El Arte de la Guerra Financiera
Matilda
Cerré la puerta de la sala de juntas tras de sí, permitiéndome un solo segundo para exhalar el aire que había retenido con una disciplina férrea. El eco de mis tacones sobre el mármol del pasillo de la Torre M&W sonaba como una declaración de guerra, y me encantaba. Había regresado a Nueva York con un doctorado en finanzas, una maestría en marketing y una piel lo suficientemente gruesa como para no dejarme intimidar por el espécimen de arrogancia que acababa de conocer.
Vicencio Médici era exactamente lo que esperaba, pero multiplicado por diez. Un hombre con un cuerpo de "Dios griego", una estatura imponente de un metro noventa y una mirada cargada de un egocentrismo que rayaba en lo patológico. Lo vi escanearme como si fuera una de esas "niñas de papi" huecas que suele frecuentar, aquellas que, según sus propios prejuicios, solo sirven para cirugías y lujos. Pobre hombre. No tiene idea de que mientras él malgastaba su tiempo en fiestas de descontrol en Ibiza, yo estaba en Alemania trabajando para valerme por mí misma y obteniendo las mejores calificaciones de mi promoción.
—Señorita Arnault, su auto está listo en la entrada —anunció Felipe, mi nuevo asistente, con una mezcla de respeto y fascinación que me resultó útil.
—Gracias, Felipe. Asegúrate de que los informes de auditoría de los últimos cinco años de los proyectos de arquitectura de Vicencio estén en mi escritorio mañana a primera hora —ordené, entrando en el ascensor.
Al llegar a la planta baja, la luz del mediodía me cegó por un instante. Me ajusté las gafas de sol y subí a mi auto, dirigiéndome a la que sería nuestra "prisión" compartida por los próximos dos años: la mansión de las dos alas. Había diseñado cada detalle de esa casa para asegurar que nuestros caminos se cruzaran lo mínimo indispensable. Él tendría su libertad, y yo tendría mi paz, o al menos eso decía el contrato que ambos firmamos.
Las cláusulas eran claras y estrictas: nada de infidelidad pública, nada de comportamientos crueles o degradantes, y una convivencia bajo el mismo techo que duraría exactamente veinticuatro meses. Si no cumplía, el matrimonio se anularía tras noventa días. Yo no estaba aquí por amor; estaba aquí para asegurar el patrimonio de mi familia y fusionar nuestros imperios en la nueva Médici & Arnault Company.
Al entrar en la mansión, el silencio me recibió como un bálsamo. Recorrí el ala norte, mi santuario privado, donde una oficina con vistas al jardín me permitiría trabajar sin interrupciones indeseadas. Subí a mi habitación y me deshice del traje sastre, observando mi reflejo en el espejo de cuerpo entero. Mi cabello rojo fuego y mis ojos verdes claros eran rasgos que él parecía haber encontrado "familiares", aunque su cerebro, nublado por años de libertinaje y alcohol, no lograba ubicarme del todo.
—Vicencio, Vicencio... —susurré para mí misma, delineando con el dedo el contorno de mi anillo de bodas, ese que él me exigió que no usara en público para no arruinar su imagen de soltero codiciado. —Crees que soy un adefesio que tus padres tuvieron que casar por desesperación. Crees que soy una "mojigata" que no sabe hacer nada.
Me serví una copa de vino de los viñedos de mi familia en la Toscana y me asomé al balcón. Sabía que él llegaría pronto, probablemente oliendo a whisky y con el ego herido tras nuestro encuentro en la oficina. Me preparé mentalmente para la primera cena "familiar" de convivencia. Esta noche, Vicencio —perdón, mi esposo— conocería la primera regla de mi juego: en esta casa, su título de "dueño del mundo" no tiene validez.
Escuché el rugido de un motor deportivo estacionándose en la entrada. El león había llegado a su jaula. Me retoqué el labial rojo, me puse un vestido de seda que dejaba mi espalda descubierta y bajé las escaleras con una sonrisa gélida. La guerra apenas comenzaba, y yo tenía toda la intención de ganarla sin perder un solo gramo de mi dignidad.
—Bienvenido a casa, "esposo mío" —dije desde lo alto de la escalera, viendo cómo su mandíbula se tensaba al verme. —Espero que tu ala de la casa sea de tu agrado. Porque es el único lugar donde tus desplantes no tendrán consecuencias.