Amaranta avanzó por la calle con la cabeza gacha, sujetando con fuerza la mano de Emily. Cada paso se sentía como una losa de concreto atada a sus pies. Había perdido todo. Su casa, su estabilidad, incluso los recuerdos materiales que le quedaban de sus padres.
Pero tenía a Emily.
Cuando llegó al edificio, miró la dirección en el papel arrugado que llevaba en el bolsillo. Subió las escaleras lentamente y abrió la puerta del apartamento con manos temblorosas.
El impacto la dejó sin aliento.
La sala estaba vacía.
Las paredes desnudas, sin cuadros, sin color. No había un sofá, una mesa, ni siquiera una lámpara. Solo el eco de su propia respiración llenaba el espacio.
El nudo en su garganta se hizo insoportable.
—Ares… —susurró con amargura—. No solo me echaste de tu vida… también te aseguraste de que no tuviera nada.
Emily entró detrás de ella y miró alrededor con los ojos abiertos de par en par.
—No hay camas —dijo en su voz dulce y pausada—. No hay sillitas.
Amaranta sintió cómo la desesperanza la golpeaba en el pecho. Se dejó caer en el suelo, sin fuerzas. Emily se acercó y se sentó a su lado, apoyando la cabeza en sus piernas.
La niña suspiró, abrazándose a sí misma.
—Estoy cansada, Mara…
Amaranta acarició su cabello con suavidad.
—Lo sé, mi amor.
Emily ladeó la cabeza y la miró con sus grandes ojos llenos de ternura.
—¿Tú también estás triste?
Amaranta tragó saliva.
—Sí.
—¿Mucho?
Ella sonrió con tristeza.
—Mucho.
Emily tomó su mano y la envolvió entre las suyas, apretándola con fuerza.
—Cuando yo estoy triste… me haces cosquillas y me cantas.
Amaranta cerró los ojos con dolor. La inocencia de Emily la destrozaba más que cualquier golpe de Ares.
—No tengo fuerzas, mi amor.
Emily se incorporó y puso sus manitas en las mejillas de Amaranta.
—Entonces yo te hago cosquillitas a ti.
Y sin previo aviso, empezó a mover sus dedos en la barriga de su hermana, con una sonrisa llena de amor.
Amaranta soltó una risa quebrada, entre lágrimas.
Emily también rió, feliz de verla sonreír aunque fuera un poco.
—Ves… ya no estás tan, tan, tan triste —dijo, inflando sus mejillas como si fueran globos.
Amaranta la abrazó con fuerza.
—No sé qué haría sin ti, mi princesa.
Emily le dio un beso sonoro en la mejilla.
—No tienes que estar solita, yo siempre te voy a cuidar.
Amaranta sintió su corazón romperse y reconstruirse en el mismo segundo.
No tenían nada. Ni muebles, ni dinero, ni siquiera un colchón para dormir esa noche.
Pero se tenían la una a la otra.
Y eso, por ahora, sería suficiente.
La noche cayó sobre ellas como un peso insoportable.
Amaranta y Emily se acurrucaron en el suelo frío del apartamento vacío. No había una manta, no había almohadas. Solo el eco de su respiración y el rugido de sus estómagos vacíos.
—Tengo hambre… —susurró Emily en la oscuridad.
Amaranta cerró los ojos con fuerza.
—Lo sé, mi amor… —Su voz era un hilo tembloroso—. Mañana encontraremos algo de comer.
Pero Emily no entendía de tiempos ni promesas futuras.
—¿Y si le pedimos comida a ese señor de los carritos?
Amaranta tragó saliva.
—No tenemos dinero.
Emily abrazó su propio cuerpo y se estremeció.
—Hace frío.
Amaranta la atrajo hacia su pecho y frotó sus bracitos con suavidad.
—Duerme, mi vida. Mañana todo será mejor.
Emily obedeció, cerrando sus ojos con dificultad. Amaranta sintió el temblor en su propio cuerpo. No sabía si era por el hambre, por el frío o por el dolor que se clavaba en su pecho como una daga.
No supo en qué momento se quedó dormida.
Pero despertó en la madrugada, jadeando, con un dolor insoportable en el costado.
Se llevó una mano al pecho y presionó con fuerza.
Dios…
El cáncer estaba ahí. Carcomiéndola.
Se abrazó a sí misma y apretó los dientes. No podía llorar. No podía hacer ruido. Emily dormía.
Mañana… mañana tendría que buscar trabajo.
La realidad la golpeó como un balde de agua helada.
Siempre había sido ama de casa. Día y noche al servicio de Ares, esperando ser suficiente para él, soportando su desprecio, sus humillaciones, su rechazo.
Todo había desaparecido en un segundo.
Ya no tenía un esposo.
Ya no tenía estabilidad.
Pero sí tenía a Emily.
Y no podía darse el lujo de rendirse.
Se obligó a cerrar los ojos de nuevo, ignorando el hambre, el frío y el dolor.
Mañana sería otro día.
….
El sol no había salido del todo cuando Amaranta se puso de pie.
Sus piernas temblaban.
El cuerpo le dolía.
Pero no podía quedarse ahí.
Emily seguía dormida en el suelo, envuelta en la chaqueta que Amaranta había usado como manta.
La observó un momento.
Sus mejillas estaban sonrosadas y su expresión era tranquila… era una niña y no merecía todo aquello.
Amaranta se tragó las lágrimas.
—Tengo que hacer algo —susurró—. No podemos seguir así.
Fue al baño, se lavó la cara con la poca agua fría que salía de la llave, se peinó con los dedos y se puso el único pantalón decente que había empacado la noche anterior. Una camisa blanca ligeramente arrugada, pero limpia.
No tenía maquillaje. Ni perfume. Ni tacones.
Solo tenía dignidad, hambre y miedo. Mucho miedo.
A las nueve en punto estaba frente al edificio de vidrio n***o, imponente, con el logo del Grupo financiero Ravenhold tallado en acero. La competencia directa de Inversiones Mclaren Motors, la empresa de su exesposo.
Respiró hondo.
La conocían. Por años, había trabajado tras bastidores para Ares. Armando proyecciones, análisis de riesgos, resúmenes de inversión. Nunca en el frente. Siempre como su sombra.
Pero hoy… hoy sería distinta.
No por venganza.
Por necesidad.
Entró al edificio, los tacones de las demás resonaban. Sus pasos eran sigilosos.
La recepcionista la miró con sorpresa.
—Señora Ashford…
Amaranta asintió.
—Vengo a hablar con el señor Dumont. Sé que está ocupado. Pero si pudiera darme solo diez minutos…
La joven titubeó.
—No sé si él…
—Dígale que estoy aquí. Por favor.
Pasaron diez minutos eternos.
Luego quince.
Y entonces, la puerta del ascensor se abrió.
—¿Amaranta?
Era Dumont en persona. Llevaba un traje gris, el cabello ya era canoso y tenía una mirada inquisitiva.
—¿Qué haces aquí?
Ella bajó la mirada un segundo, pero luego lo enfrentó.
—Necesito trabajo.
—¿No estabas con Ares?
—Ya no.
Él entrecerró los ojos.
—Vaya…
—No vengo a hablar mal de él —aclaró, con voz firme—. Solo necesito una oportunidad. Soy corredora de bolsa. Y sé que conoce mi trabajo. Durante años manejé parte de las operaciones con Mclare Motors sin que mi nombre apareciera.
—Lo sé.
Ella tragó saliva.
—Lo haré bien. Mejor que bien. No tengo nada que perder. Y no vengo por orgullo… vengo por necesidad. Mi hermana depende de mí.
Hubo un silencio pesado.
Dumont la observó. Luego asintió.
—Sigue a mi oficina.
Amaranta caminó tras él. Sintió que algo se abría. Tal vez una oportunidad. Un respiro.
No sabía si conseguiría el puesto. No sabía si tendría fuerzas para sostenerse. Pero ese día, dio el primer paso.
Y eso ya era un milagro.
El despacho olía a cuero, café recién hecho y poder. Fabián Dumont se acomodó tras su escritorio. Amaranta permaneció de pie, erguida, con el rostro pálido pero decidido.
—Siéntate, Amaranta.
Ella obedeció sin protestar.
Dumont la miró con atención.
—No voy a mentirte. Siempre supe que eras la que hacía el trabajo sucio en Mclaren Motors. Los informes, los movimientos estratégicos… Las manos de Ares siempre estaban limpias porque tú las ensuciabas por él.
Amaranta tragó saliva.
—Nunca me molestó. Lo hacía por amor.
—Amor… —bufó él, cruzando los brazos—. Ese malnacido no sabe lo que es eso. Te usó. Te desechó. Y ahora quiere posar con esa muñeca de porcelana que se consiguió.
Ella no respondió. El dolor en su pecho ardía, pero no por sus palabras… sino porque eran verdad.
—Te voy a dar trabajo, Amaranta.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. No por lástima. No por caridad. Lo haré por venganza. Porque sé que tú puedes ayudarme a aplastar al bastardo de Ares Mclaren.
Amaranta frunció el ceño.
—No vengo por venganza, señor Dumont. Solo necesito estabilidad y un lugar para sentirme útil.
—No te preocupes. Por ahora jugaremos limpio —afirmó él—. Pero si él decide jugar sucio, sabremos cómo responder. Ares es un maldito sin sentimientos. Apenas se entere de que trabajas conmigo, moverá cielo y tierra para hacerte la vida imposible.
Amaranta asintió.
—Lo sé.
—Y también sé —añadió Dumont con dureza—, que te dejó en la calle.
Ella bajó la mirada. La voz apenas le salió.
—Solo me dejó una bolsa de ropa. Ni siquiera permitió que mi hermana se llevara un juguete..
—Hijo de perra —masculló Dumont—. No me sorprende. Ese tipo se cree dueño del mundo. Pero ya verá.
Amaranta levantó la vista, tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—No quiero lástima, señor Dumont. Solo necesito trabajar.
—Y lo harás. Pero no vas a rendir si no puedes descansar como una persona digna.
Se levantó de su silla, tomó el teléfono y marcó una extensión.
—Jennie, necesito que saquen los muebles del depósito 3. Que los lleven esta tarde al apartamento de la señora Ashford.
Amaranta se estremeció.
—No tiene que hacer eso…
—Lo hago porque necesito que estés fuerte y clara. Que duermas bien. Que no te derrumbes. Voy a exigirte mucho, Amaranta.
—Estoy lista.
—Lo sé. Y por eso te voy a dar un papel principal. No quiero verte escondida entre pasillos, bajando la cabeza como lo hacías antes.
—Gracias, de verdad.
—También te vamos a dotar de uniformes. Sé que no tienes ropa de oficina ahora, y no me interesa que vengas a sufrir aquí. Aquí vienes a brillar.
Amaranta parpadeó. No sabía si llorar o abrazarlo.
—Bienvenida a Ravenhold —dijo Dumont con una leve sonrisa—. A partir de hoy, no eres la sombra de nadie.
Ella respiró hondo sintiendo alivio.
Quizás… solo quizás, su mundo no estaba completamente perdido.