El vapor de la ducha se enroscaba en el aire como una cortina de niebla, ocultando la inmensidad de la habitación y el tamaño de la mansión que parecía tragarlos a ambos. Abby tenía la esponja en la mano, los dedos temblorosos, conscientes del poder que Evan ejercía sobre ella. Él estaba allí, frente a ella, imponente, sus músculos mojados reflejando la luz difusa. Siempre lo había admirado desde lejos, imposible, intocable… y ahora lo tenía cerca, dominando cada centímetro de su espacio.
—Hazlo —dijo él, con esa voz grave y calma que parecía mandarlo todo—. Quiero que me bañes.
Abby tragó saliva, pero en lugar de temer, una chispa distinta le recorrió el cuerpo. Miedo, sí. Vergüenza, también. Pero un deseo innegable, una parte de ella que siempre había existido, ahora se encendía sin que pudiera apagarla.
Sostuvo la esponja con cuidado y comenzó a recorrer su torso, frotando lentamente. Evan no dijo nada, solo la observaba. Cada roce de su piel contra la de él la hacía estremecer, una mezcla de vergüenza y excitación que la hacía sentir viva de un modo que jamás había sentido. Sabía que lo deseaba, y eso la enfurecía. Siempre había sido imposible, y ahora era real, y en realidad… le gustaba.
—Más despacio —susurró él, apenas arqueando una ceja—. Quiero disfrutar cada segundo.
Ella asintió, consciente de que ya no estaba en posición de discutir. No quejarse, obedecer, sí… pero también había algo más: una aceptación silenciosa de que quería estar allí, aunque su mente le dijera que no debía.
Pasó la esponja por sus hombros, bajó hacia el abdomen, y allí, donde la tensión de su cuerpo se hacía evidente, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Evan se estremeció bajo su toque, y Abby cerró los ojos, consciente de que cada reacción de él encendía la suya propia. No era solo miedo o humillación. Era deseo, confuso, innegable, doloroso y excitante a la vez.
—Bien —murmuró él, inclinándose hacia ella—. Estás haciendo un buen trabajo.
La frase le hizo un nudo en la garganta. Estaba siendo observada, evaluada, y aun así, no podía apartar los ojos de él. Su orgullo femenino y su vulnerabilidad chocaban en su interior. Quiso odiarlo, gritarle que se bañara él solo, que se fuera al domonio… y al mismo tiempo, sentía una corriente eléctrica recorrerla al saber que siempre había deseado esto, aunque jamás lo iría a admitir frente a él.
Evan la tomó por la muñeca y la acercó más, empujándola suavemente contra los azulejos fríos de la ducha. El contraste entre la frialdad de la cerámica y el calor de su cuerpo la hizo jadear. Él la sostuvo con firmeza, marcando territorio con cada gesto, con cada mirada.
—Ahora vas a entender lo que significa estar conmigo —dijo, con esa mezcla de posesión y deseo que la envolvía por completo—. Vas a aprender tu lugar.
Abby lo miró, tragando saliva. Sus lágrimas comenzaron a mezclarse con el agua de la ducha. Pero esta vez no eran solo de humillación. Eran lágrimas de una rendición que no había planeado, una aceptación de algo que siempre había estado ahí: su deseo de él, su necesidad de ser reconocida y marcada por él.
Cuando Evan la acercó más, sus manos sobre sus caderas, ella dejó de resistirse. Sintió la dureza de su cuerpo contra el suyo y un escalofrío recorrió su espina dorsal. No podía negar lo que sentía, no podía apartar la mirada de esos ojos que la habían observado desde siempre, que la habían hecho sentir insignificante y, a la vez, deseada como nunca nadie lo había hecho.
—¿Lo entiendes, Abby? —preguntó él, sin soltarla—. Este cuerpo es mío. Solo mío.
Ella asintió, tragando saliva, consciente de que esa afirmación no solo era suya, sino también de él. Y, en su interior, aunque odiaba sentirlo, lo aceptaba. Siempre lo había deseado en secreto. Siempre había sido imposible. Y ahora era real, y estaba consintiendo su posesión.
El agua continuaba cayendo sobre ellos, arrastrando el vapor y el calor de sus cuerpos entrelazados. Abby, temblando, tomó un momento para mirarlo a los ojos, y en ese instante comprendió que no había escape de esa intensidad. Quería resistirse, pero su cuerpo gritaba lo contrario. Su corazón latía con fuerza, su respiración era irregular, y la mezcla de miedo, excitación y entrega la hacía llorar sin control.
—S… si —susurró ella, incapaz de contenerse, mientras él ya había bajado su ropa inerior y tentaba la entrada con la punta de su v***a.
Evan sonrió con satisfacción. Esa mezcla de vulnerabilidad y deseo la hacía aún más suya. La sostuvo contra él, rozando sus labios apenas con los de ella, y la dejó sentir cada centímetro de su poder y dominio cuando la penetró con una embestida honda. No había coerción física; había control, sí, pero también aceptación implícita de Abby, que por primera vez en su vida comprendía que deseaba ser marcada, deseaba que él se fijara en ella de esa manera, intensa y absoluta.
Comenzó a bombear dentro y fuera de ella, arrancó su camisa y metió uno de sus senos en su boca y comenzó a morder uno de sus pezones mientras ella enterraba las manos en su cabello mojado, ya sin resistir, solo gimiendo de placer mientras él la seguía penetrando contra los azulejos del baño. Ël aumentó el ritmo y cuando ella sintió que no podía más y tuvo uno de los orgasmos más explosivos de su vida, él derramó su leche dentro de ella.
Cuando dejaron de temblar, Evan la sostuvo un momento más por las caderas, le acarició la mejilla, y luego se apartó lentamente.
—Estás haciendo un buen trabajo, Abby. Eres una buena niña —dijo, su voz cargada de esa combinación de orgullo y posesión que la hizo estremecer de nuevo.
Abby se dejó caer contra los azulejos, jadeando, las lágrimas mezclándose con el agua que caía sobre ella. Por primera vez, lloraba no solo por humillación o miedo, sino porque la intensidad de lo que sentía era demasiado grande para contenerla. Lo deseaba. Lo quería. Y lo aceptaba. Sabía que estaba atrapada en esa situación, pero también comprendía que, de algún modo, quería estarlo.
—Puedes terminar de bañarte sola —murmuró Evan, secándose lentamente—. Yo me encargaré de mí mismo ahora.
Ella cerró los ojos, respirando hondo, intentando organizar los pensamientos que no podía. No había enojo puro, ni miedo absoluto. Había mezcla, caos: deseo, entrega, rechazo, excitación. Todo al mismo tiempo. Y, lo más aterrador, era que le gustaba. Le gustaba estar allí, con él, sintiendo su posesión, reconociendo finalmente que siempre había deseado esto, aunque jamás se atrevió a imaginarlo.
Y en ese baño lleno de vapor y luz difusa, mientras el agua continuaba cayendo sobre sus cuerpos, Abby entendió que su vida ya no sería la misma. No podía escapar de lo que sentía, no quería. La posesión de Evan no era solo suya; ahora también era de ella. Y aunque su corazón gritara que debía odiarlo, su cuerpo y su mente la traicionaban con cada latido, con cada lágrima, con cada respiro.
Por primera vez, Abby aceptó conscientemente que pertenecía a él.