Samantha llegó temprano al trabajo con la carta doblada cuidadosamente en su bolso.
Era la licencia médica de Brandon, escrita por el médico privado. Gracias a los medicamentos y a que no hubo fractura, Brandon estaría bien, pero igual debía guardar reposo por unos días hasta que se le baje la hinchazón y se le quite el hematoma.
Ella no podía evitar pensar en cómo terminó todo. No solo lo había besado (o él a ella, más bien), sino que lo había visto vulnerable, con el rostro amoratado y el orgullo herido por culpa de un padre que usaba su dominio como un látigo. ada vez que se le antojaba.
Camino al área de trabajo, Hamlet la saludó con una sonrisa amable.
—¿Todo bien, Sam?
—Sí —respondió con una sonrisa ensayada—. Por cierto, Brandon me pidió que te entregara esto.
Le pasó la carta. Hamlet la leyó por encima y asintió.
—Gracias por traerla. ¿Te la mandó por correo o...?
Samantha se tensa.
—No... vivo cerca. Lo vi cuando salía y me la dio.
Hamlet no pareció sospechar. Era tan centrado que no cuestionaba nada a menos que oliera a catástrofe.
Pero Imaray no era Hamlet.
Durante el almuerzo, en el baño del segundo piso, donde las mujeres solían retocarse y soltar chismes, Imaray la interceptó justo cuando Samantha se echaba perfume detrás de las orejas, cuando escucho por ahí que ella había traído la licencia médica de Brandon.
—¿Desde cuándo tú eres la secretaria de Brandon? —pregunta Imaray cruzándose de brazos, clavándole sus ojos en el reflejo del espejo.
Samantha sonríe sin mucha convicción.
—No soy su secretaria. Solo... vivo cerca. Me pidió el favor, lo vi salir del edificio.
Imaray ladea la cabeza, analizando cada gesto, cada pestañeo.
—¿Y justo lo ves cuando sale? Qué casualidad... y justo cuando él está libre una semana, tú traes la carta. ¿Acaso eres millonaria para vivir en su vecindario o lo estás acosando? ¿Sabes? Tú siempre me pareciste tranquila, pero no ingenua.
—¿Acaso estás borracha? ¿Qué estás insinuando? ¿Por qué no puedo vivir en su vecindario de manera lógica y normal?—pregunta Samantha, con la voz tensa.
—Que hay algo raro. Él no le da la carta médica ni a su sombra, y tú la traes como si nada. —Se acerca un paso más—. ¿Estás acostándote con él por un aumento?
Samantha traga saliva. No podía decirle la verdad. No podía decir que lo vio siendo golpeado por su padre, ni que durmió en su cama, ni que lo había besado, ni que sus lobos se hablaban como si ya fueran pareja desde hacía siglos.
—No, no estoy saliendo con él. Solo me pidió el favor. Y no tengo que ser rica para vivir en ese vecindario una amiga mía me hizo las gestiones del apartamento sin siquiera saber que mi jefe vive allí.
—¿Y cómo se golpeó? Porque eso no fue una caída. Tiene el pómulo morado y la mandíbula inflamada. Yo lo vi en una videollamada.
Samantha improvisó con rapidez:
—Me dijo que se cayó en las escaleras internas del edificio. Lo vi con hielo en la cara. No pregunté mucho. Si tienes curiosidad ve y pregúntale directamente en vez de estar haciendo conclusiones...eso no es profesional.
Imaray se queda en silencio por unos segundos. Luego sonríe con una mueca torcida y se echó brillo labial.
—Bien. Pero no te equivoques, Samanthica. Brandon es un alfa con historia. Las chicas se pelean por él. Y si te metes sin saber cómo se juega, vas a salir herida, sin trabajo y en boca de todos.
—No me estoy metiendo con nadie, Imaray, así que ubícate y atiende lo tuyo—dijo firme.
—Más te vale.
Imaray salió del baño con su perfume empalagoso como única despedida. Samantha respiró hondo y apoyó las manos en el lavabo.
—Tranquila, Thy... no la muerdas —murmura para sí misma, sintiendo cómo su loba bufaba por dentro.
El resto del día pasó más lento de lo normal. El ambiente en la oficina estaba cargado, y Samantha notaba cómo las miradas de Imaray, Camila y hasta Claudia a veces se volvían hacia ella con una mezcla de curiosidad y sospecha. Solo Natalie parecía inmune al cotilleo general.
Esa noche, de vuelta en su departamento, Samantha se tumbó en el sofá con una taza de té. Su teléfono vibró.
📱Mensaje de Brandon:
¿Cómo te fue hoy?
📱Samantha:
Entregué la carta. Hamlet no dijo nada, pero Imaray sospecha.
📱Brandon:
¿Qué dijo?
📱Samantha:
Que si soy tu secretaria o tu amante.
📱Brandon:
Qué ego tan inflado tiene esa mujer. ¿Estás bien? No le hagas caso, solo está falta de atención.
📱Samantha:
Sí, yo solo nerviosa. No me gusta mentir.
📱Brandon:
Me encantaría que no tuvieras que hacerlo. No quiero que sepan nada de mi vida privada. Y no quiero desconcentrar al grupo de los próximo proyectos. El chisme desconcentrar bastante.
📱Samantha:
Lo entiendo. Y... gracias por confiar en mí. Aunque no lo parezca, lo agradezco. Aunque al principio pensé que eras un nerd rarito. Lo digo porque no seguiste besándome y te detuviste.
📱Brandon:
Thy no quería que te besara, ¿verdad?
📱Samantha:
No... ella sí quería. Todo esto es nuevo para mi.
Hubo una pausa. Luego, otro mensaje:
📱Brandon:
Me haces bien, Samantha. Aunque no lo sepas.
Ella suspiró, cerró los ojos y abrazó el celular contra su pecho.
Al día siguiente, todo sería aún más complicado.
El reloj marcaba las 8:17 de la mañana cuando Samantha cruzó la puerta de la oficina con una bandeja de café en una mano y su bolso en la otra. Llevaba el cabello recogido, su blusa bien planchada y una sonrisa profesional que apenas sostenía. Sabía que no sería un día fácil. Algo en el aire le decía que el ambiente estaba… contaminado.
Y tenía razón.
Apenas entró al área común, notó que Clarisa y Camila cuchicheaban en voz baja junto al dispensador de agua. Ambas se callaron al verla, pero sonrieron con fingida simpatía.
—Buenos días, Sam —dijo Clarisa, exageradamente dulce.
—Buenos días —respondió ella con tono neutro.
Imaray apareció a los pocos minutos, como si esperara su entrada para hacer su gran show del día. Llevaba un vestido rojo ajustado, el cabello suelto en ondas suaves y labios color vino. Caminaba con el aplomo de una reina y la sonrisa de una víbora.
—¡Chicas! —canturreó, juntándose con Clarisa y Camila—. Les tengo un chisme calientito.
Las otras dos casi se atragantan con el agua.
—¿De Brandon? —pregunta Camila, como si ya supiera la respuesta.
Imaray se encoge de hombros con falsa modestia anticipando lo que esa intenta contar.
—Bueno... anoche me escribió mucho. —Hizo una pausa teatral—. Está mejor, dice que ya casi regresa a la oficina.
—¡¿Te escribió?! —salta Clarisa—. ¿Y qué te dijo? ¿Todo bien?
—Más que bien. —Imaray alzó las cejas—. Me dijo que me extrañaba por aquí, que era una lástima estar enfermo y no poder verme. Y... bueno... me insinuó que quiere salir conmigo cuando vuelva.
Camila dio un grito ahogado.
—¿En serio? ¿Una cita?
—Tal vez más que eso —murmuró Imaray, mirando disimuladamente a Samantha que fingía estar concentrada en su computador—. Me dio a entender que quiere algo serio, formal.
—¿Te va a pedir que seas su novia? —dijo Clarisa con ojos como platos.
—Eso creo. Pero no quiero apresurarme. Ya saben cómo es Brandon... todo un caballero, pero tan reservado. Aunque conmigo se está abriendo mucho.
Camila casi le aplaude.
Samantha apretó la mandíbula, manteniéndose callada. Mentira tras mentira, pensó. Brandon ni siquiera usaba el celular mucho desde que estaba recuperándose. El día anterior apenas le había respondido a ella por w******p. Y ahora esto.
"Respira, Sam", se decía a sí misma, mientras su loba se revolvía en su interior queriendo rugir de indignación.
Pero Imaray no había terminado su función.
—Ah, y me mandó un emoji de corazón rojo. —Le mostró la pantalla bloqueada de su teléfono, donde no se leía nada—. Fue a medianoche. Qué tierno, ¿no?
Clarisa suspiró.
—Ese hombre es tan misterioso... pero contigo, Imaray, se ve que está aflojando. ¿Y no es raro que justo tú trajiste la carta médica?
—Ay, eso fue casualidad —dijo ella sin perder el ritmo—. Vivo cerca, me la pasó y me pidió que se la entregara. Fue un gesto de confianza. Y de cariño, claro.
Samantha se tragó una risa seca. Sí, claro, cariño con puñetazo incluido y moretón en la mandíbula, pensó.
En la sala de reuniones, Natalie entró con su carpeta, se detuvo un momento y las miró de reojo.
—¿No tienen trabajo ustedes?
El trío se dispersó de inmediato, pero no sin antes lanzarle una última mirada a Samantha, como si fueran las dueñas de una verdad que ella desconocía.
Natalie se acercó a ella mientras pasaba.
—¿Todo bien, Sam?
—Sí —dijo en voz baja—. Solo… historias.
—Ajá. Me avisas si esas historias se pasan de la raya. Ya sabes a lo que me refiero.
Samantha asintió agradecida.
A media mañana, recibió un mensaje de Brandon.
Brandon:
¿Cómo va todo en el circo?
Samantha:
La reina del drama ya empezó con sus funciones. Según ella, tú le mandaste un corazón y la vas a invitar a salir.
Brandon:
¿Un corazón? ¿Qué tipo de droga consumen en esa oficina?
Samantha:
La tuya se llama Imaray y es legal. Aunque debería estar en revisión por sanidad.
Brandon envió un emoji de risa.
Brandon:
🤣
Me alegra que lo tomes con humor. Pero si te incomoda, dime. Puedo aclararlo.
Samantha:
No. Me incomodaría más que se dieran cuenta de que estuve en tu casa y vi lo que vi.
Brandon:
Entonces la reina del drama seguirá reinando. Por ahora. Pero te prometo algo: yo sé muy bien quién está y quién no está mintiendo.
Samantha sonrió, cerrando el celular y apoyando la cabeza en su mano.
El día seguía lleno de murmullos, rumores y miradas, pero ella ya no se sentía tan desarmada.
Porque al final, las mentiras son como el perfume barato: al principio invaden todo, pero siempre se terminan desvaneciendo.