Nuestro Pacto

1517 Words
No sé si fue un sueño o una llamada. Solo sé que me desperté con el pecho apretado, como si alguien estuviera sosteniendo mi corazón con dos dedos. Abrí los ojos. El techo de mi habitación estaba ahí, igual que siempre… pero el aire no. El aire tenía un peso extraño, una humedad que no pertenecía al mundo de los vivos. Me incorporé de golpe, y cuando mis pies tocaron el suelo sentí esa misma sensación: el tirón. Como si una cuerda invisible me jalara desde el estómago. —No… —susurré, y fue inútil, porque ya estaba cayendo. El mundo se plegó, se volvió una tela que se dobla sobre sí misma, y en un parpadeo todo cambió. El plano intermedio no era oscuro como antes. Era… blanco. Un blanco sin reflejos, sin sombras, sin cielo. Como si alguien hubiera borrado la realidad con una goma gigante. El silencio era tan absoluto que dolía. Y entonces lo vi. A pocos pasos, de rodillas, con el traje elegante manchado de algo que parecía ceniza… estaba él. La muerte. Pero no era el hombre frío y burlón de mis primeros encuentros. No era el que chasqueaba los dedos y desaparecía como si nada. Este… estaba temblando. Tenía las manos clavadas en el suelo como si intentara sostenerse con uñas y huesos. Su espalda se arqueaba, y cada respiración era un golpe. —¿Qué…? —mi voz se quebró—. ¿Qué te pasa? Él no respondió. Levantó la mirada y por primera vez vi algo que no había visto nunca en sus ojos: miedo. No el miedo de un humano. El miedo de alguien que no debería temerle a nada. —No debiste venir —dijo por fin, y su voz sonó distinta… no ronca, no segura… sino gastada. Di un paso hacia él, pero el aire se puso denso, como si me advirtiera. —¡No me importa lo que “debía”! —dije, acercándome más—. Te vi… te vi arder… y ahora estás aquí… ¿qué es esto? Él apretó los dientes. —Es… mi día. —¿Tu día? Se rió sin humor, con una mueca amarga. —Mi castigo. Sentí frío. Un frío que no venía del ambiente, sino de adentro. —¿Castigo por qué? Su mirada se clavó en mí como una confesión que no quería decir. —Por ti, pequeña. La palabra “pequeña” me dolió en un lugar que no sabía que existía. —No… no me digas eso. Él cerró los ojos un segundo, como si pronunciarlo lo lastimara más. —Alguien robó una mordida del fruto. Alguien trajo inmortalidad a la tierra. —Abrió los ojos—. Y yo fui el necio que creyó que podía esconderlo. Mis rodillas se aflojaron. Me acerqué hasta quedar frente a él, y me obligué a hablar aunque la garganta se me cerrara. —¿Qué te hicieron? Su respiración se volvió irregular. Por un instante pareció debatirse entre mentirme otra vez o rendirse. Al final… se rindió. —Cada alma que recojo… la sufro. —Su voz bajó a un susurro que quemaba—. Cada muerte que levanto… la vivo. Y luego regreso. Y luego vuelvo a morir. Me quedé inmóvil. —¿Eso… eso es imposible. Tú eres… —¿La muerte? —me interrumpió, y sonrió con una tristeza cruel—. ¿Crees que ser la muerte me hace libre? No. Soy… un oficio. Un engranaje. Un perro con correa invisible. —No te creo. —Mi voz tembló—. Tú no puedes estar atado. Él se inclinó apenas hacia mí. —Estoy atado desde antes de conocerte. Mi estómago se retorció. —Entonces… la gasolina… el fuego… —mi voz se quebró—. No estabas jugando. —No. —Su mirada se endureció—. Estaba muriendo. Y tú estabas mirando. El silencio cayó como una piedra. Yo no sabía qué decir. Tenía mil preguntas y ninguna palabra parecía suficiente. Entonces el recuerdo se me clavó: la manzana. el mordisco. mi lengua tragando. mi decisión. Sentí que el mundo se inclinaba. —Yo… —tragué saliva—. Yo no escupí. Sus pupilas se dilataron apenas, como si el universo le acabara de dar la respuesta que no quería oír. —Ya me lo dijiste. —No escupí, y esa es la causa de que te pase esto—repetí, y la voz me salió rota—. Lo tragué y te condené. Él se quedó quieto. No gritó. No explotó. Solo… se quedó quieto mientras yo terminaba de entender la atrocidad que cometí. Y ese fue el castigo más grande: su silencio. Luego, despacio, se levantó. No con fuerza. Con paciencia, como si su cuerpo tuviera que recordarse a sí mismo cómo estar de pie. —Pero no logro entender ¿Por qué lo hiciste? —preguntó al fin, nuevamente desde mi confesión. No sonaba furioso. Sonaba cansado. —Porque me estaba muriendo —dije, sintiendo lágrimas calientes—. Porque me enfermé toda la vida. Porque vi a Sarah… y no podía… no podía soportar la idea de que yo también iba a irme rápido, y tú ibas a seguir… solo. Su mandíbula se tensó. —No digas eso. —¿Por qué no? —solté entre sollozos—. ¿Por qué me sigues tratando como si yo fuera una cosa temporal que puedes mirar un rato y luego dejar caer? Él dio un paso y su sombra —por primera vez— se movió como una manta sobre mí. —Porque lo eres, Allison. Mi nombre en su boca me pegó como un golpe. —Yo recojo vidas. Tú eras solo… una vida más. —¿Era? —susurré, mirándolo directo a los ojos. Él respiró hondo. Y en ese instante entendí que estaba luchando… no contra mí, sino contra algo dentro de él. —No tienes idea de lo que hiciste. —Lo sé —dije, temblando—. Pero no me arrepiento. Sus ojos se endurecieron. —Deberías. —No. —Me acerqué, aunque el miedo me gritara que no—. Porque por primera vez en mi vida… no me siento frágil. Y si eso te condena… entonces me odias, me entregas, me maldices. Pero no me mientas. No me digas que no te importa. Él cerró los ojos. Cuando los abrió… su mirada tenía dolor. Y algo más. Algo que me asustó más que el castigo. Humanidad. —Mi corazón no me permitiría entregarte —dijo, casi sin voz. Se me paró el mundo. —¿Tu… corazón? Él soltó una risa breve, amarga. —No debería existir, pero existe. Yo levanté las manos, sin pensar. Las puse en su rostro. Su piel estaba tibia. Tibia como la de un vivo. —Estás… —susurré, incapaz de terminar. —Sí. —Se inclinó un poco hacia mis manos—. Estoy tibio. Y eso… también es tu culpa. Mi garganta se cerró. —¿Me odias? Él me miró con una intensidad que quemaba. —Te odio por hacerme sentir cosas que juré no sentir jamás. —Eso no es odio —susurré. —Lo es cuando te condena. Mis dedos temblaron en su mejilla. —Entonces quédate condenado conmigo. Sus ojos se abrieron apenas. —No digas tonterías. —No son tonterías. —Tragué saliva—. Si voy a existir para siempre… no quiero existir sola, quiero tenerte conmigo. Y si fui la causa por la que recibes este horrible castigo, lo enfrentare contigo. —No puedo dejarte quedarte. —No puedes obligarme a irme. Su mandíbula se tensó. —Esto no es un juego, Allison. Yo muero. —Entonces moriré contigo. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Su mirada se afiló. —No sabes lo que dices. —Lo sé perfectamente. Di un paso más. —Ya vi cómo sufres. Ya vi cómo ardes. ¿Crees que puedo volver a mi cama y fingir que no existe? Él apretó los dientes. —No. —Entonces no me apartes. Su respiración se quebró. Y por primera vez… no desapareció. No chasqueó los dedos. No huyó. Solo se quedó. Como si quedarse fuera la decisión más peligrosa. —Esto te destruirá —susurró. —Tal vez. —Te cansarás. —Tal vez. —Un día me odiarás. Lo miré fijo. —No más de lo que me odiaría por abandonarte. Su expresión se rompió apenas. Y entonces, muy despacio, tomó mi mano. No como antes. No como un accidente. Como un pacto. —No me sueltes cuando empiece. —No lo haré. El silencio tembló. Y el aire cambió. Un olor. Un alma cercana. Él giró el rostro. —Tenemos trabajo. Mi estómago se revolvió. —¿Ahora? —Siempre es ahora. Tragué saliva. —¿Qué va a pasar? Su mirada se suavizó, triste. —Vas a aprender lo que significa acompañarme. —¿Y qué significa? Él apretó mis dedos. —Aprender a morir. Y juntos dimos el primer paso hacia la oscuridad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD