Miedo

937 Words
Narra el recolector El aire cambió. Siempre cambia. Es la única advertencia que existe en mi mundo. No hay campanas, no hay relojes, no hay un anuncio amable. Solo ese cambio invisible que me dice: otra alma está cayendo. Allison lo sintió también. La vi tensarse. Sus manos todavía temblaban por la muerte anterior, por el disparo, por el rojo, por la sangre que no era suya y aun así se le había quedado pegada al pecho. Yo debería haberla apartado. Debería haberla enviado de vuelta, aunque fuera a la fuerza. Pero ya no podía. Porque ella había dicho esas palabras. "Entonces moriré contigo." Y yo… yo no supe cómo desmentirla. No supe cómo obligarla a irse sin romperme. Así que me quedé. Como siempre. Recolectando. Cargando. Muriendo. Y arrastrándola conmigo. No recuerdo cuántas veces cayó. Al principio, Allison gritaba. En la primera muerte compartida su cuerpo se resistió como si aún creyera que la vida era un lugar firme. En la segunda, lloró en silencio. En la tercera… no dijo nada. Solo me miró. Con esa expresión de horror lento, como quien entiende que el dolor no es un evento… es un ciclo. Y cada vez que su cuerpo se doblaba en el suelo del plano intermedio, yo sentía algo peor que el castigo. No era el fuego. No era el disparo. No era la asfixia ajena. Era verla a ella. Allison, viva en su fragilidad, cayendo una y otra vez por mi culpa. Yo he visto morir a miles. He sostenido almas en mis manos durante siglos. He escuchado despedidas que no se pueden escribir. He visto madres abrazar el aire donde antes había un hijo. He visto amantes prometer eternidad con sangre en la boca. Y aun así… nunca me acostumbré a esto. Nunca me acostumbré a verla morir a ella. Porque Allison no es un alma más. Es un error. Una anomalía. Una criatura que no debía existir en mi plano. Y sin embargo, cada vez que muere conmigo, el plano la acepta un poco más. Como si el sufrimiento fuera una puerta. Como si el dolor la estuviera reclamando. La primera vez que la vi caer, pensé: esto la hará irse. La segunda vez pensé: esto la destruirá. La tercera vez… supe la verdad. Esto no la haría irse. Esto la haría quedarse. Y esa era la condena. No solo mía. También suya. —¿Cuántas veces…? —susurró una vez, con la voz rota, después de volver. No respondí. Porque contar sería cruel. Porque yo sí lo sabía. Yo siempre lo sé. Allison se llevó una mano al pecho, como si aún sintiera la bala. —No sé si puedo seguir… Mentira. Ella podía. Eso era lo más aterrador. Podía porque ya estaba demasiado adentro. Yo la miré. Y por primera vez quise decirle algo que jamás le he dicho a nadie. "Lo siento." Pero no salió. Porque lo siento no deshace siglos. Lo siento no devuelve la manzana. Lo siento no rompe las cadenas invisibles del Ser Superior. Así que solo dije: —No mires. Allison soltó una risa vacía. —¿Y qué hago entonces? ¿Cerrar los ojos mientras muero? No respondí. Porque esa era exactamente mi vida. Cerrar los ojos. Recolectar. Cargar. No sentir. Hasta que ella apareció. Y entonces ocurrió. El castigo final de ese día. Otra muerte. Otra alma. Otra caída. Allison se desplomó de rodillas primero. Su cuerpo tembló como si el plano estuviera arrancándole algo. Su mano buscó la mía. Yo la tomé. Siempre la tomo. Y por un segundo… pensé algo imposible. No quiero que vuelva. No porque quisiera perderla. Sino porque verla regresar significaba verla morir otra vez. Significaba repetir el ciclo. Yo prefería… el vacío. Prefería la soledad eterna. Antes que esto. Allison levantó la mirada. Sus ojos estaban apagados. —¿Esto es lo que eres? —susurró—. ¿Esto es tu eternidad? No supe responder. Porque la respuesta era demasiado simple. Sí. Esto era. Y ahora también era ella. Su cuerpo se apagó. Y el mío también. Y el plano se quebró. Y entonces… el recuerdo llegó. Como siempre. Como una cuchilla escondida. No vi sangre. No vi disparos. Vi lluvia. Una calle empedrada. Mis manos… humanas, temblando. Una voz detrás de mí. —Elías… no lo hagas. Giré. Allí estaba ella. La mujer del vals. La de la promesa. Su vestido azul estaba empapado. Su rostro lleno de miedo. —Vienen por ti —susurró. Yo tenía algo en mis manos. No era un arma. Era una carta. Un decreto. Una sentencia. —No puedo huir —dije, joven, desesperado—. Me encontraron. Ella se acercó. —Entonces ven conmigo. —No puedo arrastrarte a esto. —Ya estoy en esto desde que te amo. El mundo se detuvo. Esa frase. Ese amor. Esa condena. Entonces escuché pasos. Muchos. Y una voz que no era humana. —Elías. Mi cuerpo se congeló. Porque yo sabía… que esa voz era el principio de mi final. Y lo último que vi antes de que el recuerdo se rompiera fue su mano extendida hacia mí. —No me sueltes —dijo ella. Abrí los ojos jadeando. El plano intermedio estaba blanco. Allison aún no despertaba. Su cuerpo inmortal temblaba en silencio. Yo la miré. Y por primera vez en miles de años… sentí verdadero miedo. No por mí. Por ella. Porque en ese recuerdo… en esa voz… había una verdad que yo había olvidado. Yo no me convertí en esto por accidente. Yo fui elegido. Castigado. Arrancado. Y Allison… Allison está caminando directo hacia el mismo destino.
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