el tipo: huecas, operadas y con el cerebro del tamaño de una uva, buscando solo lujos y un apellido que les diera estatus. "Será un calvario", pensé, recordando las cláusulas que me obligaban a vivir bajo el mismo techo y a mantener una fachada de respeto público. Pero yo tenía mis propios planes. Ella tendría su ala de la mansión y yo la mía; ella tendría sus eventos sociales y yo seguiría perdiéndome entre las piernas de mujeres que no pedían compromiso, solo placer. Empujé las puertas dobles de la sala de juntas sin llamar. El aroma a café recién hecho y un perfume sutil, floral, pero con un toque cítrico que cortaba el ambiente, me golpearon de inmediato. —Llegas tarde, Vicencio —la voz de mi padre, Lucio White, tronó con autoridad desde la cabecera. —El tráfico de Manhattan no respeta contratos, padre —respondí con sorna, sin apartar la vista de los documentos sobre la mesa. —No me interesan tus excusas. Quiero presentarte a la persona que tomará las riendas de la transición financiera. Nuestra nueva vicepresidenta de Finanzas y Marketing. Me giré lentamente, listo para dedicarle mi sonrisa más condescendiente a la "niñita" Arnault. Pero las palabras se murieron en mi garganta. Frente a la ventana, bañada por la luz cruda de la mañana, estaba una mujer que parecía haber sido esculpida en mármol y fuego. Su cabello era de un rojo intenso, casi como lava derretida, cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros. Llevaba un traje sastre color perla que se ajustaba a sus curvas con una precisión peligrosa, dejando claro que debajo de esa elegancia había un cuerpo de infarto. Pero lo que realmente me detuvo fueron sus ojos: un verde azulado tan gélido y penetrante que sentí como si me estuviera diseccionando el alma. No era una niña. Era una reina de hielo lista para la guerra. —Señor Médici —dijo ella. Su voz era una caricia de terciopelo con el filo de una navaja, segura y desprovista de cualquier temor. —He estado revisando sus últimos presupuestos de obra. Es usted un arquitecto brillante, pero un administrador de recursos bastante descuidado. Me quedé helado. Nadie, absolutamente nadie en esta empresa, se atrevía a cuestionar mis métodos. —¿Y usted es...? —pregunté, forzando una calma que no sentía, mientras mis ojos recorrían su figura con una mezcla de furia y un deseo repentino que me quemaba las entrañas. —Matilda Arnault —respondió ella, extendiendo una mano impecable. —Su nueva pesadilla financiera, o su mejor aliada. Eso dependerá de si puede mantener su entrepierna tranquila el tiempo suficiente para leer un informe de riesgos. Mi padre soltó una carcajada que resonó en las paredes, pero yo solo podía sentir cómo mi sangre hervía. Matilda Arnault. La niña tonta que enviaron a estudiar fuera era ahora una mujer que me miraba con un desprecio tan evidente que me resultó fascinante. —Vaya, Matilda —mascullé, ignorando su mano y acercándome hasta quedar a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio personal. Podía oler su piel, una mezcla de jabón caro y ambición. —Parece que Europa te ha dado una lengua muy afilada. Espero que tu doctorado en finanzas sea tan real como tu arrogancia. —Es más real que su madurez, señor Médici —replicó ella sin retroceder un milímetro, sosteniéndome la mirada con una intensidad que me hizo apretar los puños. Me di cuenta de que mi plan de ignorarla se acababa de ir al infierno. No solo era hermosa, era inteligente, desafiante y malditamente perfecta. El contrato que antes me parecía una sentencia de muerte, ahora se sentía como el inicio de un juego de caza donde ella no estaba dispuesta a ser la presa. —Padre, creo que la vicepresidenta y yo tenemos mucho de qué hablar en privado —dije, sin apartar los ojos de Matilda. Ella sonrió de medio lado, una expresión triunfante que me irritó y me excitó a partes iguales. —Oh, no se preocupe, Vicencio. Tendremos dos años enteros para hablar —dijo ella, recogiendo su tableta con elegancia. —Y créame, voy a auditar cada rincón de su vida, tanto en esta oficina como en la casa que acabo de comprar para nosotros. Espero que no tenga nada que esconder debajo de esas sábanas de soltero. Se dio la vuelta y salió de la sala, el sonido rítmico de sus tacones marcando el compás de mi derrota momentánea. Me quedé allí, de pie, sintiendo por primera vez en años que había encontrado a un oponente a mi altura. Maldita sea, esto no iba a ser un matrimonio tranquilo; iba a ser una demolición controlada.
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