Abby cerró la puerta del baño con manos temblorosas, apoyando la espalda contra la madera fría como si de repente necesitara un refugio. Sus rodillas le flaquearon y tuvo que sujetarse al lavabo para no deslizarse hasta el suelo. El espejo frente a ella le devolvía un reflejo que apenas reconocía: mejillas encendidas, labios aún húmedos, ojos desorbitados que brillaban con una mezcla imposible de nombrar.
No entendía lo que acababa de pasar. No entendía cómo había permitido que él… que Evan MacGregor, el maldito nuevo CEO arrogante, la hubiera tocado de esa manera o la hubiera instigado a hacer...eso. Ni mucho menos, por qué no lo había frenado. Debería sentirse indignada, traicionada, ultrajada, sucia. Pero lo que sentía no era nada de eso.
Se sentía… especial.
Una palabra ridícula, infantil, que detestaba siquiera pensar. Y sin embargo, era la única que encontraba para describir esa electricidad que todavía corría por su piel. Como si, al posar su mirada y sus manos sobre ella, la hubiera arrancado del anonimato en el que siempre había vivido dentro y fuera de la empresa. Como si, por un instante, hubiese importado. Cómo si por un instante no hubiera sido el patito feo de la familia comparada con la perfección genética de sus hermanos, la chica gorda de cabello enrulado.
―Eres una idiota ―se reprochó en voz baja, dejando escapar una risa amarga que sonó más a sollozo.
Debería odiarlo por lo que sucedió. Por el descaro con el que la había atrapado entre su escritorio y su cuerpo. Por haber jugado con ella como si fuera un simple pasatiempo. Pero no podía. No cuando su propio cuerpo había reaccionado de una forma tan humillante, tan traicionera.
Se la había chupado...Y luego había permitido que él la tocara de forma íntima...hasta que había acabado.
De forma muy húmeda delante de él, de hecho había mojado su reluciente zapato de diseñador pero él no se molestó por el contrario, se había metido el dedo de forma erótica entre sus labios para chuparlo y le había dicho "delicioso".
El simple recuerdo le provocó un escalofrío que la hizo apretar los muslos con fuerza. Lo odiaba por haber despertado eso en ella. Lo odiaba porque, aun sabiendo que no era más que un juego para él, una provocación vacía, había huido fuera de esa oficina con las piernas temblorosas y la respiración entrecortada como una colegiala que se estrenaba en el amor prohibido.
Se inclinó sobre el lavabo y abrió el grifo, dejando correr el agua helada. Se empapó las manos y después se llevó un poco al rostro. La frescura no alcanzó a calmar la quemazón que sentía bajo la piel, ese ardor secreto que parecía haberse quedado impregnado en cada fibra de su ser.
Entró al cubículo para orinar y mientras lo hacía, voces femeninas se colaron en el baño. Abby contuvo el aliento, petrificada, escuchando.
―¿La viste? ―dijo una, con un tono cargado de burla y lástima a la vez.
―Claro que la vi. Salió de la oficina del jefe como si hubiera visto un fantasma. Pálida, despeinada… y con esa cara.
―Pobre ilusa. Seguro cree que tiene alguna oportunidad con él.
Abby cerró los ojos con fuerza, deseando no oír más.
―Con Evan MacGregor. ¿Te imaginás? ―rió la primera―. Ese hombre no la tocaría ni con un palo.
―Exacto. Él solo juega con las que son de su nivel, con las que brillan. Ella… bueno, ya sabemos que está fuera de su liga.
La carcajada de ambas resonó en las paredes de cerámica blanca, cortándole el aire.
Por un segundo, Abby pensó en quedarse escondida hasta que se fueran. Fingir que nunca había escuchado, que esas palabras no se habían grabado a fuego en su pecho. Pero algo dentro de ella, quizá el mismo orgullo que había intentado sostener durante años en esa empresa, le impidió rendirse a esa humillación silenciosa.
Carraspeó con fuerza.
Las voces callaron al instante.
Abby abrió la puerta del cubículo y caminó hasta el espejo, ignorando las dos siluetas que la observaban boquiabiertas desde el costado. Sus manos temblaban, pero se obligó a moverse con dignidad. Abrió el grifo, se lavó otra vez el rostro y lo secó con una toalla de papel.
No dijo nada. Ni una palabra.
El silencio era su venganza.
Se enderezó, respiró hondo y caminó hacia la salida sin mirarlas siquiera. No iba a darles el espectáculo de verla derrumbarse.
En el pasillo, sus pasos resonaban como un eco hueco que acompañaba el torbellino de pensamientos dentro de su cabeza. Cada palabra que habían dicho seguía retumbando: “Evan no la tocaría ni con un palo”. La ironía de aquello le arrancó una sonrisa amarga. Si supieran… Si hubieran visto lo que había pasado entre ambos, lo que él acababa de hacerle, si hubieran sentido sus manos recorriéndola con esa seguridad arrolladora, entonces no dudarían de que sí la había tocado.
El problema era que no lo había hecho porque ella fuera especial. No lo había hecho porque la deseara de verdad. Lo había hecho porque podía. Porque tenía el poder y porque ella, estúpidamente, no se había resistido a él.
Esa verdad le cayó como un balde de agua helada.
Cuando llegó a su oficina, cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la silla. Tenía la respiración agitada otra vez, y las lágrimas presionaban tras sus párpados, ansiosas por salir. Pero se negó. No iba a llorar por él. No iba a derramar una sola lágrima por Evan MacGregor.
Sacó un paquete de pañuelos de papel de su bolso y se limpió el rostro, tratando de borrar cualquier rastro de lo sucedido. Debía recomponerse, debía volver a ser la Abby trabajadora, la que no llamaba la atención de nadie, la que hacía su trabajo en silencio. La otra Abby, la que había temblado bajo sus caricias, debía quedar enterrada allí mismo.
Pero mientras acomodaba unos papeles al azar sobre su escritorio, se dio cuenta de que era imposible.
Podía engañar a las empleadas del baño, podía fingir que no había pasado nada, podía repetirse que todo había sido un error. Pero no podía engañar a su propio cuerpo. No podía negar el recuerdo ardiente de lo que él había hecho y de lo que había provocado en ella.
Y eso la aterraba.
Porque por más que quisiera odiarlo, por más que supiera que debía despreciarlo, había una parte de ella que, en lo más profundo, anhelaba volver a sentirlo.
Una parte de ella que, a pesar de todo, se sentía más viva que nunca.
Y esa era la peor traición de todas.