Amaranta intenta ser fuerte

1457 Words
Amaranta caminó por el pasillo del hospital con los ojos ardiéndole. Llevaba horas lidiando con trámites, firmando papeles, soportando miradas ajenas y la maldita confirmación de que Ares había salido ileso. Como siempre. Le habían dicho que podía irse. Que ya no era necesaria. Y sin decir palabra, tomó su bolso y salió de ese lugar que apestaba medicinas y a recuerdos podridos. La noche estaba fría. El viento le calaba hasta los huesos. Cuando llegó a su pequeño apartamento, lo único que quería era derrumbarse. Dejarse morir. Pero Emily estaba a su cuidado y no podía. No debía. Se quitó los zapatos en la entrada y caminó descalza hasta su cuarto. Sentía punzadas en el pecho. Esa opresión familiar que cada vez duraba más. Abrió el cajón de la mesita de noche. Tomó varias tabletas. Las observó unos segundos. —A la mierda —murmuró. Fue hasta la cocina, abrió la llave del agua. El líquido salía turbio, pero no le importó. Se sirvió un vaso. Se lo bebió de golpe. El sabor metálico le revolvió el estómago. Dejó el vaso a un lado y se dejó caer sobre la mesa. Apoyó la cabeza sobre su brazo. El silencio era pesado. Solo se escuchaba el viejo reloj colgado en la pared. Se quedó así. Esperando que el dolor cediera un poco. Que las pastillas surtieran efecto. Y sin darse cuenta, el cansancio la venció. Horas después, apenas amanecía, un par de manitas suaves acariciaron su cabello. —Hermana —susurró Emily—. Ya salió el sol. No quiero llegar tarde al colegio. Amaranta sintió la vocecita dulce en medio del letargo. Abrió los ojos despacio. El cuerpo le dolía como si la hubieran golpeado. Se incorporó con esfuerzo. —Ya… ya mismo te alisto, amor —dijo con voz ronca. Le sonrió a Emily. Le tomó la carita con ambas manos y besó su frente con ternura. —Perdóname, vida mía —susurró. Emily sonrió. Sus ojitos brillaban, siempre. A pesar de todo. A pesar de la escasez, de la enfermedad, del abandono. Era como un ángel. —¿Hoy puedo llevar mi cuaderno nuevo? —preguntó emocionada. Amaranta asintió. —Claro que sí, princesa. Hoy vas a escribir cosas bonitas, ¿sí? Emily abrazó su cuello. —Te quiero, hermana. Amaranta sintió cómo le temblaba el pecho, pero contuvo las lágrimas. —Y yo a ti, amor mío. Más que a nada en el mundo. Se puso de pie, aunque las piernas le dolían. Tomó aire, acarició el cabello de Emily. —Dame cinco minutos y nos vamos —dijo, forzando una sonrisa. Porque Emily merecía una sonrisa. Aunque ella estuviera hecha pedazos. Amaranta se levantó y fue directo al pequeño armario. Sacó el uniforme escolar: la blusita blanca con cuello redondo, la falda tableada azul marino y los calcetines largos. —Ven, amor —le dijo con dulzura. Emily se acercó sonriendo, siempre animosa a pesar de todo. Amaranta le ayudó a ponerse el uniforme, abrochó los botones con cuidado, le peinó el cabello en dos trenzas y le colocó los zapatos, que ya mostraban signos de desgaste. —Listo, preciosa. Eres la niña más linda de este mundo —susurró, besando su frente. Emily sonrió como si todo el universo le perteneciera. Amaranta fue a la cocina. Abrió la alacena. Nada. Solo una caja casi vacía de cereal y una bolsa de leche que quedaba a la mitad. Sirvió un vaso. —Toma, mi cielo. No tengo más, pero en el cole te darán tu desayuno especial. Emily bebió sin quejarse. Amaranta se alisó el cabello frente al espejo agrietado del baño. Sacó su uniforme de trabajo, un conjunto azul petróleo del Grupo Financiero Ravenhold. Era una chaqueta entallada, falda lápiz a la rodilla, camisa crema de seda. Era elegante, distinguido. Impecable. Se observó. Y aunque las ojeras no se podían ocultar del todo, su porte hablaba por ella. Había procurado durante años aprender, empaparse de negocios, finanzas, estrategias. Siempre había tenido una mente brillante para los números. Y ahora, aquel puesto importante en Ravenhold no solo sanaba su orgullo herido… también le devolvía una razón para seguir de pie. Salió con Emily al colegio. La dejó en la entrada, como siempre, besándola y despidiéndose con ternura. —Pórtate bien, princesa. Corrió luego a la parada del bus. Y al llegar al enorme edificio de Ravenhold, su actitud cambió. Paso firme, espalda recta, mirada decidida. Nada de debilidades. Apenas se sentó en su oficina, empezó a revisar los informes del nuevo proyecto automotriz. Una campaña agresiva de financiación para lanzar al mercado una línea de autos eléctricos de alta gama. Organizó carpetas, leyó propuestas, corrigió presupuestos. A media mañana, la llamaron de dirección. —El señor Dumont quiere verla. Amaranta respiró profundo. Subió en ascensor hasta el último piso. Dumont estaba en su despacho, sentado tras su escritorio, el rostro serio. La observó con detenimiento. —Amaranta —dijo al fin—. Solo quiero advertirte… Ares MacLaren pidió que te despidieran esta mañana. Amaranta sintió un nudo en la garganta, pero sonrió con amargura. —No esperaba menos de él. Dumont hizo un gesto de desprecio. —Por suerte para ti… aquí su voz no tiene poder. Así que seguirás conservando tu puesto. Que lo asimile. Ella asintió, conteniendo la emoción. —Gracias, señor Dumont. Se lo agradezco de verdad. Aunque… —bajó la mirada un segundo—. Ahora se niega a firmar el divorcio. Rompió los documentos… solo para fastidiar. Solo por egoísmo. Dumont se recostó en la silla, frunciendo el ceño. —Eso es exactamente lo que él es. Egoísta. Inhumano. Miserable. No me sorprende ni un poco. Amaranta sonrió triste. —A mí tampoco. Pero no voy a dejar que me destruya. No esta vez. Dumont asintió, satisfecho. —Esa es la actitud que quiero en esta oficina. Y en mi equipo. Amaranta respiró hondo, deshacerse de Ares no iba a ser fácil. …. El día estaba siendo un martirio. Amaranta se esforzaba por mantener la compostura, pero las náuseas la golpeaban cada cierto tiempo como oleadas furiosas. Tenía los informes sobre la mesa, las gráficas proyectadas en su portátil y las manos temblorosas. Respiró hondo, pero nada servía. Se levantó de golpe, cubriéndose la boca con una mano y corrió al baño. Terminó inclinada sobre el lavabo, jadeando, con los ojos llenos de lágrimas. Se echó un poco de agua fría en el rostro. Miró su reflejo. Tenía el rostro pálido, las mejillas hundidas, los labios resecos. —Maldita sea… —susurró para sí. Volvió a su escritorio. No había pasado ni veinte minutos cuando otra vez la arcada le subió por la garganta. Salió disparada. En su tercer viaje al baño, Dumont apareció en la puerta. —Amaranta —dijo serio. Ella levantó la mirada desde el lavabo. —¿Qué? —murmuró, intentando sonar fuerte. Dumont la observó con atención. —Hazte una prueba de embarazo. Amaranta lo miró como si le hablara en otro idioma. Parpadeó varias veces. La vergüenza se le deslizó como un calor espeso por la piel. —Eso es imposible… —dijo en voz baja, negando con la cabeza—. Pasaron más de cinco años intentando embarazarme. Créame, no… no es eso. Dumont cruzó los brazos. —Aún así, hazla. Por descartar. Puede ser estrés, gastritis, lo que sea… pero mejor salir de dudas. Amaranta tragó saliva. —Debe ser por un medicamento que estoy tomando. Tiene efectos secundarios fuertes —añadió, fingiendo tranquilidad, aunque su corazón latía como un tambor. —¿Desde cuándo te sientes así? —preguntó Dumont, sin quitarle los ojos de encima. Ella se apoyó contra la pared. —Unos días… no es gran cosa. —Pues empieza a serlo, Amaranta. Aquí necesitamos tu cabeza clara. Si algo está mal, ocúpate de eso —ordenó con tono firme pero sin dureza. Amaranta suspiró, cerró los ojos un instante. —De acuerdo —cedió al fin—. Haré la prueba. Solo para que se quede tranquilo. Dumont asintió. —Hazlo hoy mismo. No quiero que termines desmayada en plena junta. Ella forzó una sonrisa cansada. —No se preocupe, aún puedo con esto. Dumont se marchó sin decir nada más. Amaranta se quedó sola en el baño. Se miró de nuevo en el espejo. Imposible. Después de todo lo que había intentado. Después de todo lo que Ares le había reprochado. Después de todas las noches llorando al ver sus pruebas negativas. ¿Ahora? Negó con la cabeza. —Seguro es el medicamento… —se susurró, aunque el miedo le oprimió el pecho. Volvió al escritorio, como si nada. Pero el peso de esa posibilidad se quedó pegado a ella como una sombra
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