Un aullido a la luna

2134 Words
La lengua húmeda y cálida recorría cada borde de aquella cicatriz en su cuello, la repentina cercanía con tal atrevimiento la había sorprendido más allá de lo imaginado, Caleb parecía no estar consciente de lo que estaba haciendo, su extraña conducta parecía ser mas la de un animal que la de una persona, aquel acto tan…intimo, había logrado que el calor subiera desde su vientre hasta sus ya coloreadas mejillas, sin embargo, no quería apartarlo o hacerle entrar en razón, aquello, aunque era completamente vergonzoso, le agradaba, despertaba en ella mil sensaciones y sentimientos desconocidos, mucho mas fuertes que cualquier otra cosa que hubiese sentido antes. – Eres mía Amelia…dímelo, di que eres mía – decía Caleb en un frenesí que no lograba detener ni comprender. Amelia, con los ojos muy abiertos en sorpresa ante aquello, se aferro con fuerza al cuello de aquel hermoso hombre de piel canela besada por el sol, no entendía lo que estaba ocurriendo o que era lo que había cambiado de manera repentina, pero lo quería, deseaba ese momento desde hacia demasiado tiempo sin saberlo, mirando fijamente a los ojos negros de Caleb, la albina decía todo sin pronunciar palabra alguna, aquel amor de infancia que se prometieron, ese nuevo sentimiento desenfrenado en el que había evolucionado, no eran más unos niños, habían crecido, dejando atrás la tierna infancia para dar paso a la madurez y con ella, los nuevos y desconocidos deseos oscuros se apoderaban de ambos, acercando su rostro hasta el de ella, Amelia lo besaba por primera vez, un beso trémulo, torpe en exceso, pero cargado de un deseo y pasión sin igual, Caleb, sorprendido ante aquello, cerro sus ojos, profundizando aun mas aquel intrépido beso, el primero que daba y recibía, sus sentidos agudizados lo hacían sonreír complacido, no había rastro, ni uno solo, de Alexandre O´Neill sobre ella, este era también su primer beso, nadie además de él había probado el néctar de sus tersos labios rosados, era su primero, y quería mantenerse siéndolo por siempre, aquel sentimiento de posesividad de nuevo lo embargaba, no quería que Amelia fuese de nadie más, por más que se esforzaba su instinto seguía venciendo a su razón, aquello estaba mal, él no era lo que Amelia merecía, sin embargo, su bestia interior, aquel lobo atroz, lo dominaba, la deseaba, quería ser el único que marcara su piel desnuda con su olor, quería pertenecerle y que le perteneciera en cuerpo…en alma. – Lo soy, lo he sido siempre – respondió Amelia ante aquello que le rogo pronunciar con desesperación. Un aullido interior resonaba dentro de él, aquella afirmación reforzaba su dominio, ella era suya, la mujer que había sido marcada por el para pertenecerle por siempre, besándola de nuevo, esta vez con mas violencia…con mas posesión, la recostaba sobre la hierba húmeda del bosque, llenándola de caricias mustias, adorándola como había hecho siempre, aquel intenso amor no era como ningún otro, el lobo amaba con todo lo que era, con todo su ser, cada poro, cada célula en él, todo pertenecía a ella, a su única, su elegida…su hembra. Amelia sentía mil explosiones surgir como fuego dentro de ella, aquello, que podría ser tan mal visto, hacia su sangre hervir en un calor distinto, uno que la hacia desear, uno que le hablaba de mil sensaciones placenteras y desconocidas, logrando entorpecer sus sentidos y hacer flaquear su voluntad, si no se detenían en ese momento, si todo continuaba tal cual estaba ocurriendo, tendría su primera vez en medio de la espesura verde del bosque, y aquello, aquello no estaría bien… sin embargo, no podía detenerlo ni detenerse. El sonido de voces desconocidas acercándose, los hizo salir de aquella ensoñación que estaban viviendo, mirándose el uno al otro, con el cabello revuelto y la ropa desacomodada, ambos se sonrojaron al caer en cuenta sobre lo que habían estado haciendo, ninguno podría expresar palabra alguna, era demasiado vergonzoso, demasiado pronto, demasiado inesperado, pero, aun así, ninguno se sentía realmente arrepentido de ello. – Yo…lo siento, creo que te he asustado, yo…no se que decir en estos momentos – dijo Caleb regañándose mentalmente por haberse atrevido a llegar a tanto. Amelia dejo escapar una tímida risita, no estaba molesta, aunque si avergonzada, y no se arrepentía de aquello, Caleb le había demostrado lo mucho que seguía pensando en ella, aunque de una manera poco convencional y bastante precipitada. – Yo, no estoy molesta, no era lo que tenia en mente sobre encontrarme contigo…pero no me quejare – dijo entre tímidas risas la hermosa albina. Caleb la miro de nuevo con intensidad, los celos de nuevo comenzaban a embargarlo, aquello que habían hecho, sabia que no lo había hecho con nadie más, ni ella, ni el, sin embargo, Amelia estaba comprometida con Alexandre O´Neill, en algún momento el la tocaría igual, la besaría igual…y no podía permitirlo, no era el momento de unirse a ella, de, en términos de animales, llevar a cabo un ritual de apareamiento, debía esperar a que fuese la luna prometida, entonces, y solo entonces, podría completar aquella marca de posesión sobre ella, la que había hecho cuando aun era un inexperto cachorro, cuando aun no tenia el poder de hacer una marca completa, solo la luna de sangre confería el poder al alfa de tomar a su hembra y marcarla para la eternidad como suya, y así, ningún otro hombre, humano o inhumano, podría jamás acercarse a ella, era una horrenda necesidad natural que tenían los que eran como el, algo completamente mal visto en una sociedad humana, sin embargo…el no lo era, no era un humano, y su instinto animal dominaría siempre a su razón…aunque no lo quisiera. – Dime algo, ¿Por qué te has comprometido con ese hombre? ¿Por qué lo has hecho aun llevando mi marca? – cuestiono Caleb con seriedad y enojo. Amelia no entendía a que podría referirse con marca, sin embargo, si podía responder aquella pregunta…debía responderla, Caleb era el único que, quizás, podría ayudarla a encontrarlo…aquello que anhelaba con desespero y le había sido arrebatado por los O´Neill…su hermano gemelo. – No puedo dejar a Alexandre, aun cuando lo odio con toda mi alma, el lo tiene, se que es así, los O´Neill nos separaron cuando vino el fuego que se llevó a mis padres y hasta que no lo recupere no puedo alejarme de ellos…porque si lo hago, le harán daño – dijo Amelia abrazándose a si misma. Caleb enardecido en ira al entender las razones de la hermosa albina, ellos, los O´Neill tenían lo único que Amelia seria incapaz de dejar atrás…Su hermano gemelo, Arlen. Tomando por lo hombros a la frágil chica, Caleb la miraba fijamente a sus hermosos ojos violeta. – Te ayudare a encontrarlo, y cuando te devuelva lo que te quitaron, serás mía, esta vez para siempre – dijo Caleb con firmeza. Una cálida sonrisa se dibujo en el hermoso rostro de la albina, creyendo en la promesa de Caleb, aquel fiel amigo, aquel a quien amaba, siempre cumplía su palabra, sin importar que, así era el, así lo había conocido desde que eran solo unos niños. Mirándose de nuevo fijamente, se fundían en otro beso, uno más sereno, más dulce, prometiéndose así encontrar lo que Amelia había perdido, y vivir aquel sueño que tanto habían anhelado en su infancia, jurando aquello en silencio con el bosque como mudo testigo, ambos se besaban sellando una promesa.   Ojos furiosos buscaban a Amelia por cada rincón en la mansión O´Neill, se había escapado de nuevo en las narices de su servidumbre sin que pudiesen impedirlo, una rabia interior lo embargaba no queriendo imaginarla cerca del heredero Artigas, sin embargo, su propio instinto le decía que así era, no podía tocarla aun, a pesar de llevar deseándola desde el momento mismo en que la había conocido, Amelia llevaba su marca, la marca incompleta de un alfa inmaduro, Caleb Artigas la había marcado cuando aun era un cachorro, robándole la oportunidad de hacerlo el, una hembra marcada no podía ser tomada por otro macho, esa era la ley de todos los clanes, quien la violara, sufriría el peor de los castigos, la condena al exilio, un lobo sin manada era un lobo muerto, sin embargo, aun cuando la hermosa albina ya estaba marcada, la marca de un cachorro inmaduro podría eliminarse, debía tomarla y marcarla el mismo cuando llegase la luna de sangre, en aquel mismo sitio donde el otro alfa la había reclamado, por esa razón estaban allí, dentro de unos meses más, la esperada noche llegaría y tomaría la oportunidad para tomar lo que siempre debía haber sido suyo…la albina con la belleza de la luna. Encerrándose en su estudio, Alexandre meditaba sobre todo, debía lograr expulsar a los Artigas de pueblo antes que la noche prometida llegase, y se encargaría de que fuese de esa manera, la cercanía entre Amelia y Caleb solo fortalecería el vinculo y por ende, la marca, y aquello no lo permitiría, amaba a la hermosa albina, y ella había sido su hembra elegida desde aquel primer momento en que la había visto, belleza prístina que emulaba a la luna, la promesa de progenie poderosa, no aceptaría a nadie mas que a ella a su lado…aun cuando lo odiara él le enseñaría a amarlo. Mirando aquella fotografía, aquella que fue tomada el primer día en que ella llego a su vida, admiraba la belleza infantil de la que se había enamorado, recordando la fascinación que sintió al verla, la niña albina que había nacido en luna de sangre junto a un hermano idéntico, era aquella que predecían las leyendas entre los lobos, y, además, poseía una belleza única y mayor a cualquier otra que hubiese visto, ella había nacido siendo besada y bendecida por la Diosa Luna, la encarnación viva de Artemisa. Sin dejar de pensar en Amelia, Alexandre se prometía nunca perderla…y volverla suya para lo que durara la eternidad. La tarde finalmente llegaba, Amelia y Caleb se habían despedido, regresando a la mansión que tanto detestaba, sentía de nuevo aquellas muchas miradas incomodas que parecían señalarla como una rareza, aquello nunca había sido agradable y recordaba con tristeza como había sido tratada junto a su hermano, Arlen siempre había sido el mas sensible de los dos, y ella junto a Caleb solían defenderlo, su hermano, su amado hermano gemelo, quien había creído perdido en aquel atroz incendio, el líder O´Neill le había dicho que sabia en donde encontrarlo, por aquella promesa de un día volverse a ver, es que había permanecido tantos años con ellos, siempre esperando la llegada de lo mas amado, trayendo solo fotografías de cómo, lejos de ella, crecía, entonces, supo que ellos jamás lo devolverían, lo seguirían manteniendo cautivo en algún sitio, de esa manera Alexandre obtendría lo que deseaba, casarse con ella, sintiendo de nuevo aquel profundo odio en su corazón, Amelia entraba a la demasiado lujosa mansión O´Neill donde su despreciable prometido ya la estaba esperando, violeta y océano se miraron, desafiándose, la ira de Alexandre se disparo enardecida al reconocer el aroma de Caleb Artigas sobre su prometida…el, había estado con ella, se habían besado. No muy lejos de allí, refugiado de la incandescente luz del sol, un joven de frágil y hermosa apariencia se ocultaba en las sombras, mirando el reflejo del impresionante astro en el agua cristalina del rio, cabellos de plata que brillaban entre los pequeños rayos de luz dorada que se colaban a través de las hojas del árbol donde descansaba, piel blanca como la nieve, completamente prístina como el mármol, rostro de hermosas y delicadas facciones, ojos violeta tan profundos y solitarios que conmovían a todo aquel que los mirase, aquello que mas anhelaba Amelia. – Pronto nos reuniremos Amelia, después de tanto, tu y yo los extinguiremos, a todos los lobos que provocaron nuestra tragedia, no dejaremos con vida a ninguno de ellos – Decía aquel hermoso joven con belleza blanca y pura, un gemelo nacido en medio de una luna sangrienta. Sintiendo aquel calor sobre su cuerpo, recordando aquella suave piel sedosa tan blanca como la nieve, un lobo aullaba en la lejanía, declarando como suya a aquella a la cual había elegido. Un aullido a la luna que comenzaba a dibujarse en el cielo, un fuerte deseo que sentían por el otro, una promesa de infancia que deseaban mantener, un hombre que también la deseaba, un hermano perdido que no quería ser encontrado aún. 
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