En casa ella vivía con sus padres, un matrimonio mayor que podía pasar por sus abuelos. La familia de Amy la consideran un milagro por las circunstancias en que nació y su hermosa apariencia, sin embargo, ella nunca ha visto que su existencia sea especial solo por su belleza física, quería ser apreciada por lo que las personas no podían ver a simple vista en ella.
Finalmente llegó a su refrigerador, sacó un cartón de lecho casi a medio terminar, y su cereal favorito y se limitó a cenar con eso después de darse un baño y cambiar su ropa. Entonces decidió llamar a sus padres. Ellos eran su verdadera bendición, estuvieron triste con su partida, pero estaban felices por ella y esperaban pacientemente esa llamada cada noche.
—Amy, cariño—la dulce voz de su madre causó que se humedecieran sus ojos—. ¿Cómo estás? ¿Cómo es todo en Londres?
Ya tenía 25 años, sabía que debía ser madura y dejar de pensar tanto que extraña a sus padres, pero se volvía complicado cuando no tenía a nadie con quien hablar y era difícil para ella hacer amigos.
—Todo va de maravilla mamá.
—¿Cómo son todos contigo? Eres tan bella que no me sorprendería que tuvieras una fila larga de buenos hombres detrás de ti.
Amy miró hacia el feo piso de su apartamento y pensó en sus compañeros de trabajo, no los veía mucho, Hassel succionaba su tiempo para socializar, pero sabía que más de la mitad de los oficinistas le miraba el trasero cuando pasaba por el pasillo hacia el cuarto de impresión. Por lo menos nadie de la empresa se había lanzado sobre ella para tocarla de forma indecente.
—Las cosas son diferentes aquí mamá. Pero es mi primera semana de trabajo, todavía tengo tiempo de conocer personas. Además, eso no es lo importante, debo sobresalir aquí.
Mi madre se rió suavemente.
—Cariño, tú siempre sobresales.
Amy rodó los ojos, porque no sobresalía de la forma en que ella quisiera.
—Eso nunca ha sido positivo.
—Eres tan especial que algunas personas sentirán envidia, solo los que logren ver más allá de…
—Más allá de tu exterior podrán ver lo especial que eres. Lo sé mamá. Siempre me lo dices, pero las personas están tan ocupadas con su exterior que no tienen tiempo para eso.
—Siempre hay sus excepciones, créeme.
—¿Cómo está papá? —preguntó Amy para cambiar de tema.
—Está dormido, el restaurante lo tiene lleno de trabajo.
El padre de Amy es dueño de un pequeño restaurante de comida tradicional. Ella trabajó con su padre durante casi toda su adolescencia para ahorrar dinero e ir a la universidad.
—Dile que lo extraño también. Y que cuide de su salud.
—Bah, ese hombre no sabría vivir sin mí. No podría cuidar de sí mismo ni aunque le ofrecieras un millón de libras.
Amy se rió.
—Te amo mamá. Tengo que descansar.
—Claro mi niña. También te amo.
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—Una botella de Vermouth Tinto Yzaguirre—ordenó Tanner al mesero.
Tanner Jones es un arquitecto que estaba felizmente casado, y con un bebé en camino. Era el único amigo que los hermanos Gastrell se permitían, un hombre completamente diferente de los intereses afines de ellos, y sin embargo se entendían desde que corrían por el patio de la casa Gastrell.
—Este es un hombre de gustos finos—Mynor sonrió, acomodándose en el sofá n***o de tres plazas—. Ya necesitaba salir con alguien normal.
Hassel y Emmett ni se inmutaron por lo que dijo su hermano menor.
—¿Te refieres a alguien que no tenga un agujero en donde meterte? —Tanner movió su cabeza negativamente.
—Por increíble que te parezca, la vida no gira en torno a las mujeres—masculló Hassel a su hermano menor.
Hacía mucho tiempo que no se reunían todos en un mismo lugar para conversar como lo hacían cuando estaban más cerca de sus 20. En ese tiempo Emmett no había sido traicionado, Tanner era soltero y Hassel no sentía la constante presión de ser tan perfecto como lo fue su padre. Y aunque en esa época Mynor estaba en la universidad, prefería pasar el tiempo con sus hermanos mayores y su amigo. Pero todo cambió.
—La verdad es que sí, necesitas practicar un deporte o algo, deja a las mujeres tranquilas, Mynor—bromeó Tanner.
Mynor suspiró con una sonrisa maliciosa.
—¿Cómo pueden contenerse? Es decir, cada día encuentro mujeres más hermosas que las anteriores. Por ejemplo, la nueva secretaria de Hassel, no la he visto en persona, pero esa foto de su curriculum me dejó impactado.
Emmett y Tanner miraron a Hassel con sutil incredulidad justo cuando el mesero llegó con su botella de Wiskey, y mientras tanto, hubo un silencio rotundo entre ellos. Luego de destapar la botella y dejar los vasos el mesero se fue.
—¿Eso es cierto? —inquirió Tanner—. Creí que tenías alergia a las mujeres o algo así.
Hassel se tomó su trago de una sola vez mientras Mynor se echó a reír.
—Yo tendría alergia por estar lejos de ella. Esa mujer es como un monumento natural.
—Ella es un desastre natural—terció Hassel, sirviéndose otro trago de mala gana.
Tanner enarcó las cejas.
—La verdad me sorprende. Supe que Kenner renunció, pero supuse que buscarías otro hombre para el trabajo.
—Ya ves que no fue así—Mynor movió las cejas sugestivamente—. Mi suertudo hermano no solo obtiene una secretaria sin hacer esfuerzo, sino que prácticamente le cayó sobre las piernas la fantasía de cualquier hombre que creció enamorado del cuerpo de Barbie.
Tanner frunció el ceño.
—¿Hablas de la chica rubia y linda que las niñas aman?
—Justo eso—Mynor asintió con una sonrisa sugestiva.
—Y esta Barbie, ¿tiene nombre? —preguntó Tanner cada vez más curioso de conocer sobre la primera mujer capaz de lograr algo que muchas no.
—Amy Bread—contestó Hassel, sintiendo que la mezcla entre el sabor del Wiskey y el nombre de Amy en su boca era afrodisiaca—. No vale la pena seguir hablando de ella.
El resto de la noche transcurrió de forma amena, pero Hassel volvió temprano a casa, no dejó de sentir culpa por lo que le sucedió a Amy. Si ella fuera una chica lista podría usar eso en su contra, pero era tan inocente e ingenua que él podría seguir aprovechándose y ella jamás se quejaría por eso, y eso de repente lo enojaba porque significaba que cualquier otro hombre podría hacerlo. Durante toda la semana la vio esforzándose por encajar y hacer las cosas tan bien como esos ridículos tacones le permitieron antes de derramar el café y averiar una de las impresoras. Pensó que quizá debería bajar la presión con ella.
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Amy secó la sutil capa de sudor sobre su frente cuando finalmente llegó al piso 21 de la empresa, en donde estaba la oficina de Hassel. Se sentía cansada y le dolían los pies, pero pensó que las escaleras del servicio eran mejor que el ascensor, tenía miedo de estar dentro de los ascensores desde aquel día.
Miró su reloj de mano en un intento por ignorar la mirada de los hombres desviarse de sus ocupaciones para mirarle el trasero. Todavía quedaban 20 minutos antes de tener que llegar a su puesto de trabajo, así que aprovechó para ir hasta la cocina de empleados, tomar agua y preparar café para Hassel.
Sacó eel paquete de café de la encimera y encendió la máquina. Miró sus zapatos mientras la máquina hacía el proceso, pensó que quería quitárselos y lanzarlos por la ventana del último piso de ese edificio.
—Buenos días—la saludó una voz femenina de forma amistosa, lo que la hizo salir de sus pensamientos y girarse para encontrarse con ella—. ¿Puedo tomar de ese café? Estoy muriendo de sueño.
Era una chica joven, contemporánea a la edad de Amy. Su cabello era rizado castaño, pero lo mantenía atado en un intento de peinado formal. Era de estatura pequeña, incluso delante de Amy, y sus ojos eran verde pálido.
—Claro—contestó Amy, sonriéndole—. Puedes tomar.
Era la primera persona que no la veía suspicaz o de forma sugestiva desde que llegó a la empresa, así que quería esforzarse. No tuvo amigas en Norwich, así que debía hacerlo aquí.
—Vaya, sí que eres hermosa.
El comentario de la chica la hizo cohibirse, recordó todas esas malas experiencias que tuvo con compañeras de trabajo en su ciudad natal.
—¿Estás bien? Fue solo un cumplido. Te pareces a la Barbie cocinera de mi hermana menor.
—Lo siento, sí, lo sé. Yo solo…
De pronto su teléfono sonó en su bolso. Amy se apresuró a tomar la llamada.
—¿Se puede saber en dónde estás? —la demandante voz de Hassel siempre le daba escalofríos, pero todavía no sabía si se sentían bien o mal.
—Ah… es que yo… estoy en la cocina porque…
—Aquí, ahora—la interrumpió Hassel, y colgó la llamada de inmediato.
Amy miró la pantalla de su teléfono, de repente se sentía muy desanimada, otro día lleno de demandas de Hassel mientras volvía a pasar hambre.
—Ve, yo terminaré el café—dijo la chica, con mala cara—. El jefe es muy estricto y a nadie le gusta hacerlo enojar.
—Gracias.
Amy corrió hacia la oficina de Hassel, pero se detuvo para tocar la puerta. Luego de recibir el permiso de Hassel para entrar, abrió la puerta con mucho cuidado de no tropezarse ni hacer ruido que le molestase a su jefe. Entonces caminó hasta quedar de pie frente a su escritorio.
Hassel levantó la mirada solo un instante, pero fue suficiente para quedar estupefacto por cómo se veía ese vestido azul oscuro sobre Amy. El vestido era de tela gruesa y mangas largas, y llevaba puesta unas pantimedias negras. Su cabello estaba atado en una coleta alta y, aun así, su ondulado cabello color oro se veía largo.
—Necesito la reseña del proyecto Green para el comité de la junta directiva de hoy.
—Lo envié a su correo, señor.
—Lo necesito impreso. Haz 20 copias y llévalas al salón 16 en el piso 18.
—Sí, señor.
Cuando Amy estuvo fuera de la oficina se permitió respirar nuevamente. Por lo menos no la regañó por llegar tarde, así que se sintió un poco aliviada. Sin embargo, el alivio se acabó cuando llegó al cuarto de impresiones, en donde estaba esa máquina que dañó hace unos días y el resto de las máquinas que no tenía idea de cómo usar.
En ese momento entraron dos chicas al cuarto de impresión, Amy reconoció a una de ellas. La chica del cabello rizado, junto a otra chica de cabello n***o, corto y lizo por debajo de las orejas.
—Ricitos de oro, ¿cómo te fue con el tirano? —preguntó la chica conocida.
—Estoy bien—se limitó a contestar Amy.
—No tuvimos tiempo de presentarnos. Mi nombre es Evelyn, soy la secretaria del director financiero de la empresa. Y ella es Keith, es del departamento financiero también.
—Tú eres Amy Bread, ¿no? —preguntó Keith, mirándola como si fuera un bicho raro y exótico.
En seguida Amy volvió a sentirse cohibida, sus miradas curiosas eran casi iguales a las que recibió su primer día de trabajo en Norwich, antes de que se volvieran miradas agresivas.
—Sí—se limitó a contestar Amy de nuevo.
—No te haremos daño, cariño—aclaró Evelyn, notando por segunda vez la tensión en los hombros de Amy—. Solo queremos conocerte.
—En realidad nos causas curiosidad, nena—admitió Keith—. El señor Gastrell nunca ha tenido una mujer como asistente. Eso es extraño… muchos piensan que lo hizo porque eres realmente hermosa.
—¡Keith! —le siseó Evelyn, dándole un codazo en las costillas.
Keith le lanzó una mirada de fastidio a su amiga.
—¿Qué? Solo es curiosidad sana.
Amy sonrió, de pronto sintiendo que la tensión en sus hombros desaparecía poco a poco.
—Créanme que el señor Gastrell no me ve de esa forma, creo que ignora que soy mujer a propósito. Supongo que algo en mi curriculum le impresionó, o simplemente me tuvo lastima.
Evelyn la miró con ternura.
—Cariño, nosotras vemos cómo te mueves de aquí para allá todo el día, lo mucho que te esfuerzas y aguantas sus gritos.
Amy se sonrojó de vergüenza.
—¿Ustedes lo escuchan?
Evelyn hizo una mueca de disculpa.
—No trabajamos en este piso, pero me gusta venir a la cocina, así que sí escucho sus gritos. Solo a veces.
—¿A veces? —Keith enarcó una ceja estupefacta—. Nena, grita todo el tiempo. Es extraño que no lo haya hecho hoy.
Amy sintió nauseas de la vergüenza.
—Por eso todos me ven como una tonta.
Keith asintió en acuerdo, pero Evelyn volvió a codearla.
—Cariño, está bien. Créeme que Emmett Gastrell tampoco es un sujeto fácil, pero he aprendido a llevarlo. Con el tiempo sabrás encontrar tu equilibrio con el sr. Hassel.
—Espero que no te coma viva antes de encontrar ese equilibrio—bromeó Keith.
—Puede ser atrevido de mi parte, pero, ¿podrían ayudarme a sacar unas copias? —preguntó Amy avergonzada, pero esa vez no quería cometer otro error.
Keith asintió.
—Por supuesto, nena.
—Yo también debo sacar algunas copias para la reunión en el piso 18, ¿es para eso no? —inquirió Evelyn.
Amy asintió.
—Entonces podemos ir juntas después de terminar aquí—sugirió Evelyn.
—Me gustaría, gracias.
Cuando terminaron con las copias ambas se dirigieron hacia el ascensor, fue entonces que Amy recordó su miedo a los ascensores, sentía vergüenza, pero no podía entrar a un ascensor, sabía todo lo que le pasaba después de eso y solo atrasaría su llegada y en consecuencia las copias que Hassel le había pedido.
—Iré por las escaleras—anunció Amy rápidamente.
Evelyn la miró desconcertada.
—Cariño, son tres pisos abajo. Y tienes tacones. Es más rápido por el ascensor.
—No puedo…—susurró Amy—. En serio no puedo.
—¿Por qué no?
—Yo… suena ridículo, pero tengo Claustrofobia—dijo Amy, para no tener que decirle la verdadera razón—. Puedes ir por tu cuenta, no quiero retrasarte.
—¿Quiere decir que todos los días subes 21 pisos con esos tacones?
Amy sintió.
—Sí.
—Está bien, vamos a las escaleras.
Amy frunció el ceño mientras seguía a Evelyn hacia las escaleras de servicio.
—No tienes que venir conmigo.
—Por supuesto que no creo poder acompañarte en las mañanas a subir esos 21 pisos, odio hacer ejercicio. Pero ahora mismo no tengo problema con eso. Vamos.
Ambas bajaron las escaleras juntas, y por suerte llegaron a tiempo. La reunión se llevaría a cabo en un salón de ambiente minimalista y estético. Las paredes eran grises y había una enorme mesa blanca y rectangular con la cantidad equivalente de sillas negras para los ejecutivos que participaban, quienes ya estaban en sus lugares.