Hablando con la verdad.

2072 Words
Brandon ríe. Se inclina un poco, le roza la mejilla con la nariz. —Gracias por no dejarme morir solo en la cena. Samantha solo le sonríe, sin moverse. Era como si algo dulce y cálido se hubiese instalado en el aire. Él se fue. Horas más tarde, con la pijama puesta y la cara recién lavada, Samantha estaba en su cama cuando sonó su celular. 📱 Brandon: “Sobreviví a tus padres. ¿Puedo tener mi estrellita?” ⭐ 📱 Samantha: “Te ganaste una. Pequeña. De cartón reciclado.” 📱 Brandon: “Estoy empezando a sospechar que te gusto.” ❤️ 📱 Samantha: “Un poquito. Estoy orgullosa de que no saliste corriendo.” Segundos después, Brandon recibió una foto. Samantha, con una batita suave color lavanda, el cabello suelto y una sonrisa traviesa. No era provocativa, pero tenía esa intimidad honesta que derrite el pecho. Brandon casi se atraganta con la pasta dental. 📱 Brandon: “Me vas a matar. Así no se juega. 😳🔥” 📱 Samantha: “Te la ganaste. Por buen comportamiento.” Brandon no se quedó atrás. Se fue al espejo, se pasó la toalla por el cabello húmedo, y se tomó una foto sin la parte de arriba del pijama, mostrando sus hombros marcados y la cadena de plata que siempre llevaba al cuello. 📱 Brandon: “Justo castigo. Ahora estamos parejos. Buenas noches, princesa.” 💙 Samantha soltó una risita, abrazó la almohada y respondió con un último mensaje: 📱 Samantha: “Buenas noches, mi panda sin camisa.” 🐼🐼💤 Llega el lunes y luego de un día de trabajo, Brandon entró a su apartamento al final del día con el cansancio en los hombros y el celular vibrando por la quinta vez. Apenas cerró la puerta, la voz de su padre retumbó desde la sala: —¡¿Por qué carajos no respondes el teléfono, mocoso?! ¡Te llamé diez veces! —Papá, estaba trabajando... —¿Y el dinero que te pedí? ¿Dónde está? ¿Acaso te olvidaste quién pagó tus estudios, ah? ¿por quién eres un Ceo respetado? —No tengo por qué darte más dinero. Te envié hace dos semanas. —¡Eso no alcanza ni para cigarros! —gritó el hombre, dándole un empujón a Brandon que tropezó con el respaldo del sofá—. ¡No me hables así, mocoso malagradecido! La puerta del condominio se abrió justo en ese momento. Samantha, con los auriculares puestos y el bolso al hombro, subía como siempre las escaleras de su edificio. Pero se detuvo. Las voces salían del departamento de Brandon. Voces duras, golpes. Su corazón se aceleró. Ella entró a su edificio. Se acercó sigilosamente y vio por su balcón el momento en que su padre lo golpeaba en el rostro con la palma abierta y lo empujaba contra la mesa. Él solo trataba de esquivarlo. Samantha dejó caer la cartera con un golpe seco. Corrió a la cocina, y tomó una canasta de frutas de la isla del desayuno de su cocina, la primera cosa que encontró, y volvió al piso de Brandon. Corrió escaleras abajo y cruzó el pasillo a toda velocidad. Su plan era simple: hacer creer que era una visita casual. Respiró profundo. Tocó el timbre con una sonrisa fingida. El padre de Brandon abrió. Un hombre de rostro duro, ojos rojos de rabia y con el cuerpo aún en tensión. —Buenas tardes —dijo Samantha con voz dulce—. Soy Samantha, la “dueña” del condominio. Solo pasaba a dejar esta frutita para agradecer la estancia de mis inquilinos aquí. Vivo en el piso de arriba ¿hay algún problema? El hombre se irguió al instante. —Oh... qué amable. —Miró detrás. Brandon estaba en el suelo, sujetándose el costado—. Este niño estaba... mal portado. Solo lo estaba corrigiendo. —Claro, claro —responde ella con una sonrisita encantadora—. Solo recuerde que los vecinos se quejan por los ruidos. Preferimos mantener un ambiente pacífico. ¿Podría bajar un poco el tono la próxima vez? El hombre traga en seco. Se alisa la camisa. Brandon alza la cabeza y la ve, se siente muy avergonzado. —Claro, señorita. Perdón por las molestias. Brandon, ya sabes lo que tienes que hacer. Cuando te pida dinero, me lo mandas. Punto—le murmura. Y salió sin mirar atrás. Samantha cerró la puerta, dejó caer la canasta sobre la mesa y corrió al lado de Brandon. —¿Brandon? ¿Estás bien? —He tenido mejores días —gruñe él, con media sonrisa torcida por el dolor. Sus feromonas estaban alborotadas y las feromonas de su padre imperaban en el ambiente. Ella fue por hielo sin esperar respuesta, abrió su congelador sin permiso, envolvió cubos en una servilleta de tela y se lo aplicó con cuidado. —Otra vez va a tener que decir en la oficina que no puede ir —murmura ella. —No es la segunda vez —susurra Brandon, con la mirada clavada en la mesa—. Es la décima. Él siempre aparece cuando pierde en los casinos. Siempre que se queda sin dinero, viene a buscarme. No le importa si me parte la cara, mientras le pague la deuda. Samantha se quedó en silencio un momento. —Tú eres tan bueno con todos… ¿Quién te cuida a ti? Tú eres un buen hijo. Otro le hubiera partido la quijada a tu padre. Brandon baja la mirada. No responde. Ella le toma la mano, firme. —Estoy en problemas. Los días que siguieron al incidente con el padre de Brandon fueron especialmente duros para Samantha. Brandon se dio de licencia médica por algunos días. Las mujeres del equipo, lideradas en silencio por Imaray y secundadas por otras resentidas, empezaron a jugar sucio. Le cambiaban los archivos, dañaban las presentaciones, e incluso sabotearon una de sus hojas de cálculo clave. Samantha, sin pruebas y sin ganas de hacer drama, lo rehacía todo sin quejarse. Una noche salió de la oficina cuando ya el conserje apagaba las luces y los pasillos estaban vacíos. Pero nada la detenía. Era la semana de la gran competencia anual de proyectos, y ella tenía una misión: ganar. Aunque tenía el título que no había aceptado de líder de equipo sabe que debe entregar un excelente trabajo. Cuando por fin se dio el día, todos estaban tensos. Los jefes circulaban por las oficinas, los líderes daban discursos motivacionales, y se respiraba un aire de guerra. Cada equipo debía presentar su proyecto frente a un jurado compuesto por los altos directivos… y el mismísimo CEO, quien entregaría en persona la insignia de liderazgo al ganador. El proyecto de Samantha fue aplaudido. Limpio, sólido, brillante. No había dudas. Ella era la favorita. Alguien la guió a una oficina privada donde, supuestamente, se vería con el CEO para recibir instrucciones finales antes del anuncio oficial. Cuando abrió la puerta, vio a Brandon sentado frente al gran escritorio de madera oscura, hojeando una carpeta con unas gafas y una mascarilla sobre el escritorio. Aunque estaba recuperándose tomaba precauciones para no ser visto. —¿Brandon? —frunce el ceño—. ¿Qué diablos haces aquí? El CEO va a venir en cualquier momento. —Sí. Justo estoy esperando por eso. Supe que ganaste. —¡Pues sal de ahí! —dijo nerviosa—. Este es un asunto serio. ¡Van a nombrar al líder del equipo ganador! ¡Tu equipo también hizo un buen trabajo en tu ausencia! Brandon se levanta, la mira con una sonrisa entre traviesa y emocionada, y se acerca. —¿Y qué harías si te dijera que el CEO… ya llegó? —¿Qué? —rió Samantha, sarcástica—. No relajes, Brandon. No estoy para bromas. Él se giró hacia la silla ejecutiva, se sentó con tranquilidad, y sacó de un cajón una insignia de líder de equipo con el logo de la empresa grabado en oro. —Samantha… —dijo con voz firme—. Lo estás viendo. Yo soy el CEO. Samantha se queda congelada. —No… No. No puede ser. Tú… tus gafas, tu ropa… tú no pareces un CEO. ¡Tú comes pasta fría en la sala de descanso conmigo! Brandon sonríe. —Y también camino contigo hasta la máquina de café. Te dejo notitas en forma de cisne. Y me enamoré de ti sin que supieras quién era yo en realidad. Samantha retrocede un paso. —¿Me mentiste? —Te mostré quién soy. Solo que sin el título y de forma lenta y pausada —dijo levantándose—. No quería que te gustara por mi dinero, ni por mi puesto. Quería que fueras tú. La de verdad. Y lo fuiste. Incluso cuando todos te hicieron la vida imposible, brillaste. Samantha… este puesto es tuyo. Te lo ganaste. Ella lo mira, temblorosa. Él dio un paso hacia ella, con la insignia en la mano. —Pero si después de esto quieres patearme el culo… también lo entenderé. Samantha seguía en la oficina privada, con la mirada fija en Brandon. La insignia de líder de equipo aún colgaba entre los dedos de él, pero ella no la tomaba. El aire era tenso, cargado de emociones que ni siquiera sabían cómo nombrar. —¿Por qué me mentiste? ¿Nadie sabe que eres ceo?—repite con un tono más bajo, más dolido. Brandon respira profundo y deja la insignia sobre el escritorio, con delicadeza. —No te mentí… —dijo con los ojos puestos en ella—. Solo omití una parte. No porque quisiera jugar contigo. Samantha, yo… me cansé de ver cómo la gente me trataba distinto por el título. Cómo se acercaban por interés, cómo nadie me hablaba sin pensar en lo que podía obtener. Llevo esta vida desde hace muchos años. Samantha no dijo nada. Solo lo escuchaba. —Entré a mi empresa como CEO desde joven —continua él—, por herencia y por preparación. Pero no fue hasta que me mezclé entre los empleados que entendí lo que realmente pasaba en mis pisos, cómo era el ambiente laboral, quiénes trabajaban con el alma… y quiénes solo aparentaban. Samantha cruza los brazos, procesando. —Entonces… ¿todo esto fue un experimento social? ¿Estabas espiando a todos? —No. Yo estaba escapando —dijo con sinceridad—. Solo Hamlet y Natalie saben la verdad. Hamlet porque es mi mejor amigo y mano derecha, y Natalie porque es mi secretaria personal y mi amiga desde antes de yo heredar la empresa. El resto del personal solo cree que soy un líder de equipo más. —¿Y por qué seguir con el disfraz? —pregunta ella con amargura—. ¿Por qué no decir la verdad después de conocernos? Brandon se acerca un poco. —Porque tú fuiste la primera que me vio sin el filtro del poder. Me hablaste como a un igual. Me hiciste sentir humano. Me defendiste de Imaray sin saber quién era yo. Cocinaste conmigo en el microondas de la sala de descanso. Me hiciste reír. Me hiciste sentir… querido. Me presentaste a tus padres y eso me calcomía. Ella baja la mirada. Su pecho dolía. —¿Y qué esperas ahora, Brandon? ¿Que lo acepte sin más? —No. Espero que me conozcas mejor. Esta vez con la verdad sobre la mesa. Se hizo un silencio pesado. Brandon recogió la insignia y se la extendió otra vez. —Te lo ganaste. Con talento, esfuerzo y aguante. Este puesto es tuyo. Y si decides que también quieres conocer al Brandon CEO… estaré aquí. Si no… igual te seguiré admirando desde la distancia. Ella tomó la insignia con manos temblorosas. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no cayó ninguna. —Me cuesta imaginar lo que sucede ahora, Brandon. Lo sabes. —Y no te voy a presionar. No quiero que me elijas por lo que tengo, sino por lo que somos cuando estamos juntos. Lo que le dije a tus padres es todo verdad. Ella asintió, sin decir nada. Guardó la insignia en el bolsillo y se giró hacia la puerta. Antes de salir, lo mira de reojo. —Dile a Natalie que quite mi nombre del itinerario. Ya sé en qué oficina debo estar. Y salió. Brandon, solo, sonrió con tristeza… pero también con esperanza.
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