Amaranta se quedó un buen rato en su escritorio, viendo las cifras de ventas y las proyecciones en pantalla… pero no lograba concentrarse. El zumbido en sus oídos, la punzada constante en el pecho y las náuseas que iban y venían como olas no la dejaban en paz. Sabía que Dumont no era hombre de bromas ni sugerencias al azar. Si se lo había dicho, era porque de verdad lo notaba mal. No quería que pensara que era una irresponsable. No quería perder su trabajo. Y mucho menos… quería que la mirara con lástima. Se llevó una mano a la frente. Tenía frío. Decidió que no iba a traicionar la confianza de Dumont. Abrió su bolso, buscó entre monedas sueltas y billetes arrugados. Apenas unas pocas monedas. Juntó lo justo. Llamó al mensajero. —Oye, Marco —dijo, fingiendo naturalidad. El ch

