POV IRLANDA
Desperté de golpe aquella mañana con un ruido infernal. Los ronquidos de Dante eran tan fuertes que parecía que estaba rugiendo un león al lado mío. Miré el reloj con los ojos entrecerrados y solté un suspiro al ver la hora: apenas eran las nueve de la mañana. ¿Tan temprano y ya no podía dormir? Me revolví entre las sábanas, tratando de ignorar el ruido y volver a mi plácido sueño, pero era imposible. Los ronquidos de Dante me perforaban los oídos.
—¡Dante, despierta!— grité, dándole un empujoncito. Nada. El tipo dormía como una roca. Insistí un poco más fuerte, meneándolo con algo más de fuerza. —¡Dante!— Pero ni un parpadeo. ¿Cómo alguien podía dormir tan profundamente? Después de quedarme pensando un momento, se me ocurrió una idea brillante. Y claro, también un poco traviesa.
Me levanté sin hacer ruido, fui a la cocina y llené un vaso con agua helada. Sonreí y regresé al cuarto, parada junto a la cama. Conté hasta tres bajito y le vacié el vaso de agua en toda la cara.
Dante pegó un brinco y cayó al suelo con un grito que casi me hace llorar de la risa. Yo apenas podía respirar de tanto reírme.
—¡Irlanda!— gritó furioso, con el cabello empapado y los ojos entrecerrados, mientras yo intentaba poner mi mejor cara de inocencia.
—¿Qué pasó, Dante?— pregunté. Él me fulminó con la mirada mientras se secaba la cara con la sábana.
—Corre, porque te voy a dar una lección— amenazó, aunque en el fondo parecía más divertido que enojado. Crucé los brazos con altanería y arqueé una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer?— Lo reté con una sonrisa provocadora. Sus ojos brillaron peligrosamente, y ahí fue cuando supe que las cosas se iban a poner serias.
De repente, se lanzó hacia mí, pero yo ya estaba preparada. Salí corriendo escaleras abajo, riendo como loca, mientras escuchaba sus pasos siguiéndome de cerca. Apenas logré mantener el equilibrio cuando casi me resbalo, y terminé en la terraza, justo frente a la piscina. Me detuve por un segundo, pensando que ya lo había dejado atrás, pero antes de darme cuenta, sentí sus manos fuertes en mi cintura.
—¡Te atrapé!— dijo triunfante, levantándome.
—¡Dante, bájame!— protesté, dando patadas al aire, pero él solo sonrió maliciosamente.
—Te toca tu baño frío, Irlanda— anunció con un tono de burla, caminando decidido hacia la piscina.
—¡No te atrevas!— grité, pero apenas terminé la frase, ya estaba volando hacia el agua. Caí con un chapuzón que me dejó temblando. Cuando salí a la superficie, lo vi parado junto a la piscina, riéndose a carcajadas.
—¡Eres un imbécil!— le grité, intentando exprimir el agua de mi cabello. Pero entonces noté que mi camiseta estaba completamente mojada y transparente. Rápidamente crucé los brazos sobre mi pecho, pero ya era tarde: Dante no paraba de reír.
—Te queda bien el look, ¿eh?— dijo, guiñándome un ojo.
Me acerqué lentamente, aparentando tranquilidad, hasta que estuve lo suficientemente cerca como para empujarlo. Antes de que pudiera reaccionar, lo mandé directo a la piscina. Su grito de sorpresa fue música para mis oídos, y salí corriendo hacia la casa antes de que pudiera vengarse.
Me escondí en el sótano, agachándome detrás de la mesa de billar. Mi corazón latía rápido, pero no por miedo, sino por la emoción. Escuché sus pasos en la escalera y su voz resonó.
—¡Irlanda! ¡No te escondas!— gritó, y no pude evitar soltar una risita. Pero en un abrir y cerrar de ojos, la puerta del sótano se abrió, y sus pasos se acercaron peligrosamente. Mi risa se convirtió en un grito ahogado cuando sentí que me agarraba del pie.
—¡Te encontré!— exclamó, tirándome fuera de mi escondite. Me levantó y me empujó contra la pared, sosteniéndome las muñecas sobre la cabeza. Su mirada ardía de diversión y algo más que no supe identificar.
—¿Qué voy a hacer contigo, Irlanda?— murmuró, acercándose. Su aliento cálido en mi cuello me hizo temblar, y sentí cómo mi respiración se aceleraba. Él lo notó y sonrió con suficiencia.
Pero cuando pensé que las cosas se iban a poner más intensas, de repente se alejó. Lo vi caminar hacia las escaleras como si nada hubiera pasado.
—¡Eres un cobarde!— le grité, pero él solo dejó una nota en la encimera de la cocina antes de salir.
“Llamaron de la oficina, tengo que firmar unos papeles. No te preocupes, esto no se queda así.”
Sacudí la cabeza. Definitivamente, el día había empezado intenso. Me fui a duchar, pensando en la manera de devolverle la jugada. Porque esto, claro, no iba a terminar aquí.
Después de darme un buen baño y vestirme, me puse a pensar si debía enchinarme el cabello. Pero no, mejor lo dejaba descansar un rato. Me maquillé rápido, me puse unos aretes coquetos, anillos, y cuando me vi en el espejo, sonreí satisfecha. ¡Quedé perfecta!
De pronto, escuché un portazo que casi me saca un grito. Dante había llegado. Salí disparada al pasillo y lo vi ahí, quitándose la chaqueta. Nuestras miradas se cruzaron.
—¡Oye, bruto! ¿Se te ocurrió largarte sin avisar y dejarme un mugroso papelito?— le solté de golpe, mientras bajaba las escaleras medio corriendo. Pero él, como si nada, me contestó todo relajado:
—Relájate, cariño. Agradece que te dejé una nota. Y, además, te traje algo.
Me detuve en seco, confundida, viendo cómo levantaba una bolsa. El aroma me golpeó enseguida.
—¿Son… roles de canela?— murmuré. Se me hizo agua la boca.
—Sí, y también panecitos. Pasé por la panadería de regreso—, dijo. Y pues… mi enojo se fue volando. Hasta le sonreí, la verdad.
Nos fuimos a la cocina. Yo preparé el café mientras él ponía los roles y los panes sobre la mesa. Nos sentamos a desayunar, y entre bocado y bocado, una idea me vino a la cabeza.
—Oye, Dante— le dije, mirándolo con curiosidad.
—¿Qué pasó?— respondió.
—¿Y si dejamos de tener servicio en casa? Prefiero hacer las cosas yo misma.
Se me quedó viendo.
—¿También quieres despedir a los guardias o qué?—, me lanzó con sarcasmo. Me reí.
—No, menso. Pero la verdad, dudo que tú solo puedas defendernos si pasa algo feo— le piqué, provocándolo.
—Claro que puedo, ¿o qué? Una vez me agarré con ocho tipos porque insultaron a mi madre— dijo con un brillo en los ojos. Me guiñó un ojo.
Después del desayuno, recogimos juntos la mesa, y yo me fui a cambiar para entrenar. Me puse mi ropa deportiva más cómoda, amarré mi cabello en una trenza bien alta y me fui directo al gimnasio. Me vendé las manos y empecé a darle al maniquí. Estaba en mi rollo cuando vi a Dante asomarse por la puerta.
—¿Qué, estás de mirón o qué?— le dije burlándome.
—¡Para nada!— contestó, mientras se vendaba las manos. —¿No será que a ti te aprieta esa playera?—. Me reí por lo bajo.
—¿No será que a ti ya se te está notando la pancita?— le respondí, sin dudarlo. Él solo carcajeó.
—Vamos, a ver qué tienes. Súbete al ring—, me retó. Y pues, ¿cómo decirle que no?
Nos subimos al cuadrilátero, y para mi sorpresa, no lo hacía mal. Me dio batalla, aunque claro, yo también le di sus buenos golpes. Pero cuando me derribó y soltó una risilla, se me prendió el foco. Le tendí la mano para que me ayudara a levantarme, y cuando la tomó, le hice una llave que lo dejó de espaldas contra la lona.
—¿Te lastimé?— le pregunté. Pero él, todo tramposo, me agarró del pie y me jaló.
—¿Y tú, qué? ¿No que muy buena?— me respondió, imitándome. Nos reímos, y me ayudó a levantarme. —La verdad, peleas bien— me dijo, ofreciéndome una botella de agua.
Justo cuando empezaba a relajarme, mi celular empezó a sonar. Era mi papá. Contesté con cero ganas.
—¿Qué pasó, papá?— solté, cortante. Me preguntó por Dante y me pidió que pusiera el altavoz. Entonces nos dio una misión: recuperar mercancía que unos rusos habían robado.
Dante y yo nos fuimos directo a la armería. Nos pusimos chalecos y agarramos todo el equipo. Justo cuando estábamos listos, llegaron mis hermanos, listos para entrarle. Nos reunimos para afinar el plan: entrar en silencio, eliminar a los guardias y recuperar nuestras cosas.
El camino fue tranquilo, pero al llegar al almacén, las cosas se pusieron más complicadas. Había más guardias de los que pensábamos. Afortunadamente, con mi rifle, eliminé a tres de ellos sin que hicieran ruido. Después de eso, avanzamos directo al almacén.