Y mientras caminaba por los pasillos del hospital, Amaranta no tenía idea que esos papeles… que creía firmados y archivados… ya no existían.
Que ese divorcio jamás se procesaría, ni mañana, ni pasado.
Y que su infierno penas estaba comenzando.
Después de tomar aire regresó a la habitación y Ares empezó a hablar —Bebí demasiado —confesó Ares, la mirada perdida en el techo de la habitación de hospital—. Porque me jodió enterarme que fuiste directo con Dumont.
Amaranta lo miró desde la puerta. No se acercó. No quería. No podía.
—¿Y qué esperabas? —susurró con cansancio—. ¿Qué me quedara en casa esperándote? ¿Qué te rogara? ¿Qué suplicara migajas de dignidad?
Ares sonrió, amargo.
—No te imaginas cuánto me habría gustado.
Ella apretó los labios, dispuesta a irse.
—No tienes derecho a exigirme nada, Ares. Firmamos esos papeles. Esto se acabó.
—¿Firmamos? —la interrumpió, burlón—. ¿De verdad sigues creyendo que los entregaré?
Amaranta sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué…?
—No procesaré el divorcio. Los rompí. Así que, legalmente… sigues siendo mi esposa.
El silencio fue brutal.
Un silencio que solo interrumpió la respiración entrecortada de Ares y su tono venenoso.
—Y antes de que protestes —añadió, sonriendo con cinismo—, No te preocupes, no pienso ponerte el anillo otra vez. Solo quiero asegurarme de que sigas hundida. Que no consigas esa paz que crees merecer. Que no puedas rehacer tu vida.
Amaranta se apoyó en el marco de la puerta, cerrando los ojos un instante.
—Te odio.
—Lo sé. —La sonrisa de él se ensanchó—. Y lo disfruto.
….
Ares McLaren era el tipo más competitivo y desalmado que había pisado esa ciudad.
No le importaba arruinar negocios, pisotear aliados o destruir reputaciones.
Lo único que le importaba era ganar. Siempre ganar. Y ahora, perder a Amaranta… no entraba en sus planes.
Esa mañana la noticia le llegó en forma de un mensaje en su móvil, de uno de sus informantes en la bolsa.
[Amaranta Ashford fichada por Ravenhold. Primer día hoy].
Ares apretó los dientes. La copa de whisky en su mano tembló.
Celina Vincenzo, sentada en uno de los sillones de su despacho, lo miró con fastidio.
—¿Qué pasa ahora, amor? —preguntó, echándose hacia atrás con gesto aburrido.
Ares no respondió. Se levantó de golpe, fue hasta su escritorio y abrió el primer cajón.
Allí estaban los papeles del divorcio. Firmados por ella. Listos desde ayer.
—¿Aún los tienes acá? —preguntó Celina, frunciendo el ceño.
Él los tomó, los miró. Y uno a uno, empezó a romperlos.
Celina se quedó en silencio.
Ares los destrozó con una furia fría y contenida. Pedazo a pedazo.
—¿Qué demonios haces? —soltó ella.
Ares no la miró. Solo murmuró:
—Nadie deja a Ares McLaren. Nadie se libra tan fácil de mí.
Celina bufó.
—¿Sigues enganchado con esa estúpida?
—No se trata de amor, Celina. Se trata de orgullo. De dejar claro quién manda. Ella no puede irse a trabajar con Dumont, con mi peor enemigo, como si nada. Como si yo fuera un mal recuerdo.
Celina rodó los ojos.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Secuestrarla? ¿Encerrarla en tu sótano?
Ares sonrió de lado.
—No necesito eso. Solo tengo que quedarme en su mundo. Ensuciarle todo. Atormentarle la vida.
No dejarla respirar.
Si cree que va a ser feliz sin mí, está jodida.
Se sirvió otro whisky.
—Celina, tú eres la mujer que quiero a mi lado. La que tendrá mi apellido. La que pronto me dará un hijo. Pero Amaranta… Ella no puede permitirse respirar en paz. No hasta que suplique. Hasta que se arrastre.
Celina sonrió con veneno.
—Eres un cabrón, McLaren.
—Siempre lo he sido. Y lo sabes.
Celina se levantó, caminó hasta él y le acarició el rostro.
—Entonces, termina de destruirla. Que no quede nada de esa infeliz.
Ares bebió de un trago.
—Créeme… Voy a hacerlo. Voy a convertir su existencia en un puto desastre.
…..
Al siguiente día, en el lujoso apartamento de Celina Vincenzo, las cosas no eran tan doradas como parecían.
—¿Te dijeron ya los resultados? —preguntó su padre desde la sala, sin apartar los ojos del periódico.
Celina se apoyó en el respaldo del sofá, con una copa de champán que apenas tocó.
—La infección sigue.
Los antibióticos no funcionan como deberían.
El político suspiró.
—Tienes que cuidarte, hija. Estás en un punto delicado.
—Lo sé —murmuró, sin ganas—. Pero no pienso convertirme en una inválida. Tengo juntas, eventos… No pienso quedarme encerrada en casa.
—Celina…
—¡No! —lo cortó—. No me maté en quirófanos para esto. No soporté sentirme poca cosa cuando Ares se casó con esa infeliz para acabar ahora enferma, frágil y olvidada.
Su padre guardó silencio.
Celina se recostó, el rostro cansado. Bajo los ojos oscuros, las ojeras se marcaban con fuerza.
—¿Sabes qué es lo mejor? —susurró—. Que Ares siga arruinándole la vida. Me importa un carajo si la llama, si le grita o si la amenaza. Amaranta merece todo lo que le pase. Por robarme lo que era mío.
Su padre intentó mediar.
—No te conviene obsesionarte, hija.
Celina sonrió sin alegría.
—¿Obsesionarme? Papá, la obsesión me hizo perfecta. Me hizo la mujer que hoy se sienta al lado de ministros, de embajadores, de empresarios. La obsesión me quitó lo débil, lo mediocre.
Tocó su pecho, donde una punzada la obligó a tomar aire.
—Ahora… solo necesito resistir unos meses más. Conseguir el embarazo. Y después… Amaranta Ashford será una sombra.
El político asintió. No era la primera vez que la escuchaba hablar así.
Era su hija.
Y había heredado de él la capacidad de destruir a quien se interpusiera en su camino.
—Haz lo que tengas que hacer, Celina. Pero con cuidado.
Ella levantó su copa, sonriendo.
—Siempre, papá. Siempre.
…
Esa misma tarde, Celina se miraba al espejo.
Pasó una mano por su cabello perfecto y respiró hondo.
—Esa idiota… —murmuró con desdén.
En su mente todo comenzaba a encajar.
Amaranta no solo era débil, sino vulnerable.
Una mujer rota, humillada, sin recursos, aferrada a las sobras emocionales de un hombre como Ares.
—Si le pido que me dé un pulmón… —dijo, probando la frase en voz alta—, lo hará. No por mí. Sino por él.
Sonrió con malicia.
Marcó un número.
—Mamá —saludó apenas la otra línea respondió.
—¿Qué pasa ahora, Celina? —preguntó la mujer al otro lado, cansada.
—Tuve una idea.
—Dios… —suspiró su madre—. ¿Qué idea, Celina?
Celina se acomodó en el sillón, estirando sus piernas.
—Voy a convencer a Ares para que le exija a Amaranta que me done un pulmón.
Hubo un silencio largo.
—¿Estás loca? —replicó su madre al fin.
—No.
—Sí lo estás, Celina. Eso es ir demasiado lejos.
No puedes jugar así con la vida de una persona.
Celina se echó a reír.
—Por favor, mamá. Esa mujer respira por accidente.
Además… tú mejor que nadie sabe cuánto me ha costado llegar hasta aquí.
—Pero esto…
—¡Esto es perfecto! —la interrumpió—. ¿Te imaginas? Que la infeliz tenga que humillarse, someterse… Que tenga que poner su cuerpo para salvarme. Y no porque le importe, sino porque él se lo ordena.
Su madre negó al otro lado de la línea.
—No sé en qué monstruo te has convertido, Celina.
—En uno necesario, mamá. En uno que no volverá a sentir que no es suficiente. Ares fue mío desde siempre. Solo mío.
Suspiró.
—Voy a hablar con él. Buscaré el momento adecuado. Una palabra. Una frase. Una provocación. Y listo.
—Celina, por Dios…
—O lo haces conmigo, o te haces a un lado —sentenció.
Su madre se quedó callada.
Celina sonrió. Sabía cómo manejarla.
—Además —añadió en voz baja—, dime qué podría ser más humillante para Amaranta que salvarme la vida… Y después seguir viéndome a su lado. Con su marido. Con su apellido. Con el hijo que jamás pudo darle.
La otra mujer suspiró.
—Estás enferma.
—Lo sé —sonrió Celina, sin el menor remordimiento—. Pero seré una enferma con todo lo que siempre soñé.
Colgó.
Se miró de nuevo al espejo.
—Prepárate, Amaranta —susurró, tocando su reflejo—. Te voy a destruir. Hasta la última gota de dignidad.