POV IRLANDA
—¿Irlanda? Ya llegamos—, escuché la voz de Dante. Abrí los ojos con pesadez y me encontré con su mirada fija. No sé por qué, pero me dio una especie de escalofrío raro. Luego de un momento, él salió del coche y, como siempre, yo fui detrás.
Al pisar el exterior, lo primero que captó mi atención fue esa propiedad gigante que ahora llamábamos nuestro hogar. Se veía impresionante. La verdad, nunca pensé que terminaría viviendo en un lugar así.
Cuando volteé hacia Dante, noté una ligera sonrisa en su cara. Arqueé una ceja y le solté:
—¿Qué pasa? ¿Traigo algo raro o qué?—. Él negó con la cabeza, calmado como siempre.
—Nada, todo bien, mi reina—, respondió. Aunque, siendo sincera, eso de "mi reina" me sonó raro; no era muy fan de los apodos empalagosos. Aun así, no pude evitar sentir un ligero cosquilleo.
Dante abrió la puerta principal, y al entrar, me quedé pasmada con el recibidor. El lugar era enorme y tenía un estilo elegante. Si el resto de la casa era igual de bonita, especialmente el cuarto, estaba más que emocionada por explorarlo todo.
Mientras Dante andaba metido en lo suyo, aproveché para darme una vuelta. Lo primero que encontré fue la cocina, que estaba de lujo: todo moderno, con mármol y detalles en blanco y n***o. En cuanto la vi, supe que ahí podía preparar unos tacos bien deliciosos.
Después pasé al comedor, donde una mesa larguísima se llevaba todo el protagonismo. Seguro diseñada para reuniones familiares o algo más... mafioso, supongo. Luego me topé con una sala de estar súper chic, con un pequeño bar que ya tenía mi nombre escrito, y una sala de fitness que probablemente jamás usaría. Pero lo que me dejó con la boca abierta fue la armería. Era una locura: había armas de todo tipo, cuchillos, y quién sabe qué más. Me prometí echarle un vistazo más a fondo luego.
Ya en el segundo piso, me asomé al estudio de Dante. Él estaba clavado en su computadora, así que decidí no molestarlo y seguí explorando. Llegué al cuarto... bueno, a nuestro cuarto, y quedé fascinada. Decorado en tonos oscuros, pero sin sentirse pesado, con una cama enorme que invitaba a tirarte encima. No pude resistirme y me dejé caer de espaldas en la cama. Santo cielo, ¡era comodísima!
Después de un rato, noté dos puertas. La primera daba a un vestidor gigante, y la segunda, al baño. Decidí desmaquillarme y ponerme algo más cómodo. En el vestidor, agarré una camiseta negra y unos pants grises, me hice una cola rápido y me fui directo a buscar a Dante.
*
POV DANTE
Apenas Irlanda salió del estudio, me puse a trabajar en mis cosas. Revisé los envíos que teníamos en camino, y la verdad, me alivió que todo anduviera en orden. Una vez que terminé de firmar los últimos papeles, levanté la vista y ahí estaba ella, parada en el marco de la puerta. Traía puesta una camiseta negra, un pantalón de chándal y un moño medio desarreglado... pero, carajo, se veía increíble.
—¿Te da hambre?—, preguntó. Solo asentí, porque, la verdad, después del día que llevaba, comer algo no sonaba nada mal. Como las empleadas no llegarían hasta dentro de unos días, ya me imaginaba que le tocaba meterse a la cocina.
—A mí también. Voy a hacer pasta. Espero que te guste—, agregó antes de irse como si nada.
Cuando salió, pensé que lo mejor era ponerme cómodo. Cerré la laptop, me fui al cuarto y me refresqué un poco: me lavé la cara y me cambié a algo más relax. Pantalón de chándal gris, camiseta blanca. Todo listo para la noche. Bajé directo a la cocina.
*
POV IRLANDA
Entré a la cocina, enchufé el celular a los parlantes del living y busqué en mi playlist algo movido. Al final, terminé eligiendo algo de Bruno Mars. Mientras acomodaba los fideos y ponía la olla con agua, comencé a menearme suavecito al ritmo de la música.
—Yo también querría ser yo...— canturreaba, sintiéndome en mi onda.
Estaba escurriendo la pasta y poniéndola en un bowl cuando me di media vuelta y, ¡zas!, me congelé. Dante estaba ahí, apoyado contra la pared con esa sonrisa suya, viéndome.
—¡Por poco me matas del susto!— le reclamé, llevándome una mano al pecho. Él, sin borrar esa sonrisa traviesa, respondió:
—Tranquila, que te vi moviéndote rebién, cariño—. Me limité a poner los ojos en blanco, aunque una risita se me escapó.
—Bueno, ya, siéntate. Anda, ayuda y trae la pasta, que yo no puedo con todo esto sola—.
—Como digas, cariño—, replicó con descaro, cargando el bowl mientras yo me dirigía a la mesa.
Otra vez con ese apodo. ¡Cómo lo detesto! Pero parecía que a él le encantaba llamarme así.
La comida transcurrió tranquila, con alguna que otra charla sin importancia. Sin embargo, no podía evitar clavar la vista de vez en cuando en sus brazos tatuados. Con esa camiseta, lucían demasiado bien.
Al terminar de comer, recogimos y metimos todo en el lavaplatos. Cuando subí, Dante ya había desaparecido. Pero al entrar en la habitación, casi me caigo de espaldas: ahí estaba, recién salido de la ducha y cubierto solo con una toalla. Mis ojos se quedaron pegados a su pecho marcado, y esos tatuajes... ¡uf!
—Eh, cariño, estás mirando mucho. ¿Por qué no mejor sacas una foto? Te va a durar más—, soltó con una carcajada. Me tomó tan desprevenida que, sin pensarlo, saqué mi celular y le tomé una foto. La cara que puso me hizo soltar una risa antes de escaparme al vestidor para cambiarme.
Cuando volví al cuarto, el cansancio ya me estaba ganando. Me tiré en la cama, rendida. Apenas cerré los ojos, noté que Dante se había acomodado a mi lado. Antes de poder procesarlo, el sueño me venció.