Ni te atrevas a mandarme

1313 Words
POV IRLANDA Después de acomodarnos en el comedor, mi madre se sentó junto a Lisandra y mi padre junto a Mateo, que no dejaba de servirse whisky. Yo me ubiqué entre Isabela y mis hermanos. Frente a mí estaba Dante, metido de lleno en una conversación con Leonardo. Ni siquiera se dio cuenta de que lo estaba observando. Mientras mi padre y Mateo hablaban de negocios, aproveché para conocer mejor a Isabela. Debo admitir que había algo en ella que me hacía pensar que podría ser mi hermana perdida. Tenía un humor directo que me recordó mucho a mí misma. Entre risas y chistes, estábamos de lo mejor, hasta que sentí una mirada pesada sobre mí. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, pero me hice la desentendida y seguí platicando con Isabela, que de pronto me preguntó por mi cumpleaños para organizarme una fiesta. —El primero de diciembre —respondí, haciendo todo lo posible por ignorar a Dante. Cuando empezamos a comer, de la nada me dieron ganas de ir al baño. —Isabela, ¿dónde queda el baño? —pregunté. —Por el pasillo, la segunda puerta a la izquierda —me indicó con una sonrisa. —Gracias, ya vuelvo —dije mientras me levantaba y caminaba por el pasillo. No había notado antes lo elegante que era la casa. Esos tonos negros combinados con mármol tenían un estilo imponente que me encantó. Al llegar al baño, me lavé las manos y me di unos retoques al maquillaje. Justo cuando iba a abrir la puerta, esta se empujó desde el otro lado, y terminé chocando contra un pecho firme. Claro, quién más podría ser: Dante. Intenté esquivarlo, pero, evidentemente, tenía otros planes. Con una sonrisa arrogante, me empujó de regreso al baño y me arrinconó contra la pared. Puso sus manos a cada lado de mí, bloqueándome el paso. Qué maravilla, pensé con ironía. ¿Y ahora qué? Decidí no darle el gusto de verme intimidada. Con una determinación absoluta, me agaché y pasé por debajo de sus piernas. Me levanté del otro lado, alisándome el vestido mientras le lanzaba una mirada burlona. —¿Qué te pasa? ¿Te comió la lengua el gato, Dantecito? —dije con tono retador antes de girarme para irme. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, me agarró de la muñeca con fuerza y me jaló hacia él. Le lancé una mirada fulminante. —Suéltame, Dante. Quiero regresar con los demás —dije, claramente irritada. —Cuidado con tu tono, preciosa —murmuró con voz grave. —¿A quién le hablas? ¿Al rey? No, solo al "gran" Dante Navarro —respondí con sarcasmo. Su agarre se tensó y me dolió un poco, pero me negué a mostrar debilidad. —Estás hablando con tu futuro marido, así que más vale que me tengas respeto —gruñó. —¿Sabes qué? Vete al carajo, Dante Navarro —le espeté. Algo peligroso brilló en sus ojos antes de que se inclinara hacia mí. Sentí su aliento en mi oído y un cosquilleo cuando sus labios rozaron mi piel. —Créeme, lo haré, mi amor —susurró antes de besarme suavemente en la oreja. Lo aparté con fuerza y logré zafarme de su agarre. Con una última mirada de desdén, salí del baño y regresé al comedor. De vuelta en la mesa, me senté junto a Isabela, intentando concentrarme en nuestra charla, aunque no podía ignorar las miradas divertidas de Dante. —Bueno, vamos al grano —dijo de repente mi padre, poniéndose de pie junto a Mateo—. Según lo acordado, ustedes se casarán para unir a nuestras familias. Les guste o no —soltó —. La boda será en agosto, pero mientras tanto deben fingir ser una pareja feliz para que nuestros enemigos no sospechen nada. Y como si eso no fuera suficiente, Mateo añadió: —Ah, y por cierto, Irlanda se muda hoy mismo a la casa de Dante. Me puse de pie tan rápido que casi tiro mi silla. —¿Qué? ¿Hoy? No puedes estar hablando en serio, papá. ¡No voy a vivir con él! —protesté, casi gritando. Mi madre intentó calmarme, pero no le presté atención. —Irlanda, modera tu lengua. Esto ya está decidido. ¡Siéntate! —ordenó mi padre. En lugar de obedecer, agarré mi bolso y le lancé una mirada de odio a Dante, que seguía con su expresión imperturbable. Luego miré a mi padre con los ojos encendidos de furia. —Eres tan egoísta —le escupí antes de salir del comedor. Afuera encendí un cigarrillo, buscando calmarme. Pero, por supuesto, la paz no duró mucho. Sentí a alguien acercándose. No tenía ni que voltear para saber quién era. —Deberías dejar esa porquería, no te hace bien —dijo Dante, arrebatándome el cigarro con una rapidez que me dejó pasmada. Lo tiró al suelo y, como si nada, se dio la vuelta para irse. —¡¿Qué rayos haces?! No tienes derecho a decirme qué hacer —le solté con un siseo lleno de rabia, pero él ni se inmutó. Me quedé viéndolo con incredulidad, y finalmente solté: —¿En serio? ¿Por qué no has dicho nada antes? ¿Te parece normal esta situación? —lo enfrenté, esperando alguna reacción más humana. Él solo se encogió de hombros. —¿Y qué más da? No podemos cambiar nada —dijo con indiferencia —. Al final, yo voy a tomar el control de la mafia porque Leonardo no quiere y Tomás todavía está crudo para el asunto. Así que lo que decidan me da igual. Además, la idea de vivir con una chica guapa como tú no está tan mal. Me lanzó un guiño descarado. —¡No me llames chica, imbécil! —le repliqué, fulminándolo con la mirada—. ¿Acaso vas a seguir siendo el perrito faldero de tu padre o realmente quieres meterte de lleno en esta mierda? Dante soltó una risa suave. —No todo, pero sí quiero manejar la mafia. Eso es mío, tarde o temprano —respondió con una seguridad tan arrogante. Solté un bufido de frustración y me di media vuelta, entrando de nuevo en la casa. Apenas puse un pie adentro, Emiliano me interceptó como si estuviera esperándome. —¿Ya se te bajó el enojo? —preguntó. Resoplé, pero asentí con la cabeza, aunque la verdad es que seguía queriendo mandar todo al carajo. Antes de que pudiera decir algo más, vi que los demás entraban al pasillo detrás de nosotros. —Bueno, si no hay más que discutir, aquí tienes la llave de tu nueva casa —dijo Mateo, entregándole un juego de llaves a Dante. Me quedé de piedra al darme cuenta de que Dante ya había regresado. ¿En qué momento? —Irlanda, mañana te llevarán tus cosas. Despídete de tu familia —ordenó mi padre sin asomo de duda. Solté un suspiro cansado, sin energía para discutir más. Abracé a mis hermanos y a mi madre, mientras a mi padre solo le dirigía una mirada cargada de rencor. Él ni se inmutó. Antes de que Dante pudiera moverse, Esteban, lo detuvo con una advertencia. —Cuídala bien, o tendrás problemas conmigo —dijo, clavándole una mirada seria. Dante respondió con esa sonrisa de suficiencia: —Tranquilo, no le haré daño —prometió. Después de las despedidas, incluida una rápida de la familia de Dante y un intercambio de números con Isabela, me encontré sentada en el auto junto a él. El ambiente era tenso, pesado. Ninguno de los dos habló al principio, hasta que rompí el silencio. —¿Cuánto falta para llegar? —pregunté, cruzándome de brazos. —Tres horas —respondió sin mirarme. Suspiré. Tres horas… Cerré los ojos, cansada de todo, y pronto me quedé dormida.
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