Samantha aún tenía los latidos del corazón galopando cuando decidió salir de la oficina de Brandon. Sus palabras seguían retumbando en su mente como una canción que se niega a morir. Cerró la puerta con suavidad, aún procesando todo, cuando un perfume empalagoso la asaltó de golpe.
—¡Brandon, mi amor! —gritó Imaray al entrar a la oficina sin siquiera tocar.
No piensa darse por vencida.
Samantha apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado antes de que Imaray entrara como un huracán. Llevaba un vestido ajustado rojo que parecía querer competir con su autoestima donde si se agacha se le vería el culö. Se acercó a Brandon como si fuera su pareja de toda la vida, lo abrazó por detrás y, sin pensarlo, le plantó un beso en la mejilla.
Samantha, que aún estaba junto a la puerta, quedó congelada.
Brandon se tensó. Lentamente se soltó del abrazo y se giró, con la mandíbula apretada.
—¿Qué carajos estás haciendo, Imaray? Pensé que ayer habíamos hablado y aclarado todo.
Ella parpadeó, confundida.
—¿Cómo que qué hago? Solo saludándote, bebé...somos amigos tranquilizate.
—¿Desde cuándo yo te he dado esa confianza?
Samantha sintió el impacto de las palabras como un puñetazo... pero no hacia ella.
Imaray, que se esperaba una sonrisa o al menos un guiño, frunció el ceño.
—¿Perdón? ¿Ahora te haces el difícil? Ayer eras amable por mensaje, y dijiste que cuando salieras de la licencia podríamos hablar...
Brandon la mira con una expresión dura, seca.
—Decirte que te agradezco por tus buenos deseos y preocupación fue cortesía. Pero si te estás haciendo películas, bájate de la nube. Yo no te he besado, no te he invitado a salir y menos te he dado permiso para tocarme como si fueras mi novia.
El silencio fue tan espeso que se podía cortar con cuchillo.
Samantha no se movió. Imaray lo miraba, herida y desconcertada.
—¿Entonces todo lo que me escribiste fue…?
—¿Qué parte de “soy cordial con mis compañeras” no entendiste?
Imaray hizo una mueca, giró para irse... y se congeló al ver a Samantha. Pensó que iba lejos.
—Oh… tú estabas aquí… —susurra.
Brandon ni siquiera se molestó en disimular.
—Sí. Samantha estaba aquí. Y me importa lo que piense mucho más que cualquier tontería que tú puedas armar. Deja de murmurar por los pasillos. Concéntrate en sacar tu trabajo.
Imaray se marchó furiosa, casi empujando a Samantha con el hombro al pasar.
Brandon respiró hondo. Samantha no dijo nada. No podía.
Fue entonces cuando se escuchó un carraspeo en la puerta.
—¿Estoy interrumpiendo una telenovela o todavía puedo disculparme? —dijo una voz aguda y familiar.
Ambos voltearon.
Era Héctor, el amigo de Brandon. Alto, delgado, con el cabello platinado impecable y unos lentes de sol que le daban aires de diva. Llevaba una caja de pastelillos en la mano y una expresión mezcla de culpa y sarcasmo.
—Héctor… —gruñe Brandon.
—Lo sé, lo sé, ¡soy un desastre! —dijo entrando y levantando las manos—. Vine en son de paz. Y traje pastelillos. Uno de mango y otro de culpa. Hola Sami...no te vayas.
—Hola, Héctor.
Samantha no pudo evitar reírse bajito.
Brandon lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Viniste a disculparte por lo del club, de la otra noche?
—Obviamente. —Héctor dejó la caja sobre el escritorio y se acerca—. Mira, lo que dije esa noche fue… impulsivo. Y sí, lo siento. Pero no por lo que dije, sino por cómo lo dije. Sé que no me amas, Brandon, no de esa manera. Y sé que tú solo me ves como un amigo. Lo tengo claro.
Brandon suspiró y bajó un poco la guardia.
—No debiste decirlo delante de todos de esa forma.
—Lo sé. —Héctor baja la mirada, por primera vez sin esa pose de diva—. Fue solo un impulso. Una copa de más. Y bueno… tú estabas bailando, sudado, con esa maldita camisa que me encanta…
Samantha soltó una carcajada sin querer.
Héctor la miró, sonriente.
—Y tú debes ser la famosa Samantha. La que no deja dormir a este pobre hombre, la que lo trae desvelado y con el alma en carne viva.
Brandon le lanzó una mirada asesina.
Samantha se sonrojó hasta las orejas.
—Eh… no creo que sea para tanto…recuerda que somos rivales en el trabajo y debemos dar resultados para el Ceo de la empresa.
—Oh, sí lo es. Créeme, niña. Yo lo conozco. Y nunca lo vi tan... deshecho como esta semana. Rivales o no recuerdo esa chispa en ustedes.
Héctor tomó uno de los pastelillos y se lo ofreció a Samantha.
—¿Mango o culpa?
Ella duda. Luego sonríe.
—Creo que ambas.
Brandon solo negó con la cabeza.
—Esto se está saliendo de control...
—Bienvenido al club, mi amor —dijo Héctor guiñándole un ojo—. Y por cierto, si no la conquistas tú, lo haré yo.
—Ni lo pienses —dijeron Brandon y Samantha al unísono.
Se miraron.
Y ambos sonrieron.
El viernes siguiente, la oficina era una colmena… y no por su eficiencia. Desde el momento en que Samantha cruzó el pasillo principal, las miradas se clavaron en su espalda como agujas invisibles.
—Mírenla, como si nada —susurra Camila desde el cubículo 12.
—Después de todo, si tu rival y favorito del Ceo te da “trato preferencial”, ¿para qué vas a esforzarte? —responde Ángela, cruzando las piernas como si eso la hiciera menos venenosa.
—¡Shh! ¡Ahí viene Claudia!
La rubia con gafas negras se detuvo frente al dispensador de agua y fulminó con la mirada a ambas.
—¿Quieren hielo para ese veneno o se lo van a tomar caliente?
Las dos se quedaron mudas.
Claudia agarró su vaso, dio un sorbo con teatralidad y caminó hacia donde Samantha se acomodaba, fingiendo que no escuchaba absolutamente nada.
—Están diciendo que me gané este trabajo acostándome con Brandon —le soltó Samantha apenas Claudia llegó a su escritorio.
—Bueno, yo también lo escuché… pero tranquila, dicen lo mismo de todas las que están buenas y suben rápido. Lo curioso es que tú sí trabajas.
Samantha soltó una risa amarga.
—No me hace gracia. Me miran como si trajera un cartel que dice “favor especial”. Ya ni quiero entrar a su oficina. Me da vergüenza que crean que…
—Que hiciste algo con él. Pero no lo hiciste, ¿verdad?
Samantha se mordió el labio.
—Claudia…
—¡Lo sabía, hijo'e püta! —rió bajito—. ¿Pasó algo?
—¡Shh! No te voy a contar en el medio de esta jauría. Solo… fue un besito. Y un momento. No pasó nada más.
—¿Lengua?
—¡Claudia!
—Bueno, tenía que preguntar. Porque si fue solo un piquito, no vale. Vamos a comer.
Samantha negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
—Vamos.
Mientras tanto, en la oficina al final del pasillo, Brandon se masajeaba la sien. Aunque ya no tenía moretones tan visibles, su cuerpo aún resentía los golpes... y su alma los silencios.
—¿Hamlet? ¿Samantha dejó los informes del área de marketing?
Hamlet asomó la cabeza por la puerta.
—¿Samantha? Ella los dejó hace rato, jefe.
—¿Hace rato? No la vi entrar…
—Es que… ya casi ni entra. Deja todo en recepción o con Claudia. ¿No lo ha notado? Supongo que no quiere que sepas en qué esta trabajando. Su proyecto debe ser una bomba.
Brandon se quedó en silencio, mirando el monitor pero sin leer nada.
Su lobo rugía dentro de él. Estaba inquieto, molesto, desconectado.
—¿Y no almuerza aquí? —pregunta Brandon con voz baja.
—No, se va con Claudia. Hoy también salió, no hace rato.
Brandon cerró los ojos. No había dicho nada. Ni un mensaje. Ni una mirada. Nada.
Y eso dolía.
En la calle, Claudia y Samantha caminaban con sus bandejas del restaurante chino que quedaba a dos cuadras. El sol pegaba fuerte, pero al menos estaban lejos de las víboras de la oficina.
—¿Y entonces? ¿Vas a seguir así, evitándolo? —pregunta Claudia con un dumpling en la mano.
—No quiero problemas. Brandon no tiene la culpa, pero si me ven cerca de él van a seguir con lo mismo.
—¿Y te importa lo que digan?
—¡Claro que me importa! No quiero que mi trabajo sea una broma. Lo he ganado sola. No me lo regaló nadie.
—Aunque el beso fue regalo divino, ¿no?
Samantha rió, empujándola suavemente con el hombro.
—¡Eres terrible!
—Oye, ¿y si en vez de esconderte como ratón asustado, le enfrentas? ¿Y si le dices lo que pasa?
—Ya tiene muchas cosas en su cabeza. Ni nota cuándo llego o me voy.
—Ah, no. Ahí estás equivocada. Lo nota. Pero se hace el tonto. ¿Sabes cuántas veces lo he pillado viendo hacia tu escritorio cuando tú no estás?
—¿En serio?
—En serio. Ese hombre anda más perdido que Adán en el Día de la Madre. Pero tú tampoco le das chance. ¿Y si le das la oportunidad de defenderte?
Samantha suspira, mirando su arroz con pollo.
—No sé si quiero meterme en más líos. Él puede meterse en problemas con el Ceo y yo igual.
—Ya estás metida, cariño. Mejor enfrentarlos con buena postura y tacos altos.
Samantha soltó una carcajada.
—¿Y tú? ¿Por qué no te metes en más chismes? Siempre saben todo.
—Porque a diferencia del resto, yo tengo vida. Y Netflix. Aunque si quieres hacer una escena dramática tipo telenovela mexicana, yo te sostengo el abrigo mientras gritas “¡Yo lo amo y lo defiendo aunque el mundo se me venga encima!”.
—¡Cállate! —rió Samantha, lanzándole una servilleta—. Lo peor es que sí te imagino gritándolo en el pasillo.
Claudia se puso de pie, fingió levantar el brazo y dramatizó.
—¡Mírenme todos, ustedes envidiosos! ¡Samantha sí besó a Brandon, y lo volvería a hacer porque ese lobo está bien sabroso!
Samantha se tiró encima de ella para taparle la boca entre risas.
Un grupo de oficinistas que salía del mismo restaurante las miró con cara de espanto.
—Lo ves —dijo Samantha, roja—. ¡Ya nos están mirando!
—Mejor que miren que reboten veneno. Anda, comamos que si no regreso contigo a la oficina, Hamlet va a pensar que me secuestraron los de Recursos Humanos.
—¿Otra vez?
—Lo hicieron una vez por llevarme la cafetera sin permiso. ¡Una cafetera! Eso no se olvida.
Samantha rió con más ganas.
Y, por un momento, entre arroz y carcajadas, el dolor de ser el blanco de los chismes se hizo más llevadero.
Aunque en el fondo… el silencio de Brandon seguía doliendo.