Rechazo

1693 Words
Han pasado varios días desde la última muerte compartida. No sé cuántos exactamente; aquí el tiempo no se cuenta en horas sino en finales. Cinco. Nueve. Doce almas. Todas las he recolectado solo. Allison no ha vuelto a cruzar desde aquella noche del rojo profundo, del disparo que atravesó a la pareja… y a nosotros. Debería sentir alivio. Debería agradecer que no esté muriendo conmigo. Pero cada vez que regreso al blanco absoluto y no la veo, el silencio se vuelve más pesado que el castigo. Hoy fue asfixia. Un hombre encerrado en un ascensor detenido entre pisos. Sentí cómo el aire se volvía escaso, cómo el pecho se comprimía, cómo la mente gritaba mientras el cuerpo fallaba. Treinta y dos minutos exactos de desesperación antes del último espasmo. Cuando volví, el plano estaba intacto. Blanco. Silencioso. Vacío. Sin ella. Y entonces el recuerdo llegó. Lluvia otra vez. Siempre vuelve la lluvia antes de que algo importante se revele. Esta vez no había música ni salones iluminados. Era una habitación estrecha, una ventana abierta, voces lejanas buscándome. Ella estaba sentada en el suelo, la espalda contra la pared, mirándome con una calma que dolía más que cualquier llanto. —No puedes salvarme —dijo. Yo aún era humano. Aún tenía miedo de perderla. —No me pidas que no lo intente. —No entiendes lo que estás haciendo, Elías. Mi nombre tenía peso entonces. Tenía futuro. —No me importa. Ella cerró los ojos un segundo. —Si sigues rompiendo lo que no debes… te convertirán en lo que más temes. El recuerdo se cortó ahí, como siempre. Nunca me deja ver el momento exacto en que todo cambió. Volví al plano con el pecho ardiendo, aunque ya no tengo uno que arda. Y por primera vez desde que Allison dejó de aparecer, sentí algo distinto al castigo. Inquietud. No por ella. Por el patrón. Porque los recuerdos no regresan por nostalgia. Regresan por advertencia. Decidí buscar a Brenda. No pronuncié ningún nombre. No hablé de ausencias. No confesé que el plano se siente diferente cuando está vacío. Brenda apareció sin desplazarse, como lo hacen los guardasaberes, simplemente ocupando un espacio que antes no estaba habitado. —Estás recordando más rápido —dijo sin saludo. —Sí. —Eso significa que algo se está repitiendo. No pregunté qué. Lo sabía. —El equilibrio no reacciona a pensamientos —continuó—. Reacciona a vibraciones. —¿Vibraciones? —Hay una irregularidad leve en el plano. No es una ruptura. Aún no. Pero está creciendo. Mi quietud fue mi única defensa. —¿Y qué significa eso? Brenda me observó con demasiada atención. —Significa que una emoción antigua está activándose de nuevo. —Las emociones humanas son constantes. —No hablo de humanas. Silencio. —Cuando una decisión amenaza el diseño original, el plano comienza a ajustarse solo —dijo—. La primera vez que ocurrió, un recolector dejó de ser humano. Sentí el golpe aunque no moví un músculo. —Eso fue hace siglos. —El equilibrio no mide en siglos. Mide en repeticiones. El blanco pareció tensarse apenas. —Si la vibración se completa —añadió—, el ajuste será definitivo. —¿Definitivo cómo? Brenda no respondió de inmediato. —El equilibrio no corrige con paciencia infinita —dijo—. A veces simplemente… elimina lo que desordena. No pregunté más. No mencioné nada. Brenda no sabe nada. Solo siente una alteración que aún no puede nombrar. Cuando desapareció, el silencio fue más inquietante que antes. Porque ahora sé que el plano está reaccionando. Y si el plano reacciona… es porque algo o alguien está intentando cruzar. Narra Allison No logro volver. Eso es lo que más me desespera. Desde la última muerte compartida, el plano me rechaza como si hubiera cambiado las reglas. Siento el tirón en el pecho cada noche. Ese hilo invisible que me jala hacia el blanco. Pero cuando estoy a punto de cruzar, algo me empuja de vuelta. Como si una puerta se cerrara justo antes de tocarla. No es miedo lo que me detiene. Es resistencia. Intento dormir temprano. Intento agotarme hasta el límite. Intento quedarme despierta hasta que el cuerpo se rinda solo. Nada funciona. Anoche casi lo logro. Mi habitación desapareció por un segundo. Sentí el aire volverse denso. Vi el borde del blanco. Pero algo vibró. Y me expulsó. Caí sobre mi cama con el corazón acelerado. —Déjame entrar… —susurré. No sé si le hablo a él o a algo más grande. Pero no puedo soportar esta distancia. Ahora que sé lo que significa acompañarlo, ahora que entiendo que morir con él no es metáfora sino realidad… quiero volver. No por romanticismo. Por elección. Porque si él está muriendo solo otra vez… eso también es mi decisión. Cierro los ojos y no dejo de pensar en la última vez que nos vimos. Lo mal que lo debe estar pasando atrevesando por la muerte una y otra vez el sólo. Es doloroso, quizá más que morir con él. Seguir intentando agota mis fuerzas y la idea de que el mismo plano que antes me llamaba, ahora me rechaza. ¿Será que algo está cambiando? Tengo la sensación horrible de que el plano no lo hace para protegerme, no entiendo nada, no entiendo porque antes si y ahora no, pero sé que hay algo más grande que desconozco... Esa noche terminó venciéndome el cansancio, no el físico sino el que se instala en el alma cuando uno extraña algo que no sabe nombrar. Me acomodé de lado, abrazando la almohada como si eso pudiera llenar el vacío que había dejado el plano intermedio al cerrarse para mí. Pensé en él una vez más, en la forma en que inclinaba la cabeza cuando estaba cansado, en la manera en que su voz bajaba de tono cuando hablaba de cosas que no quería admitir, y sin darme cuenta me quedé dormida con su nombre rondándome los labios. No sentí el tirón violento al que me había acostumbrado. No hubo caída ni desorientación. El sueño comenzó como algo común: una calle tranquila al atardecer, luz cálida deslizándose entre los edificios, el aire tibio moviendo apenas las hojas de los árboles. Caminaba sin prisa, sin saber hacia dónde, pero con la certeza de que no estaba sola. Y entonces lo vi. No estaba vestido con su traje impecable ni tenía esa expresión severa que suele llevar cuando recoge almas. Parecía más ligero, casi humano en su postura. Estaba sentado en un banco, mirando el horizonte como si el tiempo no lo persiguiera. Cuando levantó la vista y me vio, no hubo sorpresa en su rostro. Solo una calma que me hizo detenerme sin pensarlo. Me acerqué despacio, temiendo que si corría la escena se desvaneciera. Él me observó como si estuviera intentando memorizarme, no el rostro, sino la forma en que respiraba, la manera en que mis pasos sonaban contra el suelo. Me senté a su lado sin hablar. No hacía falta. El silencio no era incómodo. Era lleno. Como si cada cosa que no decíamos estuviera igualmente presente. —Pensé que no vendrías —dijo finalmente, con una voz más suave de la que le conocía. —Yo también lo pensé —respondí, y me sorprendió lo natural que sonó. Miré sus manos. No estaban tensas. No estaban frías. Descansaban abiertas sobre sus rodillas, como si por una vez no estuvieran sosteniendo el peso de nada. Sin pensarlo demasiado, coloqué mi mano sobre la suya. No hubo chispas ni estremecimientos exagerados. Solo una sensación profunda de encajar. Él entrelazó sus dedos con los míos despacio, como si estuviera probando algo frágil. —Aquí no muero —murmuró. Lo miré de perfil. El atardecer delineaba su rostro con una luz que no le conocía. —Aquí tampoco tengo miedo —le dije. No hablamos de castigos. No hablamos del Ser Superior. No hablamos de vibraciones ni del equilibrio. El mundo del sueño parecía existir sin esas reglas. Caminamos después sin saber quién había decidido levantarse primero. Pasamos por calles que no reconocía pero que tampoco me eran ajenas, como si pertenecieran a un recuerdo que nunca viví. En algún punto nos detuvimos frente a un lago inmóvil. Él soltó mi mano solo para tocar el agua con la punta de los dedos. Las ondas se expandieron lentamente. —No debería acostumbrarme a esto —dijo sin mirarme. —Yo tampoco —respondí. Pero ninguno se apartó. Cuando volvió a tomar mi mano, lo hizo con más firmeza, como si temiera que el sueño se rompiera en cualquier instante. Sentí algo diferente entonces. No urgencia, no desesperación. Una elección tranquila. —Si esto es un sueño —susurré—, no quiero despertar todavía. Él giró hacia mí y por primera vez en todo el tiempo que lo conozco vi en sus ojos algo que no estaba cubierto por ironía ni por cansancio. —Si es un sueño —respondió—, entonces por una vez no estamos castigados. No supe quién se inclinó primero. El contacto fue breve, suave, apenas un roce que no buscaba poseer nada, solo confirmar que el otro estaba ahí. No fue un beso que ardiera. Fue uno que descansó. El sonido del agua moviéndose se volvió más lejano. La luz comenzó a desvanecerse. —No te apartes cuando despiertes —dijo. —No lo haré. Sentí cómo su mano se aflojaba lentamente, no por voluntad, sino porque algo nos estaba separando con cuidado, como quien cierra un libro sin querer marcar la página. Desperté con la primera luz del amanecer filtrándose por la ventana. No había tirón. No había rechazo. Solo una sensación tibia en la palma de mi mano, como si todavía estuviera sosteniendo algo invisible. Me quedé inmóvil unos segundos, intentando no perder ese calor. No sabía si él también lo había soñado. No sabía si había sido solo mi mente intentando compensar la ausencia. Pero por primera vez desde que el plano dejó de llamarme, no sentí desesperación. Sentí que, incluso separados por reglas que no entendemos, hay algo que no necesita permiso para encontrarse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD