La nueva líder del caos.

1678 Words
La noticia cayó como una bomba en el piso de diseño y desarrollo: Samantha Rivas Gutiérrez había sido nombrada oficialmente líder de equipo y ganado el premio de mejor proyecto y unas vacaciones pagas para ella y su equipo a dónde quisieran. Claro esto último con la condición de que Brandon asistiera. Aunque algunos aplaudieron tímidamente, otros simplemente fruncieron el ceño o fingieron que nada pasaba. Imaray fue la primera en hacer rodar los ojos mientras murmuraba entre dientes: —Claro, cómo no. Se acuesta con el líder de equipo desde que llegó, el es la persona más cercana al CEO y ¡pum!, líder de equipo. Qué casualidad… Samantha caminó por los pasillos con su nueva insignia brillando sobre su blusa beige. Sentía todas las miradas, como si llevara un blanco pintado en la espalda. Pero su postura era firme. No iba a ceder ni un centímetro. Brandon, desde su oficina, fingía revisar unos documentos, pero sus ojos la seguían de reojo. Natalie, desde recepción, sonreía con complicidad cada vez que los veía cruzarse. Al medio día, Samantha recibió un correo. Reunión urgente de equipo en sala de juntas B. Sus compañeros se movían con tensión, cuchicheando. Nadie sabía quién la había convocado. Cuando entró a la sala, todos estaban allí. Hasta Imaray. Y Brandon. —Buenas tardes —dijo él con serenidad, usando su “rol de líder”—. He llamado a esta reunión porque quiero que felicitemos como se debe a Samantha por su nuevo rol. No fue un favor, no fue un regalo: fue resultado directo de su proyecto, el más completo, innovador y funcional. Samantha tragó saliva. No esperaba ese respaldo tan frontal. —Además —continuó Brandon—, trabajará de ahora en adelante directamente conmigo. Imaray estalló. —¿Cómo que directamente contigo? ¡Eso es una burla para todos los que llevamos años aquí! ¡Qué conveniente todo! Brandon giró lentamente hacia ella, con una mirada que no usaba casi nunca. —Si tienes una queja formal, preséntala en RRHH. Pero si solo quieres seguir propagando envidias, te recuerdo que este es un lugar profesional. O al menos debería serlo. Así que deja tus falsas acusaciones y concéntrate en sacar tu trabajo porque para eso te pagan no para lo primero que mencioné. El silencio fue absoluto. Imaray se hundió en su asiento. Cuando terminó la reunión, Brandon le pasó un pequeño papel a Samantha mientras todos salían. Solo decía: “¿Café en el mismo rincón de siempre? P.D.: Hoy sin archivo y sin cisnes de papel, lo prometo 😅” Ella no pudo evitar sonreír… justo antes de que uno de sus nuevos subordinados Diego, le dijera: —Felicitaciones, jefa. Aunque no todos lo digan… se lo merece. —Gracias Diego, sigue trabajando duro. Al rato ella fue a la máquina de café y Brandon sólo hablo cosas tribales mientras compartían ese momento de receso. Al llegar a su casa le conto a sus padres que aún seguían en su casa de vacaciones y estos celebraron con ella. Esa noche, mientras ordenaba sus nuevas carpetas y planeaba su primera estrategia como líder de equipo, pensó: “Ahora empiezo a conocer al Brandon de verdad… y al mundo que lo rodea.” Y así llegó el siguiente fin de semana. —¿Sabes pescar, Brandon? —preguntó el padre de Samantha mientras le lanzaba un cuchillo como si fuera un experto en supervivencia. Brandon atrapó el cuchillo torpemente. Tragó saliva. —Claro… claro que sí. ¿Quién no ha pescado con cuchillo? —mintió mientras miraba al agua con cara de trauma emocional. Dos horas más tarde, Samantha, desde la orilla, soltaba una carcajada disimulada al verlo regresar mojado, sin una sola tilapia y con cara de derrota. —Encontré… muchas piedras —dijo Brandon, resignado, dejando el cuchillo sobre una piedra como si fuera una espada legendaria que ya no serviría para nada. El paseo a caballo por la tarde les alivió el bochorno. Samantha cabalgaba con gracia, mientras Brandon trataba de no caerse de su montura cada vez que el caballo estornudaba. —Dios santo, nunca había conocido a un alfa tan lindo pero tan torpe y sin habilidades de supervivencia con las cosas de la vida, parece que sus padres no lo brincaron cuando chiquito—murmura la madre de Samantha a su esposo. —Hay mujer, no hay hombre perfecto. Por lo menos lo intenta. Cuando cayó la noche, se reunieron todos alrededor de una fogata improvisada. Asaron mazorcas, pescado fresco (que pescó el papá) y contaron historias de miedo. Samantha se apoyaba en Brandon de vez en cuando, y él sentía que el calor de la fogata no tenía nada que ver con lo que le hervía en el pecho. Las carpas estaban listas. Dormirían al aire libre, separados por respeto, aunque Brandon sentía que dormir lejos de ella era más castigo que cortesía. Pero su lobo no opinaba igual. Apenas los ruidos se calmaron, el lobo de Brandon le habló en su interior y Brandon se escabulló silenciosamente entre los arbustos. Hasta encontrar la carpa de Samantha. Por otro lado, la loba de Samantha ya esperaba inquieta, como si presintiera su llegada. Unos minutos después de ver qué no había moros en la costa, Brandon se deslizó dentro de la tienda con una linterna apagada, torpe y sigiloso como un ladrón adolescente. —¿Brandon? —pregunta Samantha con voz baja, sin miedo pero sorprendida. —Mi lobo me trajo, no es mi culpa. Dice que extrañaba a tu loba… y que tú también. Así que yo soy una víctima de ustedes tres. Ella sonrió en la oscuridad. —¿Excusa o verdad? —Ambas. Se acostaron uno junto al otro, sus cuerpos apenas rozándose. —De acuerdo pero solo un momento, ven aquí y abrázame para darme las buenas noches y felicitarte por sobrevivir a mi papá. —¿Y si tu papá entra con la escopeta? —pregunta él, sintiendo cómo su autocontrol pendía de un hilo. —Tú corres. Yo me hago la dormida. Rieron en voz baja. Luego, él la mira fijamente. —¿Sabes qué me gusta más que tu risa? —¿Qué? —Tus labios… cuando esperan que yo los bese. Y sin darle tiempo a responder, la besó lento, profundo, con devoción y hambre contenida. Sus lobos, dentro, lanzaron un aullido sincronizado. Samantha lo abrazó, acariciándole la nuca. Brandon pegó su frente a la de ella, jadeando suave. —Quiero comerte a besos… pero no quiero morir con una escopeta de por medio. —Sabio, lobo mío. Sabio. Se acurrucaron juntos, escuchando los grillos, los aullidos y el crepitar de la fogata que aún chispeaba afuera Y en ese rincón del mundo, entre risas, caricias contenidas y amor en estado salvaje, Samantha y Brandon sellaron un vínculo que ni la escopeta del suegro podría romper. Los primeros rayos del sol filtraban su luz entre las rendijas de las carpas de dormir, Samantha dormía envuelta entre los brazos de Brandon. Él, con el rostro sereno, aún sostenía su cintura con ternura, con su aliento tibio rozando su cuello. —Buenos días, lobo perezoso—susurra ella al notarlo parpadear. Brandon sonríe con los ojos entrecerrados. —¿Sigo vivo? ¿O tu papá me mató y estoy en el cielo? —Todavía estás entero. Pero no cantes victoria —responde entre risas nerviosas, asomándose por la cremallera de la carpa. Desde la mesa de campamento, los padres de Samantha ya tomaban café con expresión serena… demasiado serena. —Estamos fritos —murmura ella—esos padres míos si que madrugaron. —Tú te escondes. Yo salgo como todo un caballero… y me hago el loco —dijo él mientras se incorporaba, se acomodaba el cabello despeinado y tomaba aire como si fuera a una entrevista de trabajo—ni siquiera te toque mucho. —No. Solo nos besamos y te quedaste dormido con una mano en mi culo y la otra en mi rostro. —¡Amor! Shhh...no hables eso tan alto. Pensarán que hacíamos bebés. Con pasos decididos, Brandon salió de la tienda con el sol de frente y una sonrisa nerviosa. —¡Buenos días! Qué hermosa mañana para estar en familia —dijo con un tono jovial estirándose como si saliera de su propia casa de campaña. La madre de Samantha le respondió con una leve sonrisa. El padre, en cambio, lo observó como un halcón al acecho. Se levantó con su taza de café en mano, dio dos pasos hacia Brandon y se le acercó al oído. —Espero que tu anaconda se haya quedado dentro de tus pantalones —susurró con voz grave y firme—. A mi hija no te la comes hasta que no lleguen a un altar. Si sale embarazada antes te lo mocho. Brandon se quedó helado, los ojos bien abiertos, sonriendo como estatua. —Por supuesto, señor. Jamás cruzaría una línea sin su bendición… ni sin un anillo —respondió tragando saliva y parpadeando más de la cuenta. —Así me gusta —dijo el padre dándole una palmada tan fuerte en el hombro que Brandon dio un paso en falso. Samantha, que observaba todo desde la carpa, se llevó la mano a la boca para no soltar una carcajada. Brandon, en cambio, se volteó hacia ella discretamente y le hizo señas de “¡me quiere matar!” con la mirada. Cuando se sentaron a desayunar, Brandon se mantuvo recto como soldado, respondía con “sí, señor” y “gracias, señora” cada cinco segundos, sin tocar mucho el pan por temor a que su anaconda imaginaria volviera a ser mencionada. Samantha le dio un leve codazo debajo de la mesa y le susurró: —No te preocupes… mi loba ya te eligió. Solo falta que sobrevivas a mi papá. Brandon sonrió sin mostrar los dientes. —Perfecto. ¿Después de eso qué sigue? ¿Una ronda de ruleta rusa con tu abuelo o salir de caza y regresar sin mi?
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