Conociendo a los suegros

1764 Words
Era sábado por la tarde y Samantha se encontraba en el balcón regando sus plantas con una pinza sujetándole el cabello. Llevaba una camiseta amplia con la palabra NO en letras rosadas y shorts cómodos. De fondo, su madre Beatriz cortaba fruta en la cocina mientras su padre, Raúl, leía el periódico con unas gafas demasiado grandes para su cara. —¿Tú crees que Brandon vendrá hoy? —pregunta Beatriz sin levantar la vista. —¿Y por qué habría de venir? Hoy es día libre en la empresa, él debe estar descansando en su casa o debe estar fuera porque las luces están apagadas—responde Samantha con tono de “ni me lo recuerdes”. —Porque ese hombre viene más que el repartidor del gas. Algo trama. Claudia ya me contó que se la pasa acosándote. Raúl gruñe desde el sillón. —Más le vale que venga con intenciones serias o lo saco a escobazos. Esta vez sí. Samantha se rió sin tomárselo en serio… hasta que sonó el timbre. Ding dong. —¿Y ahora quién será? —dijo Beatriz, limpiándose las manos en el delantal. Samantha abrió la puerta y se quedó en shock. Brandon estaba allí. Pero no como cualquier otro día. No. Esta vez venía cargado como Santa Claus en descuento. —¡Hola! —dijo, emocionado—. No sabía si te gustaban más los peluches, las orquídeas, las perlas o el chocolate… así que traje todo. Pasé horas eligiendo. En sus brazos, un peluche de panda gigante lo hacía ver como un niño de cinco años. A un lado colgaban dos orquídeas en macetas elegantes, en el cuello llevaba colgado un collar de perlas metido en una bolsita aterciopelada, y bajo el brazo, una caja de chocolates tamaño industrial. Samantha se quedó paralizada. —Brandon… ¿por qué traes todo eso? —Bueno… es sábado, tu balcón tiene plantas, dijiste que te gustaban las cosas dulces y… este panda tiene cara de necesitar amor. Es lo único que podrás abrazar en mi ausencia. Antes de que ella pudiera responder, se escuchó una voz firme desde el interior. —¿Quién es, mija? Brandon se enderezó. —¿Quién…? —repite como si necesitara confirmar si había oído bien—¿Es tu madre de nuevo en una video llamada? Beatriz apareció en la puerta con un cuchillo de cocina en mano, y Raúl detrás de ella, con cara de sospecha absoluta y sin quitarse las gafas de aumento. —Ah, claro, es él —dijo Beatriz cruzándose de brazos—. El del acoso. —Buenas… tardes —tartamudea Brandon. —¿Vienes seguido por aquí, muchacho? —pregunta Raúl con voz grave. —No tan seguido como quisiera, señor. Un placer conocerlos. Samantha cerró los ojos con desesperación. —¡Ay Dios mío, trágame tierra y escúpeme en Tokio! Beatriz le quita el panda de los brazos. —Este panda está bonito. ¿Es tuyo, o es para mi hija? —Es para ella, señora. —¿Y estas orquídeas? —También. —¿Y el collar? —También. —¿Y el chocolate? —También. —¿Y tú qué intenciones tienes con mi hija? Brandon traga saliva y con una sonrisa nerviosa dijo: —Honestamente, señora… quiero que sea mi novia. Y después… bueno, ya veremos si me deja seguir viniendo con flores en vez de pandas. La veo como la futura madre de mis hijos después de la boda. Beatriz lo mira por unos segundos. Luego, mira a su esposo. Y por primera vez en media hora, Raúl sonríe apenas un poco. —Al menos es honesto, me agrada —dijo, y volvió a su sillón. Beatriz suspira. —Pues, pasa, muchacho. Pero te advierto que si haces sufrir a mi hija, te entierro con tu panda y tus perlas. Brandon asintió como niño regañado, y entró al departamento como si cruzara la frontera del infierno. Samantha lo miró con los ojos como platos. —¿Qué parte de no vengas sin avisar no entendiste? —Disculpa, solo quería sorprenderte y el sorprendido soy yo—responde él con una risita nerviosa—. Pero… traje chocolate, así que eso compensa… ¿no? Samantha lo mira seria por dos segundos… y luego estalla en risa. —Estás loco, Brandon. —Por ti. ¿Eso cuenta? Brandon seguía de pie con los chocolates en una mano, las orquídeas en la otra y el collar colgando de su dedo meñique. Samantha, sonrojada hasta las orejas, se acerca, le quita todo de golpe y murmura entre dientes: —Estás loco, pero gracias… ya me encargo yo. Se soltó el cabello de la pinza, lo agitó como una comercial de shampoo y se metió en la cocina junto a su madre. Beatriz, con una sonrisa cómplice, le pasó una cuchara: —Ve removiendo el arroz, hija, que hoy tenemos noviecito en la mesa. —¡Mamá! Mientras tanto, Brandon, al borde de un mini infarto emocional, se sentó con torpeza junto a Raúl, el padre, quien lo miraba de reojo sin dejar de ver el documental sangriento sobre cómo degollar un cerdo con técnicas tradicionales vietnamitas. —¿Sabes desollar? —pregunta Raúl, sin apartar la vista del televisor. —Eh… no, señor. Pero puedo aprender si hace falta —responde Brandon, ajustándose las gafas gruesas que empezaban a deslizarse por el sudor. Justo en ese momento, la puerta sonó de nuevo. —¡Claudia, ya era hora! —grita Samantha desde la cocina al verla. La amiga irrumpió como un huracán, con dos botellas de vino, brillo en los ojos y con cara de sorpresa al ver a Brandon. —Hola, jefe. —Fuera de la oficina solo soy Brandon. —Ahh...se puso más serio jefecito...digo Brandon. Bienvenido, aunque imagino que vino sin anunciarse. —Gracias. —Vamos, baby. Esta noche no te me escondes detrás del arroz —le dijo a Samantha—. Te quiero bonita. ¡Vestido floral, sandalias y esa cola alta que te hace ver como una diosa tropical! —¿Claudia, por qué tú sabes más de mi ropa que yo? —gruñe Samantha mientras se dejaba arrastrar al cuarto. —Regresamos en un rato. Media hora después, Samantha reapareció con un vestido floral que se movía como pétalos al viento, unas sandalias sencillas, la cola alta y el rostro con un toque de brillo que Claudia le había aplicado a la fuerza. Brandon, al verla, casi se atraganta con el vino que apenas había tocado. Beatriz aplaude. —¡Ay, pero qué bella está mi hija! Aunque no hacía falta para este aquí, mira que vino hasta con panda y se lleva la mejor vista. Vengan a sentarse, la cena está lista. —¡Mamá, por favor! —susurra Samantha. La mesa estaba servida: arroz con coco, ensalada de aguacate, pollo y pescado horneado, tostones y vino. Todo olía tan bien que hasta Brandon olvidó por cinco segundos que lo iban a destripar… verbalmente. Y entonces empezó el interrogatorio. —¿Dónde trabajas, Brandon? —dispara Beatriz. —En una empresa de tecnología. —¿Qué haces ahí? —Lidero proyectos, coordino equipos, organizo operaciones. —¿Cuánto cobras? Brandon se atraganta con un trozo de plátano. —Eh… unos diez mil al mes. Raúl silba. —¿Diez mil y no eres narco? —¡Papá! —No, no. Todo bien, solo pregunto, las cifras así me impresionan —se justifica Raúl. Beatriz entrecerró los ojos. —¿Tu tipo de sangre? —O positivo. —¿Cuántas novias has tenido? Brandon baja los ojos. —Tres. Pero ninguna como su hija. —¿Cómo se llama tu lobo? —Klas. —¿Qué te agrada? —El orden, la lealtad, las personas que no usan la debilidad como escudo. —¿Qué no te agrada? —Las mentiras. La manipulación. Samantha dejó de masticar por un momento. —¿Y por qué te gusta mi hija? —pregunta Beatriz, dándole un sorbo largo al vino. Brandon sonríe. —Porque es ella. Porque no se disfraza. Porque puede estar con mascarilla de pepino, con cara de querer asesinarme… y aún así, me gusta. Claudia aplaude bajito. Beatriz asiente con una ceja levantada. —¿Comida favorita? —Lasaña. —¿Padres? Brandon baja la mirada y se limpia las manos con la servilleta. —Divorciados desde que era niño. Mi mamá vive en San Francisco, mi padre en Denver. Casi no los veo. Beatriz asintió con suavidad, bajando la guardia un poco. Samantha, sin embargo, lo mira con cierta curiosidad. —¿Y a qué se dedican ellos? —Ella tiene una librería en el centro, está casada con otro hombre alfa. Él es economista, aunque no le va bien en los negocios. Y justo ahí… Brandon sintió el nudo en el pecho. Había dicho casi toda la verdad. Pero había ocultado lo más importante. Él era el CEO. Él era el jefe máximo. Y no podía decirlo aún… aunque eso empezaba a dolerle más de lo que esperaba. Samantha lo mira sin sospechar nada. Sonríe y le pasa más pollo. —Come, que si no hablas más, se lo damos al panda. Brandon ríe. Pero por dentro… su lobo le gruñe bajito. No era el momento de decirlo. Pero pronto tendría que enfrentarlo. Porque no quería perderla por una mentira por omisión. La cena terminó entre risas, más vino del que Samantha hubiera aprobado, y Claudia enseñando cómo bailar bachata con un tenedor de pollo como micrófono. Brandon había sobrevivido. Sudado, tenso y con el alma vuelta trapo, pero no salió corriendo. Al levantarse de la mesa, Raúl le dio una palmada en la espalda que casi lo manda contra el aparador. —Buen muchacho. Te aguantaste el fuego con estas mujeres, te ganaste mi respeto. Brandon sonríe con cortesía. —Gracias, señor Raúl. —Nada de señor, dime Raúl. Y ya que pasaste la prueba, te invito a pecar con nosotros el domingo de la próxima semana. Brandon parpadea. —¿Perdón? —¡Un campin’! Fogata, pesca, carne asada, una que otra cervecita… Nada mejor que pecar en familia antes de volver a la vida aburrida, solo vinimos por un corto tiempo. —Oh… claro. Me encantaría. Samantha lo mira con una mezcla de horror y ternura. —Pobre de ti —le murmura mientras lo acompañaba hasta la puerta. —¿Qué? ¿Pescar no suena bien? —No sabes lo que dices. Mi papá pesca con cuchillos, no cañas.
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