POV IRLANDA
Habíamos terminado de recoger todo y estábamos listos para salir cuando, de repente, se escuchó una carcajada. Nos giramos al instante, y ahí estaba él: un hombre de unos treinta años, de pie con una pistola apuntando directo a la cabeza de Gabriel. El tipo tenía un porte interesante, atractivo incluso, pero en ese momento lo único que me provocaba era repulsión. ¿Quién se creía para amenazar a mi familia de esa manera?
Por puro instinto quise correr hacia ellos, pero Dante, con su maldita calma, me detuvo sujetándome del brazo. Le lancé una mirada, pero él solo me miró con ese gesto tranquilo. Respiré profundo y decidí esperar.
—A ver, ¿qué quieres?— preguntó el hombre, mientras presionaba más la pistola contra la cabeza de Gabriel.
Mi papá, que nunca pierde la compostura, dio un paso al frente y le respondió:
—La pregunta no es lo que quiero yo, sino por qué rayos te atreviste a robarnos nuestras cosas.
El tipo soltó una risa burlona y respondió:
—Ah, déjame ver… tal vez porque quiero ser el verdadero jefe de todo esto. ¡El más grande, no tú, Montoya!
El desprecio con el que escupió nuestro apellido me revolvió el estómago. Tenía que controlarme para no lanzarme encima de él, pero sabía que no era el momento. Mientras discutían, no pude evitar preguntar:
—¿Y tú quién rayos eres?
—Viktor Morozov— respondió con indiferencia. Un nombre clásico ruso, claro.
Mientras Viktor y mi padre intercambiaban amenazas, noté cómo Gabriel movía sutilmente la mano hacia su bolsillo. Le lancé una mirada para que se detuviera. Tenía un plan, pero necesitaba tiempo.
—¿Sabes?— continuó Viktor. —Ustedes mataron a mi hermano.
Nos miramos entre todos, confundidos.
—¿De quién hablas?— preguntó mi padre, sin perder la compostura.
—Del imbécil que gritó como cerdo hace rato—, respondió Viktor.
Casi se me escapa una risa, pero me contuve. Viktor, obviamente molesto, me clavó la mirada:
—Para ser más específicos, fuiste tú—, dijo, señalándome con el arma que antes apuntaba a Gabriel.
—No estaría muerto si no hubieras sido tan idiota como para robarnos— le contesté, sin dejar que el miedo asomara en mi voz. La cara de Viktor se torció en una mueca de furia, pero luego sonrió de manera escalofriante.
—Bueno, ya que ustedes mataron a mi hermano y a mis hombres, yo voy a matar al tuyo— dijo, apretando más la pistola contra la cabeza de Gabriel. Sentí el corazón detenerse por un segundo cuando vi el miedo reflejado en los ojos de mi hermano.
No me quedé quieta. Le lancé una mirada rápida a Emiliano, quien entendió al instante. Sabía lo que tenía que hacer. Sigilosamente me moví entre las cajas apiladas, probablemente llenas de armas o drogas. Me acerqué por detrás, cuidando cada paso, con mi cuchillo en mano. Dante seguía entreteniendo a Viktor con palabras, dándome tiempo.
Cuando estuve a unos pasos de Viktor, él pareció notar mi presencia. Su reacción fue inmediata: golpeó a Gabriel en la cabeza con la culata del arma, dejándolo inconsciente, y corrió hacia mí. Intentó sacar un cuchillo, pero yo fui más rápida. De un movimiento le di una patada en la muñeca, desarmándolo.
Lo que siguió fue un forcejeo brutal. Logré inmovilizarlo, y con un movimiento rápido, lo dejé inconsciente. Como toque final, le clavé el cuchillo en el muslo dos veces, lo justo para que no pudiera levantarse. Lo dejé ahí tirado, desangrándose. Él no saldría vivo de esa bodega, estaba segura.
Cuando volteé, los chicos me estaban viendo con expresiones de alivio. Dante, especialmente, me sonrió. Le guiñé un ojo antes de acercarme a Gabriel, quien ya comenzaba a recobrar el conocimiento.
—¿Todo bien, hermano?— le pregunté, ayudándolo a sentarse. Asintió débilmente, y me abrazó con fuerza.
Antes de irnos, le lancé una última mirada a Viktor. No iba a desperdiciar ni un segundo más en él. Sangraba y estaba inconsciente; su destino ya estaba terminado.
De regreso a casa, el silencio en el auto hablaba más que las palabras. Cuando llegamos, decidí darme un baño para quitarme el sudor y la tensión acumulada.
Después de la ducha, me puse unos pantalones negros y una camiseta blanca de Dante que había dejado por ahí. Su olor, una mezcla de menta y humo, me hizo sentir curiosamente cómoda. Bajé a la cocina con hambre y encontré a Dante, ya cambiado, tomándose un whisky.
Sin pensarlo, le arrebaté el vaso de la mano y me lo bebí de un trago.
—Podrías haberte servido tú misma, ¿no crees?— dijo. Me encogí de hombros y abrí la nevera, pero estaba vacía.
—¿Qué te parece si pedimos algo de comida?— le propuse.
—Va, pero también hay que hacer la compra, ya no tenemos nada— contestó.
Media hora después, llegó la comida. Dante fue a abrir, y desde la cocina escuché la voz de una mujer que, al parecer, coqueteaba con él descaradamente. Me acerqué a la puerta con el ceño fruncido, tomé la bolsa de comida y, con una sonrisa nada amable, despedí a la chica.
—¿Celosa?— preguntó Dante.
Después de terminar de comer, estaba acomodando los platos en el lavavajillas cuando sentí el aliento cálido de Dante muy cerca de mi cuello. Un escalofrío recorrió mi espalda al escucharle susurrar mi nombre:
—Irlanda, ¿te gustaría jugar?
Me giré para verlo y arqueé una ceja, tratando de sonar neutral aunque mi respiración ya se había alterado un poco.
—¿A qué juego?— le pregunté, intentando no caer en su trampa.
Él, con esa sonrisa traviesa que lo delata cuando planea algo, contestó:
—Al gato y al ratón.
Sabía perfectamente lo que eso significaba. Le encantaba hacerme correr como loca por toda la casa. Así que, decidí seguirle el juego. Fingí que no me importaba y le dije:
—Dame un minuto, sólo voy a tomar un poco de agua.
Él asintió, confiado, pero en lugar de beber, le lancé el agua directo a la cara y salí corriendo mientras reía a carcajadas.
—¡Irlanda!— gritó entre risas, y escuché sus pasos rápidos tras de mí.
Corrí, esquivando muebles y puertas hasta meterme en una de las habitaciones de invitados. Cerré la puerta y traté de controlar mi respiración, pero cuando intenté salir sigilosamente, me encontré cara a cara con él. Dante me miraba como un depredador que había encontrado a su presa.
—¿A dónde crees que vas?— preguntó.
No tuve tiempo de reaccionar antes de que él avanzara hacia mí. De un salto, pasé por encima de la barandilla y caí al piso de abajo, aterrizando torpemente pero a salvo. Apenas había tocado el suelo cuando sentí sus brazos rodear mi cintura.
—Te tengo—, susurró al oído mientras reía.
Antes de que pudiera protestar, me levantó y me echó sobre su hombro.
—¡Dante, bájame ahora!— grité entre risas, pero él solo respondió con una palmada en mi trasero.
—¿En serio acabas de darme una palmada en el trasero?— le pregunté, incrédula.
Él se rió con ganas, pero yo no iba a dejarlo así. Le devolví el gesto con una palmada en el suyo, y su risa se detuvo de golpe.
—Te vas a arrepentir de eso, Irlanda—, dijo y antes de darme cuenta, ya iba corriendo conmigo directo hacia la piscina del patio.
—¡No, no, no! Por favor, no me tires— le supliqué, entre risas y gritos, pero él no parecía dispuesto a escucharme.
—¿Qué gano si no lo hago?— me preguntó.
—¿No más palmadas?— sugerí, aunque sabía que no iba a funcionar.
—Incorrecto—, respondió, disfrutando de mi desesperación.
—¡Está bien, está bien! ¿Qué quieres?— le dije al final, rendida.
—Un beso—, dijo.
Bufé, pero acepté. Le di un beso rápido en la mejilla, esperando que eso bastara. Sin embargo, cuando me alejé, algo inesperado sucedió: Dante tropezó y cayó directo a la piscina.
No pude evitar reírme cuando emergió, escupiendo agua mientras me lanzaba una mirada asesina.
—¡Eres imposible!— me gritó, pero yo no podía parar de reírme.
Justo en ese momento, mi celular comenzó a sonar. Era Isabela, y por el ruido de fondo supe de inmediato que estaba en un bar o una discoteca. Y claro, sonaba borracha.
—Voy por ti— le dije, suspirando, mientras Dante ya se acercaba, chorreando agua por todo el piso.
—Voy contigo—, dijo, sin darme oportunidad de discutir.
Sabía que la noche apenas estaba comenzando, y con Dante involucrado, siempre terminaba siendo interesante.