Fue inmediata la mirada de la mayoría de los hombres sobre Amy al entrar a la sala de juntas. Ella intentó ignorar sus miradas sugestivas, pero se sentía muy incómoda. Entonces Hassel la miró y de repente el miedo desapareció. Ella era consciente de que su jefe prefería no tenerla cerca, pero no podía evitar sentirse atraída, por lo menos de su físico.
Mientras no abriera esa boca gruñona, pensaba Amy.
—Señorita Bread, reparta las copias.
Amy asintió ante la orden de Hassel rápidamente y comenzó a dejarle una copia a cada hombre.
—Puede retirarse ya—ordenó Hassel tan pronto Amy dejó la última hoja.
Luego de que Amy saliera de la sala, la tensión en el cuerpo de Hassel desapareció. Ver a todos esos hombres intentar comerse a su inocente secretaria le hizo hervir la sangre de una forma que creyó no poder controlar. Sin embargo, él era el presidente de esa compañía y jamás se dejó llevar por nada parecido.
Al finalizar de la reunión, un grupo de hombres se quedó en la sala y comenzaron a hablar sobre Amy. Hassel permaneció en la sala con Emmett también, así que escuchó claramente lo que hablaban.
—¿Viste ese trasero? —mencionó uno de ellos—. Eran un par de globos redondos y perfectos.
—Si hablamos de globos perfectos tenías que mencionar sus pechos—dijo otro.
El grupo de hombres se echó a reír.
—Hice un estudio completo de la planeación financiera para el proyecto Green—dijo Emmett, sin embargo, Hassel no lo escuchó—. De acuerdo con el presupuesto, podemos avanzar sin problemas, solo hay que tener en cuenta… ¿Hassel?
Hassel despertó de sus planes mentales de ir y romperle la mandíbula a esos hombres y miró a Emmett.
—¿Qué hay que tener en cuenta? —preguntó Hassel, recordando por poco lo último que dijo su hermano.
—Has estado un poco distraído desde que comenzó la reunión. ¿Sucedió algo con mamá?
Hassel se reacomodó en su asiento cuando el grupo de hombres salió finalmente de la sala.
—No pasa nada, continúa.
—Lo conversaremos después—decidió Emmett calmadamente—. Mi secretaria te enviará un correo con la información que presenté hoy.
Hassel asintió.
—De acuerdo.
Cuando ambos se pusieron de pie, Emmett miró a Hassel con inquisición.
—¿Esto tiene qué ver con tu secretaria?
Hassel enarcó una ceja despectiva.
—¿Por qué debería ser sobre ella?
—Porque no le quitaste un ojo de encima desde que entró a la sala, y luego la corriste de inmediato. Entonces te enfureces porque un grupo de hombres mencionan lo obvio de ella, que es hermosa.
A diferencia de Mynor, Emmett era más perceptivo y conocía a Hassel casi perfectamente.
—No me importa lo que hablen de ella.
Emmett se encogió de hombros.
—Escuché de Mynor que mamá la recomendó. ¿No te ha dicho por qué?
—Además de un vago correo diciéndome que la chica tiene potencial, no. Pero sé que esa mujer a la que llamamos madre, oculta algo.
Emmett asintió, estaba de acuerdo con su hermano, sobre todo porque el rostro de Amy le parecía conocido de algún lado.
—Es eso o envió a Amy como venganza por no llamarla nunca—masculló Hassel—. La saqué de aquí porque en cualquier momento podría ocasionar otro desastre.
Emmett no dijo ningún comentario con referencia a Amy y la inusual actitud de su hermano mayor.
—¿Cómo va el negocio con el Sr. Harrison? —preguntó Emmett, cambiando de tema—. ¿Conseguiste su firma?
Pensar en el viejo Harrison le causaba jaqueca. Robert Harrison era el director general de una corporación que brindaba soluciones en Tecnologías de Información y comunicación. Sin embargo, de un momento a otro comenzó a posponer cada reunión para firmar el contrato con Gastrell Horizons. No estaban desesperados, pero esa firma era importante.
—No. Se resiste a firmar y todavía no entiendo por qué. Ni siquiera nos ha dado una explicación, tampoco se ha negado directamente.
—Me pregunto qué querrá—murmuró Emmett pensativo.
Luego de conversarlo brevemente con su hermano, Hassel decidió que el tema del señor Harrison debía cerrarlo lo antes posible. Así que volvió a su oficina.
Cuando Amy se dio cuenta de que Hassel se acercaba, se levantó rápidamente de su silla.
—Llama a Robert Harrison y dile que quiero agendar otra reunión lo antes posible con él—le ordenó Hassel, sin detenerse.
Amy asintió, ya sabía de quien se trataba Robert Harrison, lo importante que era para la empresa Gastrell y lo testarudo que había sido para firmar. Lo había estudiado de las notas que Kenner le había dejado. Tomó el teléfono fijo y marcó el número del señor Harrison que estaba anotado entre los contactos de su propia agenda.
—¿Señor Harrison? —contestó Amy tan pronto como la llamada fue atendida.
—Con él habla. ¿Con quién tengo el placer de comunicarme?
—Le habla la secretaria del señor Gastrell, de Gastrell Horizons. Le gustaría…
—¿Secretaria? —la interrumpió el señor Harrison en tono sorprendido—. ¿Quiere decir que es una mujer y es secretaria de Hassel Gastrell?
Amy frunció el ceño, confundida por la pregunta del señor Harrison.
—Sí. El señor Gastrell quiere saber si tiene tiempo para una reunión.
—Puedo hoy mismo en la noche.
Amy enarcó las cejas con sorpresa y alivio, no quería imaginarse lo que Hassel le hubiera gritado si el señor Harrison se hubiera negado. Así que se apresuró a buscar su pequeña agenda y un bolígrafo.
—¿A qué hora?
—A las 7. Ambos están invitados a cenar con mi familia. Adviértale a Hassel Gastrell que, si no acepta mi invitación a cenar, estaremos cada vez más lejos de lo que él quiere de mí.
—Sí… señor.
Robert Harrison se rió por la forma tan formal en que Amy contestó.
—Dígale que también la quiero ver a usted esta noche.
Entonces la llamada terminó.
Amy se dirigió de inmediato a la oficina de Hassel, preocupada por la forma en que debía decirle las demandas del señor Harrison.
—Dame una buena noticia—le advirtió Hassel.
—Depende de cómo usted lo vea—aclaró Amy, sintiéndose nerviosa ante la mirada escrutadora de su jefe.
Pensó que era su imaginación, pero tenía esa sensación de que cuando su mirada vagaba rápidamente por su cuerpo, había algo más que fastidio.
—Explícate de una vez, Amy.
—El señor Harrison nos invitó a cenar esta noche con su familia.
De inmediato Hassel puso mala cara.
—¿A cenar? Estos son negocios, no una reunión social.
—Pero dijo que, si se negaba, estaría más lejos de lo que usted quería.
—Maldito anciano—masculló Hassel entre dientes. Entonces reflexionó sobre algo que Amy dijo—. ¿Dijiste que quiere que tú también estes?
Amy asintió entrecortadamente. Ella no estaba muy emocionada por salir de la oficina después de lo que pasó en su primer día de trabajo.
—Eso… dijo.
—Dile que no. Ya estoy hasta el borde de sus inmadureces.
Amy se mordió el labio inferior, quería decirle algo, pero sentía que le gritaría de inmediato si se atrevía. Sin embargo, Hassel se dio cuenta.
—Habla, Amy.
—Solo pienso que debería ir. Parece que usted no pierde nada, pero en realidad sí hay que perder, si no, entonces no hubiera aguantado hasta aquí.
—¿Qué sugiere mi hábil secretaria entonces? —soltó burlesco.
Amy ignoró su tono y contestó.
—Haga esto una vez más, explíquele las razones por la cual le conviene tanto a usted como a él que firme ese contrato. Si él no se ve comprometido como usted, entonces es el señor Harrison y su empresa quienes no valen la pena. Como lo veo yo, él piensa que esta empresa no vale la pena.
Hassel se preguntó que se traía entre manos el señor Harrison, pero Amy tenía razón por primera vez, por el bien de la empresa debía bailar al ritmo de ese hombre.
—Bien, saldremos de aquí a las 6. Despeja mi agenda hasta mañana.
Amy asintió con una sonrisa emocionada por ser tomada en cuenta.
—Como ordene.
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Era la segunda vez que Amy subía al auto de Hassel, la segunda vez que permanecía tan cerca de su jefe en un espacio tan pequeño sin sentirse asfixiada. El olor de su colonia ácida armonizaba con su aura poderosa y dura, con su mirada aguda y estricta. Era difícil para Amy no sentirse intimidada cerca de él, pero a la vez luchaba contra la atracción que sentía. Ella intentaba no pensar mucho en eso, después de todo Hassel era muy atractivo, tenía la sensación de que la mitad de las mujeres que lo conocían babeaban por él y eso no era un delito.
El chofer de Hassel los llevó hasta una mansión en Hampstead, una de las zonas más adineradas de Londres. Hampstead Heath contaba con praderas, bosques, piscinas naturales, y vistas de la ciudad desde la colina Parliament Hill. Las casas eran espaciosas, tenían grandes parques, jardines y campos de golf. La mansión del señor Harrison no era la excepción.
—Harás lo que yo te diga—le ordenó Hassel a Amy mientras caminaban hacia la puerta—. No hablarás, no será necesario. Por favor, no te caigas. Y si sientes deseos de derramar algo, no lo hagas encima de Robert ni de nadie de su familia, ¿entendido?
Amy se mordió el labio inferior, quería gritarle y decirle que no tenía por qué ser tan cruel y burlesco al hablar de su torpeza. Su trabajo era ser perfecta, pero no podía evitar sentirse ofendida, sobre todo si venía de él.
—Lo que usted diga—Amy no pudo evitar contestar de mala gana cuando llegaron a la puerta.
Hassel se dio cuenta de inmediato del cambio de tono en la voz de Amy. Así que luego de tocar el timbre, se volvió hacia ella y la miró fijamente.
—¿Quieres decirme algo, Amy?
Ella lo miró con el corazón latiéndole demasiado rápido como para manejarlo en ese momento. Sobre todo, cuando Hassel de pronto comenzó a robarle su espacio personal.
—Vaya, dije que no lo creería hasta verlo con mis propios ojos—dijo el señor Harrison, cuando abrió la puerta de repente. Los miró a ambos con un deje divertido en sus ancianos ojos—. ¿Interrumpí algo?
Hassel tomó distancia prudente de Amy, ignoró el último comentario de Harrison y se obligó a sonreír cuando giró para verlo.
—Aquí me tienes, como querías.