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Pacto De Pecado

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intro-logo
Blurb

Para la alta sociedad de Valenoir, ella es solo un despojo. Para el líder del imperio más peligroso del país, ella es una obsesión sin retorno.Astrid Nielsen es la hija bastarda del magnate de la industria farmacéutica Konrad Nielsen. Dueña de una belleza irreal —de tez de porcelana, melena pelirroja y una actitud tan desafiante como magnética—, vive a la sombra de los desprecios de su familia legítima y en constante rivalidad con su hermana Kira, la prometida perfecta ante los ojos del mundo.Alistar Ferrer tiene veintisiete años y el porte impecable de un magnate intachable. Sin embargo, tras la fachada del CEO codiciado de Valenoir, se oculta el mayor traficante y líder de la mafia del país. Pese a que la élite exige que selle su compromiso con Kira para consolidar una alianza multimillonaria, una noche de desenfreno en un club nocturno lo cambia todo.Un encuentro a ciegas donde el deseo salvaje y la pasión se salieron de control une a Astrid y Alistar en un pacto tácito de piel y pecado, sin sospechar quiénes son en realidad. Cuando las máscaras caen en medio de cenas aristocráticas, acuerdos de poder y secretos familiares, la atracción se vuelve inevitable y profundamente peligrosa.Alistar no puede casarse con una hija nacida fuera del matrimonio sin desatar un escándalo, y Astrid no está dispuesta a someterse a las reglas de nadie. En un juego de lealtades divididas, peleas clandestinas y tentación prohibida, ambos descubrirán que las alianzas se firman con papel... pero la verdadera devoción se marca a fuego en la piel.

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Capítulo 1-"El matiz de la tentación"
El aire en Neón no se respiraba; se consumía. El club, incrustado en el corazón más audaz de Valenoir, era una sobrecarga sensorial de bajos retumbando en las paredes de concreto pulido, luces cian que cortaban la penumbra y un aroma denso que mezclaba perfume caro, alcohol de alta graduación y esa electricidad cruda que solo se genera cuando cientos de desconocidos buscan perder el control al mismo tiempo. En medio del tumulto de la pista, la gravedad parecía responder a otro centro de masa. Mi melena pelirroja caía en ondas encendidas sobre mis hombros, resaltando contra la pidez casi irreal de mi piel de porcelana. Llevaba los labios teñidos de un carmesí profundo que desafiaba a cualquiera a mirarlos demasiado tiempo. No estaba allí para encajar con la élite estirada de la ciudad, ni para guardar las apariencias que mi apellido exigía a medias. Estaba allí para celebrar el cumpleaños de Mai, mi mejor amiga, y para recordar que, fuera del círculo de los Nielsen, mi existencia no le debía explicaciones a nadie. —Vaya, Astrid, ese hombre no te quita la mirada de encima y cómo no, si ese rojo en tu cabello y en tus labios se roba el aliento de todos —dijo entre risas Mai, dándome un codazo cómplice mientras la pista de baile vibraba bajo nuestros pies. Seguí la dirección de su guiño sutil. En el segundo nivel, sobre la balaustrada de cristal pulido de la zona VIP, un hombre permanecía erguido. Su figura de un metro ochenta y cinco se recortaba con una elegancia imponente que desentonaba y al mismo tiempo dominaba la atmósfera caótica del lugar. Tenía el porte de un rey sin corona, vistiendo una camisa negra ajustada que insinuaba una musculatura firme y tatuajes sobrios ascendiendo por un costado de su cuello. Pero lo que realmente detenía el aire eran sus ojos: un par de iris celestes, helados y profundos, que me devoraban a la distancia con una fijeza abrumadora. Sonreí con lentitud. En lugar de intimidarme, el peso de su atención encendió una chispa de picardía en mi sangre. Elevé una mano con parsimonia, le aventé un beso al aire con un gesto despreocupado y volví a girarme hacia la música, dejando que las caderas siguieran el ritmo envolvente de los bajos. Mis amigas soltaron una carcajada conjunta, pero la diversión duró apenas unos segundos. Un cambio en la densidad del aire a mi espalda me avisó antes de que me tocara. El hombre de la terraza VIP no había sonreído ante mi provocación; simplemente había bajado las escaleras. Se abrió paso entre la multitud sin empujar, como si la gente se apartara instintivamente a su paso para no chocar contra una fuerza peligrosa. Cuando me giré de nuevo, ya estaba a menos de un metro de mí. De cerca, su presencia era aún más magnética y opresiva. Desprendía un perfume a madera ahoxada y cuero caro que eclipsó por completo el olor a alcohol del ambiente. No dijo una sola palabra. Tampoco hizo falta. Extendió una mano grande, de nudillos fuertes y dedos largos, posicionándola en la curva de mi cintura con una firmeza implacable. Su agarre no pedía permiso; tomaba posesión. Me pegó a su pecho con un movimiento fluido y el calor que emanaba de su cuerpo me atravesó la ropa como un chispazo de alto voltaje. Comenzamos a bailar. El ritmo era lento, pesado, casi erótico. Pegué mis caderas contra las suyas, sintiendo la dureza de sus muslos y la línea rígida de su cuerpo tensándose ante cada uno de mis movimientos. Sus ojos celestes no se apartaron de mis labios carmesí ni un solo instante. Bajó la cabeza apenas lo suficiente para que su aliento cálido rozara el lóbulo de mi oreja, mientras su mano en mi espalda descendía lentamente hacia el nacimiento de mis caderas, apretándome contra él con una posesividad arrolladora que hizo que un cosquilleo abrasador se instalara en mi vientre. —Ese labial es un peligro —murmuró con una voz grave, áspera y tan profunda que reverberó en mi caja torácica. —Solo si no sabes cómo quitarlo —le respondí al oído, rozando el borde de su mandíbula con la punta de mis dedos. Ese fue el punto de no retorno. La tensión contenida entre los dos quebró cualquier margen de autocontrol. Me tomó de la mano y me guió fuera de la pista de baile. Ignoré las miradas de Mai y del resto del club; el mundo exterior se había reducido a la presión de sus dedos entrelazados con los míos y al fuego insostenible que amenazaba con consumirme desde adentro. El trayecto fue una borrasca de penumbra dentro de un vehículo blindado y silencioso, pero la verdadera tormenta se desató en cuanto la puerta de su penthouse en el último piso del edificio más exclusivo de Valenoir se cerró a nuestras espaldas. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos a través de ventanales de piso a techo, pero la habitación principal permanecía sumida en una penumbra dorada. No hubo rodeos, ni preguntas sobre nuestros nombres, ni espacio para la cortesía formal. Éramos dos desconocidos hambrientos, arrastrados por una marea salvaje que ninguno de los dos pretendía frenar. Alistar me estampó con suavidad pero con una fuerza aplastante contra la pared más cercana. Sus labios impactaron contra los míos en un beso hambriento, dominante y feroz. Su lengua buscó la mía con una exigencia que me sacó un gemido ahogado del pecho, saboreando el carmesí de mi labial hasta borrarlo por completo. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una urgencia febril, moldeando mis curvas, subiendo por mis muslos hasta despojarme de la ropa con una habilidad milimétrica. Cuando quedé desnuda ante sus ojos celestes, la luz de la luna llena filtrada por el cristal iluminó la devoción salvaje en su rostro. Mis exuberantes pechos subían y bajaban al ritmo de mi respiración agitada, y él no tardó en inclinar la cabeza para acorralar uno de mis pezones con su boca cálida, succionando con firmeza mientras su mano libre se abría paso entre mis piernas, encontrándome completamente empapada y lista para él. Un jadeo agudo se me escapó cuando sus dedos rozaron mi centro con una presión calculada. Me arqueé contra su toque, clavando mis uñas en sus hombros desnudos mientras él se desprendía de su propia ropa con impaciencia. Me llevó a la enorme cama central. Me situó debajo de él, pero la necesidad de dominio era mutua. Lo empujé por el pecho hasta hacerlo sentarse sobre el colchón y me monté sobre sus muslos, encarando su mirada abrasadora. Su m*****o, grande, grueso y completamente erecto, me rozó la entrada, sacándome un temblor que recorrió toda mi espina dorsal. —Mírame —ordenó él con un gruñido bajo, sujetándome las caderas con ambas manos, sus nudillos blancos por la fuerza del agarre. Le sostuve la mirada sin parpadear y me dejé caer sobre él de un solo impulso. Un dolor agudo y punzante atravesó mi vientre cuando romper la barrera de mi virginidad selló nuestro contacto. Me congelé un segundo, apretando los dientes, pero el choque térmico y la plenitud de tenerlo dentro de mí transformaron el malestar en una ola de placer abrumador casi de inmediato. Alistar soltó un taco entre dientes al sentir la estrechez casi sofocante que lo aprisionaba; sus ojos celestes se dilataron con una mezcla de conmoción absoluta y posesividad desmedida. —Eres mía... —susurró con la voz rota por el deseo, comenzando a elevar sus caderas desde abajo. Comencé a moverme sobre él, marcando un ritmo frenético que devoró la cordura de la habitación. Mis exuberantes pechos rebotaban cerca de su rostro mientras continuaba montándolo con una soltura salvaje; él inclinaba la cabeza hacia adelante para apoderarse de ellos con la boca, alternando mordiscos suaves con lameduras húmedas que me hacían perder el sentido. El choque incesante de nuestra piel resonaba en la estancia, acompañado por mis gemidos descarados y los gruñidos profundos que salían del fondo de su garganta cada vez que se hundía hasta el fondo de mi ser. —Más rápido... Más rápido —le exigí entre jadeos, apretando sus hombros tatuados mientras el clímax comenzaba a formarse en la base de mi espalda como una marejada imparable. Él obedeció sin dudarlo. Invirtió las posiciones en un movimiento brusco, atrapando mis muñecas sobre mi cabeza y embistiéndome con una velocidad devastadora que hizo temblar la estructura de la cama. Cada estocada era profunda, exacta, una marca a fuego en mi carne que borraba mi pasado, mi apellido y los desprecios de la familia Nielsen. En esa habitación, bajo el cielo nocturno de Valenoir, no había bastardas ni señores de la mafia; solo dos cuerpos entregados a un pacto implacable de piel y pecado. El clímax nos alcanzó juntos en una explosión de calor que nos dejó a ambos exhaustos, abrazados en la penumbra mientras el pulso de la ciudad continuaba latiendo allá abajo, ajeno al incendio que acababa de comenzar.

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