Atrapada

1142 Words
El temblor terminó, pero el mundo no volvió a sentirse igual. No fue como los otros momentos en los que moríamos con las almas y luego todo se calmaba poco a poco, como si el dolor se retirara del cuerpo y del aire al mismo tiempo. Esta vez la ciudad seguía en pie, las calles seguían desiertas, los edificios continuaban exactamente donde habían estado siempre… y aun así algo estaba mal. Yo todavía estaba abrazada a Elías. Habíamos caído juntos cuando el suelo empezó a sacudirse. Durante unos segundos pensé que era otra de esas muertes que compartíamos, otra vida rompiéndose en algún lugar cercano. Pero aquello no venía de una muerte. Era demasiado grande. Demasiado profundo. Cuando el temblor finalmente se detuvo, me di cuenta de que seguía respirando rápido. Elías también. Levanté la cabeza despacio y miré alrededor. La avenida estaba vacía como siempre. Un autobús detenido en mitad del carril, los semáforos cambiando de color sin que nadie los obedeciera, las luces de los edificios reflejándose en las ventanas oscuras de otros edificios. Era la misma ciudad que conocía del mundo de los vivos, pero sin personas, sin ruido, sin movimiento real. El plano intermedio. —¿Qué fue eso?—pregunte entre asustada y curiosa Elías me ignoró. —¿Eso fue… normal? —pregunté, otra vez, insistente. Elías no respondió de inmediato. —No. Solo esa palabra. Me separé un poco de él y miré mis manos. Todavía sentía un leve temblor en los dedos, como si mi cuerpo recordara el movimiento de la tierra incluso después de que todo se hubiera detenido. Respiré hondo. Entonces lo recordé. —Creo que tengo que volver. Elías asintió. Era lo que siempre pasaba. Yo nunca decidía entrar aquí. A veces me desmayaba en mi habitación y despertaba en estas calles vacías. Otras veces sentía un tirón en el pecho tan fuerte que parecía que alguien me arrancaba del mundo de los vivos. Pero siempre, tarde o temprano, mi cuerpo regresaba. Siempre. Cerré los ojos y esperé. Esperé el tirón. Esperé la sensación de caer hacia atrás. Esperé la oscuridad breve antes de despertar en mi cama o en el suelo de mi habitación. Nada ocurrió. Abrí los ojos. La ciudad seguía igual. Elías seguía frente a mí. —Eso fue raro —murmuré. —Dale un segundo. Esperamos. Un minuto. Tal vez dos. El viento movió un papel arrugado por la acera y lo arrastró unos metros antes de detenerse otra vez. Nada más cambió. Fruncí el ceño. —No estoy regresando. Elías me observó con atención. —Tal vez tarda un poco más. Negué con la cabeza. —Cuando tarda se siente. —¿Qué se siente? Me llevé una mano al pecho. —Como si algo me jalara desde adentro. Busqué esa sensación. No estaba. —Ahora no hay nada —dije. El silencio entre nosotros se volvió incómodo. Elías extendió la mano. —Ven. La tomé sin pensar demasiado. Antes bastaba con eso. No entendía exactamente cómo lo hacía, pero cada vez que yo quedaba atrapada demasiado tiempo aquí, Elías encontraba la forma de empujarme de vuelta al mundo de los vivos. Era como si conociera la puerta invisible entre los dos lugares y supiera abrirla. Cerró los ojos un momento. Esperé. Nada pasó. Elías abrió los ojos otra vez. Lo intentó de nuevo. Esta vez vi cómo tensaba la mandíbula, como si estuviera empujando algo que yo no podía ver. El plano no reaccionó. Mis dedos se aflojaron un poco dentro de los suyos. —Eso no es normal —dije. —No. —Antes podías sacarme. —Lo sé. —Entonces ¿por qué ahora no? Elías no respondió. Y esa ausencia de respuesta fue peor que cualquier explicación. Solté su mano lentamente y di unos pasos hacia la avenida. Miré los edificios, las ventanas, las luces lejanas que parecían encendidas solo para recordarnos que ese lugar era una copia imperfecta del mundo real. —Tal vez es por el temblor —dije. Elías se acercó un poco. —Tal vez. —¿Alguna vez había pasado algo así? —No. Eso tampoco ayudaba. Suspiré y me pasé una mano por el cabello. —Perfecto. Elías levantó una ceja. —¿Perfecto? —Sí. Perfecto. Me giré hacia él. —Porque significa que estamos atrapados. La palabra me supo amarga en la boca. Atrapados. Miré la ciudad otra vez. —Elías… —¿Sí? Dudé un segundo antes de decirlo. —Los designados. Su expresión cambió apenas. No sabíamos mucho sobre ellos. Solo historias sueltas, fragmentos de advertencias que los recolectores evitaban explicar demasiado. El que ve. El que oye. El que habla. Entidades que registraban cosas que nadie más debía registrar. —Si alguno de ellos vio lo que pasó… —dije. Elías negó ligeramente con la cabeza. —No lo sabemos. —Pero es posible. No discutió eso. Miré la avenida vacía y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. —Ese temblor no fue normal. —No. —Entonces algo lo provocó. Elías guardó silencio. Me crucé de brazos. —¿Y si el plano está reaccionando? —¿A qué? Lo miré directamente. —A nosotros. El silencio que siguió fue tan pesado que casi podía sentirlo sobre los hombros. Me aparté de él unos pasos y dejé escapar una risa corta, nerviosa. —Esto es ridículo. —¿Qué cosa? —Pasé semanas intentando volver aquí… y ahora que estoy aquí no puedo irme. Me senté en el borde de la acera. El asfalto estaba frío. —Antes venía sin querer —murmuré. Elías asintió. —Lo sé. —A veces me desmayaba y aparecía aquí. —Lo sé. —Otras veces sentía ese tirón horrible. Miré mis manos. —Pero nunca me quedaba tanto tiempo. Elías no respondió. Levanté la mirada hacia los edificios que nos rodeaban. —¿Sabes qué es lo peor? —¿Qué? —Que este lugar siempre me ha resultado familiar. Frunció ligeramente el ceño. —¿Familiar? —Sí. Hice un gesto alrededor. —Como si mi cuerpo supiera cómo llegar aquí aunque mi cabeza no tenga idea de por qué. Elías se quedó muy quieto. —Allison… —No lo sé explicar —continué—. Solo… se siente así. Miré otra vez la ciudad. Las calles seguían vacías. Las luces seguían encendidas. Todo parecía igual que siempre. Pero después del temblor, algo en el aire se había vuelto más pesado. Como si la ciudad entera estuviera prestando atención. Volví a mirar a Elías. —Si realmente estoy atrapada aquí… Hice una pausa. —¿Qué hacemos ahora? Elías observó las calles desiertas durante unos segundos antes de responder. —Esperar. Fruncí el ceño. —¿Esperar qué? Sus ojos volvieron a los míos. —A ver qué fue lo que despertamos.
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