El señor Harrison los llevó hasta la elegante sala de su casa, en donde les esperaba su esposa y nietos. De inmediato Hassel se sintió incomodo, si había algo que no soportaba era estar cerca de los niños, por lo mismo no quería una esposa y mucho menos formar una familia. Por otro lado, no pudo evitar notar la química inmediata que tuvo Amy con los nietos de Harrison, quienes no la dejaron sola desde que se sentaron en ese caro sillón blanco, sin embargo, los niños fueron llevados a tomar un baño antes de la cena.
No hablo de negocios hasta después de la cena, Gastrell, le había advertido el señor Harrison segundos antes de entrar a la sala. Por lo que la amena conversación que todos disfrutaban menos él, se le hizo muy larga.
—Cuéntanos de ti, Amy—dijo la esposa de Harrison, la señora Elena, una elegante y cariñosa mujer de cabellos blancos y ojos verdes—. ¿Naciste aquí en Londres?
Amy miró a su jefe de forma sutil, cuando este le contestó con un asentimiento, ella contestó.
—Soy de Norwich, fue ahí donde nací.
—¿Es muy diferente?
—Un poco, pero me estoy adaptando.
—¿Qué edad tienes?
—Elena, no la atosigues con tus preguntas—le advirtió Harrison a su esposa.
—Solo son preguntas inocentes.
Harrison enarcó una ceja escéptica hacia Elena.
—¿No tiene que ver con que nuestro hijo menor está soltero?
—Por supuesto que no, ¿por quién me tomas? —lanzó horrorizada, pero se volvió de nuevo hacia Amy—. Igual puedes decirme tu edad.
—Tengo 25 años—contestó Amy, rogando para que no insistiera en saber dónde vivía.
No se sentía orgullosa de vivir en una zona tan peligrosa y pobre.
—¡Eres tan joven! —exclamó Elena con emoción—. Y tan hermosa, pareces una muñeca. A mi hijo le encantarías.
Amy se limitó a sonreír tímidamente. Su sonrisa desapareció un segundo después de haber visto la mirada irritada de Hassel.
—Creí que no contratabas mujeres para asistente—comentó el señor Harrison.
Hassel miró una vez más hacia Amy.
—Ella todavía está en prueba.
Amy rodó los ojos a escondidas de Hassel, pero no dijo nada.
—¿Quién podría trabajar con semejante mujer así? —bromeó Elena—. Te distraería todo el tiempo su belleza.
—Mi hija mayor necesita una secretaria, Amy—dijo el señor Harrison, mirando a Hassel con diversión—. Si no funciona en Gastrell, siempre puedes ir a mi empresa.
Hassel carraspeó e hizo un esfuerzo por sonreír, aunque tensamente.
—Me hubieras dicho claramente que la razón por la que invitaste a Amy era porque tenías planeado robar mi personal.
Harrison y su esposa se rieron.
—No, esa no fue mi intención—aclaró Harrison—. Solo tenía curiosidad por conocer a la primera mujer capaz de conseguir ese trabajo que tú convertiste en un puesto machista.
—No se trata de eso, Harrison—terció Hassel con fingida calma—. Elijo mi personal de acuerdo a su potencial actual, no tengo tiempo de entrenar.
—Supongo entonces que la señorita Bread fue sobresaliente en todo sentido, entonces—dedujo el señor Harrison con una sonrisa inteligente—. Me hace quererla todavía más para mi empresa.
Hassel miró a Amy por un segundo, antes de responder.
—Lo lamento, Harrison, pero no pretendo dejarla ir por el momento.
Amy se sonrojó tan pronto como escuchó a Hassel, sobre todo porque todavía no le quitó esa repentina mirada posesiva de encima.
—¡Amy! —chilló una de las nietas de Harrison, Amelia, una niña de 6 años que se lanzó a los brazos de Amy tan pronto como la alcanzó—. Ya me he bañado.
—No me dejas espacio—se quejó Oliver, el otro nieto de Harrison.
Eran dos mellizos.
—Aquí hay espacio—le dijo Amy con una sonrisa cálida.
Elena y el señor Harrison sonrieron encantados mientras veían a sus nietos pelearse por la atención de Amy. Hassel quería ignorarla, pero su sonrisa era igual de hipnotizante que la figura perfecta de su cuerpo. Si fuera otra mujer, quizá podría llevarla a algún hotel y descargar toda esa tensión s****l que sentía cuando la miraba o estaban cerca, pero era su secretaria, y esa línea no la debía pasar.
Durante la cena el estómago de Amy le agradeció, sobre todo porque no había comido en todo el día.
—Oh, cielos, comes tan bien, cariño—comentó Elena alegremente.
El señor Harrison asintió de acuerdo.
—Eso es bueno, una mujer que come bien es sana.
Amy apenas sonrió. Si ellos supieran que apenas tenía tiempo de comer una comida al día, que no era suficiente.
Al finalizar la cena, el señor Harrison y Hassel subieron al despacho, en donde finalmente pudieron conversar de negocios. Entonces el señor Harrison le hizo una pregunta.
—¿Realmente eres justo con Amy?
Hassel lo miró desconcertado.
—¿Por qué ahora hablaremos de mi secretaria? ¿Tú estás…?
Harrison se echó a reír.
—Por favor, ya estoy muy viejo para estar engañando a mi esposa. Solo tengo curiosidad, parece una chica buena y comprometida.
Hassel sonrió con ironía.
—No la conoces, es un desastre en forma de mujer.
—Una mujer muy bella. ¿No te has dado cuenta?
Hassel se aflojó la corbata de forma sutil, pero en realidad necesitaba aire cuando pensaba en Amy y su cintura meneándose de acá para allá cuando le traía informes, café o cualquier recado que le pidiera.
—No estoy ciego, Harrison. Pero no me interesa eso, apenas si la puedo soportar.
El señor Harrison sonrió astutamente.
—Por supuesto. De acuerdo, firmaré el contrato el día del cumpleaños de mi hijo.
Hassel enarcó una ceja en desacuerdo.
—¿Quieres que venga a su cumpleaños? No lo creo conveniente.
—Me gustó confraternizar contigo, y para mí, conocer a mis socios en lo social y personal es importante, sé a qué atenerme. Ese es un consejo para el futuro, aun eres muy joven Hassel.
—De acuerdo—contestó Hassel, ignorando el último comentario de Harrison—. Entonces me iré.
—Espera un momento—intervino Harrison—. No olvides llevar a Amy. Mis nietos y Elena la adoran. Y quién sabe, quizá mi hijo también.
Los celos hirvieron dentro de Hassel tan rápido que no se dio cuenta.
—Amy es mi secretaria, no un payaso para la diversión de tu familia, Harrison.
—Yo nunca dije eso—terció Harrison—. Es una buena chica que me causó una gran impresión desde que la escuché por teléfono. E invitarla no está demás. Después de esta noche, pienso que es grosero no invitarla.
—No veo por qué.
—Está bien, piénsalo y lo sabré el día de la fiesta.
.
.
.
Desde casi siempre, Amy fue una chica muy sencilla para vestir, y no necesitaba de mucho maquillaje o accesorios para verse hermosa, así que se sintió aliviada de que aquello fuera un punto menos del cual preocuparse cuando Hassel le recordó que debía ir con él al aniversario de la empresa de Amelia Spencer, o la bruja, como Amy la llamaba.
Amy Decidió usar un sencillo y minimalista vestido rojo que le llegaba hasta las rodillas, con un par de tacones plateados que solo usaba en ocasiones importantes. Dejó su cabello suelto y se colocó un broche de perlas para adornarlo. Se miró en el espejo y deseó que hubiera una forma para escaparse de la responsabilidad de ir a esa fiesta.
Cuando recibió un mensaje de Hassel avisándole que la vería en el hotel donde se llevaría a cabo el evento, Amy suspiró. Por suerte pudo convencerlo de que no la fuera a buscar a su apartamento. Pidió un taxi y este la dejó en el hotel unos 10 minutos más tarde.
Mientras trabajó en Norwich, nunca fue necesaria su presencia en eventos como esos, así que se sentía extraña y fuera de lugar. Las sensaciones incomodas se volvieron todavía más molestas cuando entró al salón de la fiesta y la mirada de casi todos los hombres se posó sobre ella. Hizo todo lo posible por encontrar a Hassel rápidamente, con él se sentía segura, sobre todo porque parecía que los demás le temían.
—¿La puedo ayudar a encontrar su camino? —preguntó un hombre que se metió en su camino—. Parece perdida.
Amy lo observó con suspicacia, pero no hizo ninguna expresión que la delatara. Era casi tan alto como Hassel, era rubio de ojos marrones y usaba un elegante traje n***o que parecía muy caro.
—Mis disculpas, no le he dicho mi nombre. Me llamo Jack Spencer.
En seguida Amy asoció el apellido con el de Amelia. Se preguntó si eran parientes, aunque no se parecían mucho.
—Estoy buscando a mi jefe—le explicó Amy.
En la mirada sugestiva de Jack brilló el interés.
—¿Para qué compañía trabajas?
—Uhmm…
—Amy, podrías por lo menos avisarme que llegaste—la voz de Hassel la hizo sentirse más tranquila, aunque este se escuchara molesto.
Amy lo miró, haciendo todo lo posible por no derretirse. Se preguntó una vez más cómo podía ser tan atractivo. Llevaba un traje verde olivo que combinaba con sus ojos, una camisa blanca y corbata marrón oscuro. Llevaba gel en su cabello perfectamente peinado.
—Lo siento, no lo encontraba.
—¿Para qué sirve tu teléfono, Amy? —la regañó Hassel, en un estricto tono paternal.
—Lo siento.
—Cálmate Gastrell, no ha hecho algo tan malo—intervino Jack.
Hassel lo miró con aspereza. Sabía perfectamente porque irrumpió de esa forma, en la mirada de Jack Spencer pudo ver el deseo por Amy, una mujer que le pertenecía. Hassel no quería pensar en esa fuerte sensación posesiva que aparecía cuando veía a Amy cerca de otros hombres, pero era difícil luchar contra eso cuando ella vestía como si fuera el premio de la noche para los invitados.