El olor llegó antes que la escena.
No era humo.
No era gasolina.
Era hierro.
Sangre fresca.
Mis dedos apretaron la mano de él con fuerza.
—No… —susurré.
Él no respondió. Solo caminó.
Siempre caminaba como si ya supiera el final de cada historia.
El plano intermedio se abrió como una herida y, en un parpadeo, estábamos allí.
Una calle.
Una noche húmeda.
Luces amarillas de faroles viejos.
Un silencio extraño, como si el mundo supiera que algo iba a romperse.
—¿Dónde estamos? —pregunté, aunque mi voz sonaba pequeña incluso para mí.
Él miró hacia un edificio de apartamentos.
—Llegamos tarde.
—¿Tarde?
No entendí… hasta que escuché el grito.
Un grito que no era de miedo.
Era de traición.
Corrimos.
Mis pies no tocaban del todo el suelo, como si el plano me empujara.
Subimos escaleras.
El aire se volvió pesado.
Y entonces…
La puerta estaba abierta.
Dentro, una sala pequeña, sencilla, con fotos enmarcadas sobre una repisa.
Dos tazas de café sobre la mesa.
Un abrigo tirado en el suelo.
Y en medio…
Ella.
Una mujer joven, de rodillas, con las manos temblando.
Sus ojos estaban fijos en el hombre frente a ella.
Un hombre que sostenía un arma.
No parecía un monstruo.
Parecía… roto.
—No lo hagas… —dijo ella, con la voz hecha pedazos—. Por favor, no lo hagas.
—Tú me lo hiciste primero —respondió él, llorando.
Yo di un paso, instintiva.
—¡Tenemos que…!
Él apretó mi mano.
—No.
—¡No puedo solo mirar!
—Allison…
—¡No puedo!
Pero ya estaba viendo.
Ya estaba sintiendo.
Ella se levantó lentamente, como si acercarse pudiera salvarlos.
—Yo te amé… —susurró—. Te amé incluso cuando eras cruel conmigo.
El hombre tembló.
—Entonces ¿por qué ibas a irte?
Silencio.
Ella bajó la mirada.
—Porque no podía más.
El arma se alzó.
Yo sentí que el aire se detenía.
—No… —dije, casi sin voz.
Él disparó.
El sonido no fue fuerte.
Fue seco.
Definitivo.
El cuerpo de ella cayó hacia atrás, como una flor arrancada.
Y en ese instante…
El hombre gritó.
No de victoria.
De horror.
Se dejó caer junto a ella, manchándose las manos con sangre.
—No… no… yo no…
Sus dedos buscaron el rostro de ella.
—Amor… mírame… por favor…
Yo estaba paralizada.
Mis ojos ardían.
—¿Esto… esto es amor? —susurré.
La muerte habló por primera vez.
Su voz era hielo cansado.
—Esto es desesperación.
El hombre levantó el arma hacia su propia cabeza.
—No puedo vivir con esto…
Yo reaccioné.
—¡NO!
Di un paso, quise correr, quise empujarlo, quise—
Pero él apretó el gatillo antes.
Su cuerpo cayó junto al de ella.
Dos vidas.
Dos silencios.
Dos almas.
El cuarto se llenó de algo invisible.
Y entonces las vi.
Dos formas saliendo lentamente, como humo.
Pero no eran oscuras.
No eran transparentes.
Eran…
rojas.
Rojo profundo, como sangre viva.
Rojo brillante, como un corazón abierto.
Me llevé la mano a la boca.
—¿Rojo? —pregunté con un hilo de voz.
Él sacó una botella.
Sus manos temblaban apenas.
—Asesinato.
—Pero él…
—La amó —me interrumpió—. Y aun así la mató.
Tragué saliva.
—Entonces el rojo no es solo maldad…
Él me miró.
—El rojo es intención.
Mis rodillas flaquearon.
—¿Y ella?
Él señaló el segundo hilo rojo, más suave, más claro.
—Amó hasta el final.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Esto es injusto…
—La vida lo es.
Él se acercó a la mujer primero.
Depositó su alma en una pequeña caja musical, una de esas que giran con una bailarina.
—¿Por qué… eso?
Él respondió bajo:
—Era su canción.
Luego tomó el alma del hombre.
El rojo era más oscuro, pesado.
Lo guardó en un anillo roto.
—Él iba a pedirle perdón mañana —susurró.
Yo sentí algo dentro de mí quebrarse.
—¿Y ahora qué?
Él cerró la botella.
—Ahora… sigue mi castigo.
Y entonces lo sentí.
Un dolor me atravesó el pecho.
Como si alguien me hubiera disparado a mí.
Caí de rodillas, jadeando.
—¿Qué…?
Él se dobló también, apretando el suelo.
Su rostro se contrajo.
—Allison…
—¿Esto… esto es lo que tú sientes?
Él no respondió.
Porque estaba muriendo.
Yo también.
El disparo.
El vacío.
El amor convertido en sangre.
Mi garganta se llenó de un grito que no era mío.
Mis ojos vieron rojo.
Y en ese último segundo antes de desvanecerme…
lo entendí.
Acompañarlo no era caminar.
Era morir.
Morir con cada alma.
Morir con él...
No sé cuánto tiempo pasó.
En el plano intermedio el tiempo no se mide como en mi mundo. No hay relojes, no hay amaneceres, no hay noches. Solo hay instantes que se repiten, como latidos que no pertenecen a nadie. De lo que si estoy segura es que no morí solo una vez, pero al final, cuando el dolor se intensificó abrí los ojos jadeando.
El blanco seguía ahí.
Pero ahora el blanco tenía grietas.
Como si el mundo también hubiera sentido la bala.
Mis manos estaban en el suelo. Temblaban.
Mi garganta ardía como si hubiera gritado durante horas.
Él estaba frente a mí, inclinado, respirando con dificultad.
Su traje seguía perfecto.
Pero su rostro…
su rostro era el de alguien que acababa de morir.
—¿Así se siente…? —susurré, incapaz de moverme.
Él no respondió.
No porque no quisiera.
Porque estaba intentando volver.
Sus dedos se cerraron sobre el vacío, como si se aferrara a algo invisible para no desaparecer.
—Dijiste… que aprendería —murmuré—. Pero no pensé que era esto.
Su voz salió como un hilo.
—Te lo advertí.
—No… —tragué saliva, sintiendo náuseas—. Me advertiste con palabras. Esto no son palabras.
Me miró entonces.
Y vi algo que no había visto nunca.
Culpa.
—No debía dejarte verlo.
—No debías dejarme quedarme —dije, y una risa amarga se me escapó—. Pero aquí estoy.
El silencio entre nosotros fue pesado.
Hasta que él habló, bajo:
—Ella no se fue en paz.
—¿Quién?
—La mujer.
Cerré los ojos, y la imagen volvió como un golpe: la sangre en el suelo, las manos del hombre temblando, el sonido seco.
—Ninguno de los dos se fue en paz —susurré.
—No.
Me incorporé lentamente, sintiendo que mi cuerpo era demasiado pesado para alguien que no estaba viva del todo.
—¿Por qué… por qué no los detuviste?
Él bajó la mirada.
—Porque no puedo.
—Pero eres la muerte.
—Soy el final, Allison. No el principio. No el cambio. No el milagro.
Me dolió escucharlo.
—Entonces… ¿solo miras?
Sus ojos se endurecieron.
—Recojo.
—Es lo mismo.
—No lo es —dijo, más brusco de lo que esperaba—. Mirar es indiferencia. Recolectar es cargar.
Mis labios se abrieron, pero no encontré respuesta.
Porque era verdad.
Él cargaba.
Ahora yo también.
Me abracé a mí misma.
—El rojo… —murmuré—. Dijiste que es intención.
Él asintió apenas.
—Hay almas que mueren sin querer. Hay almas que mueren cansadas. Hay almas que mueren en paz.
—Y hay almas que mueren… destruyendo.
—Sí.
Tragué saliva.
—¿Y qué color soy yo?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Él me miró, sorprendido.
—¿Qué?
—Si muriera ahora… ¿qué color sería mi alma?
Su expresión se tensó.
—No hables de eso.
—Pero estoy hablando de eso desde que te conocí —susurré—. Estoy hablando de muerte. Estoy caminando contigo. Estoy muriendo contigo.
Su mandíbula se apretó.
—No lo hagas más difícil.
—¿Difícil? —me reí sin humor—. ¿Esto puede ser más difícil?
Él no respondió.
Porque en ese instante…
el aire cambió.