El precio de salvarlo todo
La lluvia golpeaba los enormes ventanales de la oficina como si quisiera atravesarlos.
Emily Carter observaba la ciudad desde el piso treinta y siete del edificio Carter Technologies. Nueva York brillaba bajo la tormenta, indiferente al desastre que estaba a punto de destruir su vida.
—No tenemos más tiempo —dijo el abogado con voz grave.
Emily apartó la mirada de la ventana y volvió hacia la mesa de reuniones. Frente a ella estaban los documentos, los balances, los contratos… y la sentencia de muerte de la empresa que su familia había construido durante más de treinta años.
—¿Cuánto exactamente? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
El hombre suspiró.
—Quinientos mil dólares para cubrir las deudas inmediatas y evitar que el banco ejecute la empresa.
El número cayó sobre la mesa como un disparo.
Emily cerró los ojos por un instante.
Quinientos mil.
Para una corporación como Stone Global Industries aquella cifra sería apenas un gasto menor. Para ella, en cambio, era una montaña imposible de escalar.
—¿Y si conseguimos un inversor? —preguntó, aferrándose a una esperanza que ni ella misma creía.
El abogado negó lentamente.
—Después de lo que pasó con Stone Global, nadie quiere involucrarse con Carter Technologies.
Ese nombre volvió a perforar su pecho.
Alexander Stone.
El hombre que había destruido a su padre.
Emily apretó los puños sobre la mesa. Tres años atrás, Carter Technologies era una empresa sólida, respetada en el mercado tecnológico. Su padre había dedicado su vida entera a levantarla desde cero.
Hasta que apareció Stone.
Y todo comenzó a derrumbarse.
Una adquisición agresiva. Un contrato roto. Inversores retirándose uno tras otro.
En menos de seis meses, el imperio de su familia se había convertido en un castillo de cartas a punto de derrumbarse.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó finalmente.
—Treinta días.
Treinta días para salvarlo todo.
Treinta días antes de que el banco se quedara con la empresa.
Treinta días antes de que su padre perdiera el trabajo de toda su vida.
Emily tragó saliva.
—Gracias, señor Miller —dijo con voz firme.
El abogado recogió sus documentos y la miró con una mezcla de lástima y respeto.
—Lo siento, Emily.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, el silencio llenó la sala.
Emily se dejó caer en la silla.
Su mirada recorrió la oficina.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas: su padre inaugurando la primera planta de producción, el primer equipo de empleados, la firma del contrato que había lanzado a Carter Technologies al mercado internacional.
Todo aquello estaba a punto de desaparecer.
Su padre siempre había mantenido a la familia lejos del ojo público. Nadie sabía realmente quién era la hija de Richard Carter.
Esa decisión había protegido su privacidad durante años.
Pero ahora… tal vez podría convertirse en su única ventaja.
Emily apoyó la frente contra sus manos.
Necesitaba dinero.
Mucho dinero.
Y rápido.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de su mejor amiga.
Sophie:
"¿Sigues en la oficina? Necesito hablar contigo."
Emily respondió de inmediato.
"Sí. Ven."
Quince minutos después, la puerta volvió a abrirse.
Sophie entró empapada por la lluvia, sacudiendo su abrigo.
—Este clima es horrible —murmuró mientras dejaba su bolso sobre la mesa—. ¿Cómo te fue con el abogado?
Emily no respondió.
Solo deslizó los documentos hacia ella.
Sophie los revisó durante unos segundos… y su expresión cambió.
—Dios mío, Emily…
—Treinta días —dijo ella en voz baja.
El silencio cayó entre las dos.
—No puedo dejar que mi padre pierda todo —continuó Emily—. Él construyó esta empresa desde cero.
Sophie levantó la mirada.
—Entonces necesitamos encontrar una solución.
Emily soltó una risa amarga.
—¿Tienes medio millón de dólares escondidos en tu bolso?
Sophie no respondió de inmediato.
En lugar de eso, la observó con una expresión extraña.
Como si estuviera dudando.
Emily frunció el ceño.
—¿Qué?
Sophie respiró hondo.
—Tal vez… sí exista una forma de conseguir ese dinero.
Emily la miró con incredulidad.
—Si es una broma, este no es el momento.
—No es una broma.
Sophie se inclinó hacia adelante.
—La clínica donde trabajo tiene un programa de subrogación.
Emily tardó unos segundos en procesar las palabras.
—¿Vientres de alquiler? —preguntó finalmente.
Sophie asintió.
—Algunas parejas pagan cifras muy altas. Mucho más de lo que imaginas.
El corazón de Emily empezó a latir con fuerza.
—¿Cuánto?
Sophie dudó un instante antes de responder.
—Hasta seiscientos mil dólares… dependiendo del contrato.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
Seiscientos mil.
Era suficiente para salvar la empresa.
Emily se levantó lentamente de la silla.
—¿Estás hablando en serio?
—Sí.
—¿Y solo… tendría que llevar un bebé durante nueve meses?
—El embrión pertenece a la pareja —explicó Sophie—. Legalmente, el bebé nunca sería tuyo.
Emily caminó hasta la ventana.
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad.
Nueve meses.
Solo nueve meses.
El precio de salvar la empresa de su padre.
—¿Quién sería el padre? —preguntó finalmente.
Sophie negó con la cabeza.
—Eso es confidencial. Muchas son parejas ricas y prefieren mantener su identidad en secreto.
Emily observó su reflejo en el vidrio.
Nunca había imaginado que su vida la llevaría a una decisión así.
Pero tampoco había imaginado perderlo todo.
—¿Cuándo podría hacerlo? —preguntó en voz baja.
Sophie la miró con sorpresa.
—Emily… piénsalo bien.
Ella cerró los ojos por un momento.
Luego volvió a abrirlos.
—Ya lo hice.
Se giró hacia su amiga.
—Quiero salvar la empresa de mi padre.
Sophie permaneció en silencio unos segundos.
Finalmente suspiró.
—Entonces… creo que podría resultar, sé que hay varias parejas esperando.
Emily sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quiénes son?
Sophie negó con la cabeza.
—No lo sé. Todo es confidencial.
Emily no podía imaginar que, en ese mismo momento una mujer desesperada por no perder su matrimonio sería la que le daría la solución que ella necesitaba.