Capítulo 3. Su pertenencia

1021 Words
La oficina estaba en penumbras, apenas iluminada por la lámpara de escritorio que Abby había dejado encendida. Desde lo sucedido en la mañana había evitado cruzarse con él, refugiándose entre papeles, balances y cuentas que no terminaban de cuadrar. El corazón le latía con violencia cada vez que pensaba en la llegada de Evan MacGregor, ese hombre que en cuestión de días había pasado de ser un recuerdo lejano de los almuerzos con su padre, a convertirse en el dueño absoluto de todo lo que alguna vez fue de su familia. Y esa tarde, la puerta se abrió con un giro firme de la manija. Abby contuvo la respiración. Evan entró como si el lugar le perteneciera —porque, de hecho, le pertenecía—, caminando con paso seguro. Llevaba pantalón de vestir, camisa blanca con las mangas arremangadas y la corbata floja alrededor del cuello. Su sola presencia llenaba la oficina, haciendo que el aire pareciera más espeso. —Señorita Conelly —dijo con su voz grave, formal como si no hubiera pasado nada entre ellos por la mañana, mientras cerraba la puerta tras él—. ¿Cómo están los balances? La joven tragó saliva. Tenía los papeles frente a ella, pero apenas podía ver las cifras. Sus ojos, sin querer, se alzaron hacia él. Evan se acercó hasta colocarse a su lado, tan cerca que pudo aspirar el leve aroma de su colonia, mezcla de madera y especias. Ella bajó la vista, intentando recomponerse, pero en ese gesto su mirada se desvió sin querer hacia un costado. Ahí estaba, marcado en la tela de su pantalón, el relieve de su dureza, provocador y evidente. El calor le subió de golpe al rostro. Evan notó su mirada. Una leve sonrisa, apenas una sombra en sus labios, apareció. Sin decir nada, extendió su mano, tomó la de Abby con firmeza y la guió hacia su v***a. Ella quedó paralizada, con la palma temblorosa sobre el bulto que lo delataba. —Cuando te sonrojas así… —murmuró con voz ronca, inclinándose hacia su oído— eres sencillamente adorable. La vergüenza y la excitación la envolvieron al mismo tiempo. Sus dedos se crisparon por instinto, sintiendo la presión y la forma bajo la tela. Evan liberó un jadeo bajo, satisfecho de su reacción. Con calma, llevó su propia mano hasta la bragueta y la abrió, dejando que su erección saliera a la luz, dura, palpitante, ansiosa. Sus ojos azules se clavaron en los de ella, intensos, dominantes, pero también encendidos de deseo. —Quiero sentir tu boca de nuevo —ordenó en un susurro. El cuerpo de Abby respondió antes que su mente. Con el corazón desbocado, se inclinó despacio, acercando sus labios a la longitud que la esperaba. Cuando lo envolvió con el calor húmedo de su boca, Evan soltó un gruñido grave, enredando los dedos en su cabello, guiándola con ritmo firme. El silencio de la oficina se llenó de sonidos húmedos, de la respiración agitada de ella, del jadeo contenido de él. Abby se aferró al trasero de él mientras él se cogía su boca, dejándose llevar por la intensidad del momento, sabiendo que todo aquello era una locura y, sin embargo, sin encontrar la fuerza para detenerlo. De pronto, Evan la sostuvo por los brazos con fuerza y la obligó a incorporarse. Su mirada ardía de deseo contenido. —No pienso esperar más —murmuró, y en un solo movimiento la levantó, colocándola sentada sobre el escritorio. Los papeles y balances cayeron al suelo, olvidados, mientras él se interponía entre sus piernas, separándolas con un gesto decidido. Abby gimió suavemente, atrapada entre el miedo, la adrenalina y un deseo creciente que le quemaba la piel. Evan la besó con brutal ternura, mordiendo sus labios, explorándola con la lengua, hasta dejarla sin aire. Sus manos recorrieron su cintura, su blusa, hasta alzarla lo suficiente para desabotonar y abrir camino. —Dime que me detenga, si no quieres —susurró contra su boca, con la voz ronca, casi quebrada por la necesidad. Ella lo miró, con las mejillas encendidas, los ojos brillantes y la respiración entrecortada. No dijo nada. Solo alzó ligeramente la cadera, un gesto silencioso, inequívoco. Evan maldijo por lo bajo, ardiendo de deseo. Con un movimiento preciso se deshizo de la ropa que los separaba, y en un instante la penetró con fuerza, arrancándole un gemido ahogado. Abby se aferró a sus hombros, sus uñas marcando su piel a través de la camisa, mientras él comenzaba a moverse con un ritmo intenso, profundo, que la hacía arquearse contra él. El escritorio crujía bajo sus embestidas, los papeles olvidados volaban por el suelo, pero nada importaba. Solo existía el choque de sus cuerpos, la respiración entrecortada, el gemido de ella y los gruñidos roncos de él. —Mírame —ordenó Evan, tomándola del mentón para obligarla a mirarlo a los ojos mientras la poseía—. Quiero ver tu cara cuando te vengas. Abby obedeció, perdida en la intensidad de ese azul ardiente que parecía devorarla. Cada movimiento la llevaba más cerca del borde, más lejos de cualquier control. El placer la consumía, la atravesaba como un relámpago. Los huevos de él chocaban en su entrepierna haciendo un sonido sordo, podía sentir cada estocada cada vez más profunda, más honda. Una sensación se arremolinó en su bajo vientre y hundió sus uñas más fuerte en sus brazos musculosos cuando finalmente alcanzó el clímax, se arqueó con un grito ahogado, estremeciéndose bajo él. Evan la siguió poco después, descargando su leche dentro de ella con un rugido grave que resonó en la oficina vacía. El silencio volvió poco a poco, roto solo por sus respiraciones agitadas. Evan permaneció un instante apoyado sobre ella, con el rostro hundido en su cuello, saboreando su piel, el pulso acelerado, el calor que aún vibraba entre ambos. Luego la miró de nuevo, con esa sonrisa peligrosa que combinaba poder, deseo y un dejo de ternura que Abby no esperaba. —Ahora entiende —dijo suavemente, acariciándole el rostro con los nudillos—. Esta empresa ya no es lo único que me pertenece.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD