El timbre del celular vibró sobre la mesa recién colocada. Amaranta lo tomó con manos temblorosas. Era su amiga Roxanna.
—Hola… —susurró, con la voz apagada.
—¿Dónde estás? —la voz de Roxanna sonó preocupada—. ¿Estás bien?
Amaranta respiró hondo.
—En el apartamento que me dejó Ares… Ya lo amueblaron. Hay una cafetera, un microondas, hasta un sofá viejo… Estoy sentada ahora mismo en él.
—¿Y Emily?
—En su cuarto. Bueno… su rincón. Le montaron una camita. Está jugando con una muñeca que me regaló una vecina del edificio. Por suerte, el colegio sigue. La anualidad ya estaba pagada. Es lo único que no tendré que pelear por ahora.
—Menos mal…
—Sí… pero entre suplementos, medicamentos, los chequeos… No sé cómo voy a hacerlo, Rox. No sé. Mi sueldo en Ravenhold va a servir, pero no alcanzará para todo.
—¿Y tú? ¿Fuiste al oncólogo?
Amaranta cerró los ojos.
—Me llamó esta mañana. Me mandó exámenes nuevos. Dice que el cáncer avanza rápido… —su voz se quebró—. Cada vez me siento más débil. Hoy, al bajarme del bus, sentí que mis piernas ya no eran mías.
Roxanna guardó silencio.
—Y aun así estás ahí… trabajando, cuidando a Emily. Maldita sea, Amaranta… Eres la mujer más fuerte que conozco.
—No me siento fuerte —susurró ella—. Me duele el pecho. No solo el físico… el otro. El que no se ve.
—¿Llamaste a Ares?
—No —negó—. Nunca más. Hoy, por primera vez, dije su nombre y no lloré. Pero me está matando igual. Lo dejé, Rox… Lo dejé.
—No, Amaranta. Él te echó. No adornes las cosas.
—Tienes razón —susurró ella—. A ti no puedo mentirte. Me echó como si fuera basura. Como si nunca le importara.
—Ese hijo de perra no merece ni un recuerdo tuyo. Escúchame bien: Ares Mclaren es el desgraciado más desgraciado de todos los desgraciados. Lo que hizo no tiene nombre.
Amaranta esbozó una sonrisa amarga.
—Dios… cuánto necesitaba escucharlo así. Crudo. Sin compasión.
—Pues aquí me tienes. Tu amiga de toda la vida. Tu voz cuando no quieras hablar. Tus ojos cuando no quieras ver.
—Gracias, Rox.
—Y si necesitas llorar, llora. Pero no te rindas, ¿me oyes? No te atrevas a rendirte.
Amaranta colgó unos minutos después. Fue a la pequeña cocina, miró la cafetera vieja que zumbaba en la esquina. Hacía frío, pero al menos esa tarde tendría con que calentarse.
El apartamento estaba completo. Ella, en cambio, se sentía cada vez más vacía.
Pero seguía en pie. Y eso… también era una forma de resistir.
Amaranta estaba en su habitación, sentada sobre la cama. Tenía el cabello suelto, húmedo, lo desenredaba con lentitud. Cada nudo dolía. Pero dolía más la herida del alma.
Emily ya dormía en el cuarto contiguo. La noche estaba helada, una taza de té tibio temblaba entre sus manos y de pronto, escuchó un sonido.
Fue un golpe seco. Escuchó el cerrojo y luego la puerta.
Amaranta se puso de pie, de inmediato entró en alerta. El corazón se le fue a la garganta.
—¿Emily? —susurró, saliendo al pasillo. Pero no era la niña. Era una sombra alta, tambaleante, con olor a licor y perfume ajeno.
Era Ares.
—¡¿Qué haces aquí?! —preguntó ella, sin poder evitar el temblor en la voz.
Él la miró, con los ojos enrojecidos y el aliento espeso.
—¡Maldita ramera! —gritó, dando un paso hacia ella—. ¡Maldita bruja…!
Amaranta retrocedió, pero no gritó.
—¡Ni un día! —continuó él, arrastrando las palabras—. ¡Ni un maldito día tardaste en ir a revolcarte con Dumont!
—¿Qué…? ¿Qué estás diciendo?
—¡Sabías que era mi peor enemigo! ¡Lo sabías! Y aún así… aún así fuiste a arrastrarte ante él. ¡Qué asco me das!
Amaranta tragó saliva. Se sentó en la cama, cubriéndose las piernas con los brazos. Sabía lo que venía. Las palabras sucias, los insultos y la humillación.
Siempre era así.
Pero esa noche… no. No debía permitirlo.
—Ya basta, Ares —dijo en voz baja.
Él se detuvo, confundido.
—¿Qué dijiste?
—Que ya basta. No tienes por qué reclamarme como mujer. Tú decidiste que nos divorciáramos. Lo firmaste. Hasta lo celebraste. Haz tu vida con Celina y déjame en paz.
Ares frunció el ceño, como si no entendiera.
—¿Ahora hablas? ¿Ahora te atreves a levantar la voz?
—Sí —respondió ella, sin gritar—. Porque me quitaste todo. Hasta el derecho a respirar tranquila. Pero ya no más.
—¡Eres mía! ¡Siempre serás mía!
—No —negó, con una lágrima escapando—. Ya no soy tu nada.
El silencio se hizo denso. Solo se oía la respiración agitada. La de él y la de ella.
Ares se acercó, furioso.
—Te vas a arrepentir de esto, Amaranta. De todo esto. No sabes en lo que te estás metiendo.
—Lo único que me arrepiento —dijo ella, poniéndose de pie—. Es de haberte amado tanto… y tan ciegamente.
Él la miró. Algo en su mirada cambió por una fracción de segundo. Luego bufó.
—Ridícula.
Y se fue, dando un portazo que hizo temblar las paredes.
Amaranta temblaba también, pero no de miedo, era de agotamiento y frustración.
Miró hacia el cuarto de Emily. La niña seguía dormida. Era una pequeña inocente. A salvo… por ahora.
Amaranta se dejó caer al suelo. Cerró los ojos. Por fin… había dicho lo que su alma gritaba desde hacía años.
Y aunque aún dolía…
Había dado el primer paso hacia su libertad.
Minutos más tarde, Amaranta estaba guardando algunas carpetas de trabajo. La sala estaba en silencio, apenas iluminada por una lámpara modesta. No esperaba que se atreviera a regresar.
Pero la puerta se abrió de golpe.
Ares.
Otra vez. Sin avisar y sin permiso.
Amaranta dio un paso atrás.
—¿Qué haces de nuevo aquí?
—¿Qué hago aquí? —repitió él con sarcasmo—. ¡Vengo a decirte lo que nunca tuviste el valor de aceptar!
—¿Otra vez vas a insultarme?
—¡No! Voy a decirte la verdad. ¡Celina siempre fue el amor de mi vida!
Amaranta tragó saliva. Sus piernas temblaban.
—¿Y… por qué me casé contigo? —soltó él, sin esperar respuesta—. Porque tú hiciste algo. ¡Algo tuviste que haber hecho para convencer a mi madre!
—¿Qué estás diciendo…?
—¡No te hagas la inocente! ¡Sabías que yo amaba a Celina! ¡Todos lo sabían! Pero justo cuando ella se fue del país… tú apareciste, tan frágil, tan perfecta, tan dulce… y mi madre cayó en la trampa.
—¿Una trampa? —susurró Amaranta, sintiendo cómo algo se le rompía dentro—. ¿Estás diciendo que fue una trampa amar a alguien que estaba solo? ¿Ayudarte cuando ni tú sabías cómo manejar tu empresa?
—¡No necesitaba tus sacrificios!
—¡Nunca los valoraste!
—¡Y no los voy a valorar! Celina volverá. ¡Ya volvió! Y te voy a decir algo más… —se acercó, con una sonrisa cruel—. Pronto saldrá embarazada. Me dará el hijo que tú nunca pudiste darme.
Las palabras le cayeron encima como una puñalada.
Amaranta se quedó inmóvil. El mundo le giró.
—Eso no fue mi culpa —dijo, con la voz apagada.
—¡Todo en ti es una maldita decepción! No sirves para nada. Ni para darme un heredero.
—¿Y tú? —susurró ella, levantando la mirada— ¿Tú sí serviste para ser esposo?
Ares frunció el ceño.
—Te aguanté demasiado. A ti y a esa niña… defectuosa.
—¡No la llames así! —gritó ella, por primera vez.
Él se burló.
—Defiéndela. Es lo único que sabes hacer.
—Sí. Porque a ella la amo. A ti… ya no lo sé.
—¡Te vas a quedar sola! ¡Celina es perfecta! Hermosa, educada, poderosa. Y no carga con una niña enferma como tú.
Amaranta no dijo nada más.
No podía.
Solo lo miró. Por dentro, sangraba.
—Lárgate, Ares.
—¿Y si no quiero?
—Entonces llamo a la policía. Ya no soy tu esposa. No tienes derecho.
Él sonrió, pero su sonrisa era falsa.
—Vas a rogarme que regrese, ya verás.
—No lo haré.
Y esta vez… lo dijo con firmeza.
Ares retrocedió. Pareció desconcertado.
—Estás cambiando, Amaranta.
—No —dijo ella—. Me estoy despertando.
Y cuando él se fue, ella se dejó caer al suelo. En silencio. Sola. Sintiéndose rota.
Pero viva.
Amaranta pasó el seguro de la puerta dos veces. Luego colocó la cadena. Y aun así, no se sintió segura.
—No va a volver… no esta noche ni jamás—se dijo en voz baja, pero no lo creyó.
Se apoyó en la pared. Respiraba rápido. Las manos le temblaban.
—Casi… —cerró los ojos—. Casi pasa otra vez.
Había visto esa mirada antes. La conocía de memoria. La furia que le quemaba los ojos. El deseo sucio, impulsivo. Esa forma violenta de desahogarse cuando las cosas no le salían como quería.
—No lo puedo permitir otra vez. No… no más.
Fue a la habitación. Cerró también la puerta y puso el pestillo.
Emily dormía profundamente, ajena a todo. Su respiración suave era lo único que rompía el silencio.
Amaranta la observó. El corazón aún le latía con fuerza en el pecho.
Se acercó al armario. Tomó su teléfono. Buscó en internet cerraduras reforzadas, alarmas, cerrojos extra. Necesitaba algo. Cualquier cosa.
—No quiero que mi niña me vea llorar —dijo en voz baja, aunque Emily no fuera su hija la adoraba—. No quiero que me vea débil.
Volvió a la sala. Miró la puerta.
—Hoy salí ilesa —susurró—. Pero mañana quién sabe.
Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas. Apretó los dientes. Se secó una lágrima con rabia.
—Ares McLaren es un bastardo. —Lo dijo fuerte. Como una sentencia—. Un bastardo infeliz. Y no va a volver a tocarme. ¡No más!
Recordó cómo había entrado, tambaleándose, gritando, insultándola. Siempre igual. Siempre buscando destruirla. Y cuando no podía con palabras, lo hacía con su cuerpo.
—Eres mía… mía… —escuchaba su voz como un eco maligno.
No. Ya no lo era.
«¿Dónde están las llaves de repuesto que tenía?» pensó de pronto. Seguro aún tenía una copia.
Se puso de pie. Fue hasta el cajón del recibidor. Ya no estaban.
—¡Maldito! —susurró—. Se las robó.
Marcó el número del cerrajero.
—Hola, necesito cambiar la cerradura. Es urgente. Esta misma noche.
El hombre dudó, pero al escuchar el temblor de su voz, aceptó.
Mientras esperaba, fue a la cocina. Se preparó un café con manos temblorosas.
«Me va a odiar más. Pero no me importa», pensó.
Porque esta vez no iba a ceder. No iba a abrirle la puerta. No iba a suplicar. No iba a llorar mientras él hacía lo que quería.
—Se acabó —dijo—. No soy su refugio. No soy su muñeca rota.
Minutos después golpearon la puerta. Era el cerrajero. Sin embargo, ella abrió con cautela.
—¿Amaranta?
—Sí. Pase. Gracias por venir.
—¿Problemas con alguien?
—Con un hombre. Mi exesposo. Un tipo peligroso.
—Entiendo.
En pocos minutos, todo cambió. Cerradura nueva. Llave nueva. Sin acceso para nadie más.
Ella tomó la copia.
La sostuvo entre los dedos como si fuera un símbolo de libertad.
—Se terminó —susurró.
Esa noche durmió con la llave bajo la almohada.
Y aunque el miedo seguía ahí, por primera vez sintió que tenía el control.
…..
El teléfono sonó a las dos y treinta de la madrugada.
Amaranta abrió los ojos con dificultad. Pensó que estaba soñando. No. Sonaba de verdad. Vibraba con insistencia sobre la mesita de noche.
Lo tomó y vio que era un número desconocido.
—¿Hola? —su voz era apenas un susurro.
—¿Amaranta Ashford?
—Sí… ¿quién habla?
—Oficial Delroy, del Departamento de Policía. Lamentamos molestarla a esta hora, pero su esposo, Ares McLaren, ha tenido un accidente.
Un silencio espeso llenó la habitación.
—¿Qué? No, no… él… ya no es mi esposo.
—Según el sistema, aún figura como su esposa legal. Seguro él no entregó los papeles del divorcio en la corte.
Amaranta apretó los ojos con fuerza.
—Claro que los firmó… ¡Claro que los firmó! —susurró, maldiciendo por dentro.
—Lamentamos esto, señora Ashford. Necesitamos que venga. Está en el hospital de San Stephen.
—¿Él está… grave?
—Estable. Consciente. Pero la está pidiendo a usted.
Amaranta colgó. Se llevó una mano al pecho.
El corazón le latía con furia. Se quedó mirando al techo por un segundo.
—¿Por qué yo? ¿Por qué siempre yo?
Se levantó, se vistió en silencio. Entró a la habitación de Emily. La niña dormía tranquila. Le dejó una nota por si se despertaba en mitad de la noche. Después se fue al hospital.
Al llegar, la enfermera la miró con algo de pena.
—Por aquí, señora. Él está bastante alterado. Solo le avisamos porque fue el nombre que figuraba en su ficha.
—No debería serlo —gruñó Amaranta—. ¡Firmé esos malditos papeles!
La enfermera desvió la mirada.
Entró a la habitación y lo vio. Estaba vendado, con el rostro herido, un brazo enyesado. Pero aún así, con esa arrogancia intacta en los ojos.
—Te tardaste mucho.
Amaranta cruzó los brazos.
—¿Por qué no entregaste los documentos?
—Porque sabía que vendría un momento en el que necesitaría que no estuvieras del todo fuera de mi vida —dijo con una sonrisa torcida.
Ella lo miró, incrédula.
—¿Jugaste con el proceso? ¿Lo hiciste a propósito?
—No lo llames jugar. Lo llamo estrategia. ¿Quién mejor que tú para venir cuando todo se va al carajo?
—¡Maldito seas, Ares! ¡Ojalá hubieras muerto!
—Y aún así viniste corriendo. Mira qué irónico, Amaranta.
—No vine por ti —soltó—. Vine porque no quiero que te mueras sin saber que eres lo peor que me pasó en la vida.
—Tan dramática como siempre…
—¡Firmé esos papeles! ¡Me liberé! ¿Y aún así me jalas otra vez al infierno?
—¿No era eso el matrimonio? Un infierno compartido.
Amaranta lo miró con asco.
—Te odio.
—No me importa.
Ella se giró hacia la puerta. Pero antes de salir, volvió a mirarlo.
—¿Sabes qué es lo peor? Que el destino se esmera en arrastrarme de vuelta a ti, cada vez que estoy a punto de levantarme.
Ares sonrió con ironía.
—Y lo seguirá haciendo, Amaranta. Porque no importa lo que digas… siempre vas a volver.
Ella cerró la puerta con fuerza.
Y esa noche, mientras caminaba sola por los pasillos del hospital, con lágrimas rodando por sus mejillas, no dejaba de pensar:
—¿Hasta cuándo voy a pagar esta condena?