Capítulo 5. La primera noche

1209 Words
El portón de hierro se cerró tras ellos con un chirrido metálico que a Abby le sonó como la sentencia final de un juicio que jamás había pedido. El auto avanzó por el largo camino de grava que conducía a la mansión MacGregor, un edificio de piedra que imponía respeto y miedo al mismo tiempo. Era majestuoso, frío, perfectamente calculado para intimidar. Evan descendió primero, como si la casa le rindiera pleitesía, y luego esperó a que ella saliera. Abby lo hizo con movimientos rígidos, sujetando con fuerza el bolso contra su cuerpo, como si esa pertenencia mínima fuera lo único que aún le daba cierta seguridad. —Bienvenida a tu nuevo hogar, Abigail —dijo él con una sonrisa ladeada, más peligrosa que amable. Ella alzó la barbilla, rehusándose a mostrar fragilidad a pesar de todo, aunque por dentro las piernas le temblaban. “No es mi hogar. Solo lo será hasta que te aburras de mí”, pensó, pero no se atrevió a decirlo en voz alta. Adentro, la mansión era aún más imponente. Mármol blanco en los pisos, techos altísimos adornados con arañas de cristal, y un silencio absoluto que parecía absorber hasta el sonido de sus propios pasos. Abby se sintió pequeña, fuera de lugar, como una intrusa en un mundo que estaba bajo el control absoluto de Evan. Él caminaba unos pasos delante, sin mirar atrás, como si supiera que ella lo seguiría. Y tenía razón. Cuando llegaron al comedor, Abby se quedó sin aire. La mesa era larga, preparada solo para dos, iluminada con velas y con un despliegue de comida que parecía exagerado para una cena privada. —Siéntate —ordenó Evan, señalando la silla frente a él. Abby obedeció, mordiéndose el labio con frustración. Él se acomodó en la cabecera, como un rey en su trono. Durante unos segundos, no hubo más que silencio, roto únicamente por el sonido del vino sirviéndose en su copa. —¿Sabes qué es lo que más me gusta de todo esto? —preguntó él de pronto, con esa calma que siempre escondía algo más oscuro. —No tengo idea —respondió Abby, sin poder ocultar el temblor en su voz. Evan inclinó la cabeza, divertido. —Que la vida tiene un extraño sentido del humor. Tu padre me tendió la mano cuando no era nadie… y después me la arrebató. Me echó de su empresa, como si fuera basura. —Sus ojos brillaron con un destello de ira contenida—. Ahora yo soy el dueño de todo lo que alguna vez fue suyo. Incluyéndote a ti. Abby apretó los puños bajo la mesa. El golpe de esa frase fue brutal, pero no quería darle el gusto de verla derrumbarse. Ya no estaba siendo tan excitante como en la empresa, esto era diferente, era en la casa de él. Era real. Y allí estaba completamente a su merced. Si gritaba nadie la auxiliaría, él podría literalmente hacer lo que quisiera con ella y nadie la iría a ayudar. Ella se había taxativamente convertido en una muñeca de carne para él, para que le hiciera lo que le viniera en gana.. Y eso...la llenaba de una mezcla extraña de sentimientos. La piel de su cuerpo se erizó por el miedo...y el deseo. —No soy parte de tus adquisiciones —replicó, por primera vez con cierto desafío en su voz. Evan sonrió, despacio, con esa peligrosa calma que helaba la sangre. —Ya lo veremos. Sirvió un trozo de carne en su plato y comenzó a cortar el suyo con absoluta tranquilidad. Abby, en cambio, apenas podía tragar saliva. Tomó el tenedor, dispuesta a empezar, pero Evan levantó la mano. —No. —Su voz fue firme, inapelable—. Esta noche quiero que me alimentes. Ella lo miró con incredulidad. —¿Qué? —Quiero que me des de comer en la boca. El silencio se volvió espeso, cargado de electricidad. Abby sintió que el aire se le atascaba en la garganta. Aquello no era una petición: era una orden, un acto de dominio calculado para humillarla. —Eso es ridículo —susurró, intentando aferrarse a un hilo de cordura. Evan dejó el cuchillo y el tenedor a un lado, recostándose en la silla con una lentitud deliberada. —Entonces considera esto una prueba. Una demostración de que entiendes tu lugar aquí. O lo haces, o… las cosas se volverán mucho más difíciles para ti. Aparte, has hecho otra clase de cosas sin protesta alguna ¿no? Abby sintió cómo la rabia, el miedo y el deseo se mezclaban en su pecho. Odiaba ese juego, odiaba la forma en que él la obligaba a someterse. Pero también sabía que Evan no hablaba en vano. No quería averiguar a qué se refería con “más difíciles”. Con la respiración temblorosa, pinchó un trozo de carne con el tenedor y lo levantó hacia él. Evan no apartó la vista de sus ojos, sosteniéndolos con una intensidad que la hizo estremecer. Se inclinó hacia adelante y, sin dejar de mirarla, cerró los labios alrededor del bocado. El gesto, tan simple, se volvió íntimo de una forma perturbadora. Abby sintió calor subirle a las mejillas, una vergüenza mezclada con algo que no quería reconocer pero palpitaba de forma dolorosa entre sus piernas. —Muy bien —murmuró Evan tras masticar—. No es tan difícil, ¿verdad? Ella no respondió. Siguió alimentándolo, trozo por trozo, mientras él disfrutaba del espectáculo de su humillación. Cada vez que sus dedos rozaban, aunque fuera mínimamente, los labios de Evan, un escalofrío extraño recorría la piel de Abby. Quería creer que era solo rechazo por su humillación… pero sabía que había algo más. Profundo, oscuro, retorcido. Cuando por fin él tomó la copa de vino y bebió, Abby dejó escapar un suspiro entrecortado, como si hubiera corrido una maratón. —Mírame —ordenó Evan de pronto. Ella levantó los ojos, atrapada en esa mirada azul oscura helada que la desnudaba por dentro. —Eres orgullosa, Abigail. Te criaste creyendo que este mundo te pertenecía. —Se inclinó hacia ella, la voz baja, seductora y cruel—. Pero ahora todo es mío. Y yo decido cómo y cuándo lo compartes conmigo. El corazón de Abby latía con fuerza dolorosa. Lo odiaba. Lo odiaba por arrebatarle todo, por jugar con su mente, por hacerla sentir tan vulnerable… y lo odiaba aún más porque, en algún lugar profundo, algo en su interior respondía a ese poder con un temblor que no tenía nada que ver con el miedo. Porque tenía ese extraño poder que iba más allá del miedo, era como el flautista tocando y ella bailando al son de su melodía por mucho que intentara resistirse...no quería ni podía. Evan lo supo. Lo vio en sus ojos, en la forma en que se le aceleraba la respiración. Y sonrió, satisfecho, como un cazador que sabe que su presa está acorralada y a su merced. —Esta es tu primera noche aquí, Abby —dijo con suavidad, pero con un filo invisible en cada palabra—. Más vale que aprendas rápido. Ella apartó la mirada, intentando recuperar el control de sí misma. Pero sabía que esa batalla recién comenzaba.
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