Una pequeña espía.

1668 Words
El reloj marcaba las 10:02 a. m. y el murmullo en la oficina era más agudo de lo habitual. Algunos fingían trabajar, otros se asomaban disimuladamente por el pasillo. Pero Samantha, sentada en su escritorio, ni se percató. Estaba revisando unos informes mientras su loba dormía tranquila en su interior, exhausta de tanta tensión acumulada. Cuando su loba descansaba, su percepción bajaba. Los sentidos se nublaban, y los aromas, las energías… pasaban inadvertidas. Así que no lo olió entrar. No sintió la vibración alfa recorriendo el ambiente. Ni siquiera notó el sutil silencio que se hizo cuando Brandon Lefévre cruzó la puerta principal de la oficina con paso firme, una mascarilla, una gorra y lentes oscuros, el rostro aún levemente amoratado, pero más desafiante que nunca. Tampoco vio cuando todos lo saludaron con asombro, ni cuando Natalie casi se atraganta con su café al verlo aparecer sin previo aviso solo para firmar unos documentos. Samantha simplemente seguía hablando de espaldas, sin saber que lo tenía a escasos pasos. —Hamlet, si ya firmó los documentos, necesito que me los devuelvas para llevarlos al archivo. Y dile a Imaray que no me vuelva a mandar esas carpetas mal ordenadas, por favor. No estoy para... —¿Siempre hablas así de mí a espaldas, o solo cuando crees que no te estoy mirando? —dijo una voz profunda y cargada de sarcasmo. Samantha se congeló. Reconoció de inmediato el tono. Su cuerpo entero reaccionó. Su loba abrió un ojo adentro, como despertando con el zarpazo de una tormenta. Se giró lentamente y ahí estaba él. Brandon. De pie frente a ella, con una leve sonrisa torcida, con su chaqueta abierta, sin corbata, y los ojos fijos en los suyos. —¿Tú… ya estás aquí? —pregunta con torpeza, como si no fuera obvio. —Sí. ¿Te molesta? —pregunta él con picardía. Ella negó, aún desconcertada. —Solo que no te esperábamos tan pronto. —Ya me sentía inútil en casa. Y tenía... cosas que hacer, la entrega está a la vuelta de la esquina...además te extrañé. ¿Tomamos un café? Antes de que ella pudiera procesar el subtexto de esa frase, Imaray apareció como una aparición del inframundo. Rápida, perfumada y sonriente. —¡Brandon! —exclama—. ¡Qué alegría verte! ¡Estás mucho mejor! Bienvenido. Él no apartó la vista de Samantha, pero respondió con un seco: —Gracias, Imaray. Ella se acercó, estirando los brazos como si esperara un abrazo, pero Brandon no se movió. Solo la miró con una ceja arqueada, como quien analiza una amenaza menor. —¿Podemos hablar un momento? —le dijo ella, con voz de terciopelo venenoso. Él suspira, como si eso fuera una carga. —Sí, claro. Se alejan hacia una de las salas de reuniones. Samantha suspira aliviada... hasta que quince minutos después Imaray sale sola y visiblemente contrariada. Roja como tomate. Y furiosa. Camila y Claudia apenas la ven salir, se acercan como avispas al dulce. —¿Qué pasó? Imaray los fulmina con la mirada. —Ese maldito... está obsesionado con otra. Pero se va a arrepentir. Ya verán. A mí nadie me deja en ridículo. Más tarde ese mismo día, Brandon regresa a su oficina privada. Samantha va a dejarle unos documentos y apenas entra, él le indica con la mano que cierre la puerta. Ella obedece, aunque se siente como una mariposa atrapada en una caja de lobos. Él se cruza de brazos, la mira fijamente. —No quiero que te metas en problemas por mi culpa. Cuidate de nuestra querida compañera Imaray. Samantha parpadea. —¿De qué estás hablando? Brandon se acerca, baja la voz. Su tono se vuelve serio, denso, cargado de una energía lupina que hace que su loba empiece a ponerse de pie dentro de ella. —Imaray vino a confesarse... y luego a reclamarme… porque le dejé claro que no me interesa. Que no me gusta. Que nunca me gustó. —¿Y por qué me estás contando eso? —Porque tú sí me gustas, Samantha. Ella abre los ojos sorprendida. No se esperaba una confesión tan directa, tan pronto. —Brandon... —No. Déjame terminar —dice él, dándole un paso más hacia ella—. Me gustas. Y no pienso esconderlo. Pero sé que esto no es simple. Que estamos en una oficina, que hay chismes, miradas y códigos. Además estamos compitiendo entre nosotros entre proyecto y proyecto. Y sé también que tú tienes tus propios límites. Samantha traga saliva, sintiendo el calor subirle por el pecho. —Y... ¿qué se supone que haga con esto que me estás diciendo? Él se acerca aún más. El tono en su voz cambia. Su lobo se asoma a través de sus palabras. —Haz lo que quieras, pero... la guerra empezó. Porque yo no soy el único que te quiere, Samantha. Y mi lobo no está dispuesto a dar un paso atrás. Ni a rendirse. No todavía. —¿Guerra? —Entre lobos. —Una media sonrisa se dibuja en su rostro—. Tal vez el mío y el tuyo... encajen mejor de lo que tú crees. Samantha se quedó muda. Sabe que se refiere a su amigo. Su corazón latía con fuerza. Su loba, ya completamente despierta, rugía en su interior, confundida, atraída… y al mismo tiempo desconfiada. Brandon, sin esperar una respuesta inmediata, dio media vuelta y volvió a su escritorio como si nada hubiera pasado. Pero todo había cambiado. Y la guerra, como él dijo, acababa de comenzar. Luego de hablar de cosas triviales y hablar el asunto por encima, Samantha volvió a su área. Al siguiente día, la oficina de Brandon estaba en completo silencio, salvo por el sonido de su voz. Samantha, con un fajo de documentos en mano, iba rumbo a entregarlos como de costumbre para poner una fecha para la exposición. Tocó la puerta entreabierta y, al no escuchar una negativa, la empujó suavemente. —Brandon, traigo los... —susurra. Pero se detuvo. Él estaba de espaldas, parado frente a la gran ventana que daba a la ciudad, con el celular pegado a la oreja y sin notar su presencia. —No me jodas, Hamlet... —dijo con voz ronca y cansada—. No estoy bien. ¿Te parece normal que no pueda dormir? No he pegado un ojo desde hace dos noches. Samantha se quedó paralizada junto a la puerta. No quiso interrumpir... pero tampoco pudo irse. Algo en el tono de Brandon la detuvo. Sonaba... roto. —Sí, claro que estoy en la oficina. No quería seguir en casa como un maldito inválido. Al menos aquí finjo que todo está bien. Mi cara ya está mejor. Guardó silencio unos segundos. Samantha apenas se atrevía a respirar. —No, no se trata del golpe. Eso se cura. Se trata de otra cosa. Se trata de que no estoy disfrutando nada mi vida, Hamlet. Ni siquiera cuando la tengo cerca... Samantha parpadea. ¿La tenía cerca? —...y no puedo hacer nada porque si me acerco, la voy a arruinar. A ella. A mí. A todo. No sé en qué momento me metí en esto, pero ya no hay salida. Brandon suspira fuerte, golpeó ligeramente el marco de la ventana con los nudillos. —¿Tú crees que no me doy cuenta que se hace la fuerte? Que pone esa cara de que nada le afecta... pero cuando la veo dormir, cuando se le cae el alma por un segundo... Hamlet, no me jodas, estoy jodido yo. Completamente. Samantha sintió cómo algo se le apretaba en el pecho. ¿Estaba hablando de ella? —Y lo peor es que no sé si a ella le pasa lo mismo. A veces parece que sí. A veces parece que me ve. Y otras... como si solo fuera su rival en el trabajo. ¿Sabes cuánto odio ser líder de equipo? Silencio. —¿Qué? No, claro que no le he dicho eso. ¿Cómo voy a decirle algo si apenas estoy entero? Si ni siquiera puedo besarla sin pensar en que voy a quemarla con todo esto que tengo dentro. No... me lo callo, como un idiota. Como siempre. En ese momento, Brandon se giró. Samantha no tuvo tiempo de moverse. Sus miradas se cruzaron. Brandon se quedó congelado. El teléfono aún pegado al oído. Hamlet seguramente hablando del otro lado sin saber lo que pasaba. Samantha sostenía los papeles con ambas manos, con los ojos enormes. Silencio absoluto. Brandon bajó lentamente el teléfono. —¿Desde cuándo...? —No sabía que estabas hablando... no quise interrumpirte —susurra ella. —¿Cuánto escuchaste? Ella duda. —Desde hace ratito. Brandon cerró los ojos por un momento. Se pasó la mano por el cabello, frustrado. —Genial... —murmura. Samantha se acerca, aún con el corazón latiendo como tambor de guerra. —¿De verdad no estás disfrutando nada? Él la mira, sin máscaras. —No desde que llegaste tú. Ella apretó los labios. Dejó los papeles sobre el escritorio con cuidado. —Pensé que solo estabas... jugando. Como con Imaray, como con todas. —¿De verdad crees eso? Ella lo mira con firmeza. —Tú no eres fácil de leer, Brandon. Él suspira. —Tú tampoco, Samantha. Pero al menos tú no finges que nada te duele. Yo sí. Me trago todo. Hasta lo que me quema por dentro. Hubo un silencio cargado. Ella dio un paso atrás. —Deberías aprender a no tragártelo todo. A veces... hablar ayuda. Incluso cuando no deberías. Brandon asintió con una sonrisa triste. —Supongo que hoy me diste una lección. —O solo te escuché cuando no debí. —Tal vez era el único modo de que te dieras cuenta de lo mucho que me importas. Samantha sintió su corazón temblar. Brandon aún tenía los ojos clavados en ella, esta vez sin una pizca de arrogancia. Solo verdad. Y eso, para Samantha, era más peligroso que cualquier beso.
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