Cuando aterrizaron el clima húmedo de Buenos Aires los recibió.
El se tomó un taxi y le dió la dirección de su casa, porque en definitiva era una de sus casas.
Hablar bien el idioma ayudaba a qué no se pasaran con él de listos, igual que en otras capitales del mundo, y Buenos Aires no era la excepción, los extranjeros eran comúnmente abordados por personas inescrupulosas o arribistas que se aprovechaban de ellos. Pero eso no le pasaba a Isa.
Llegó al edificio que estaba ubicado en el barrio de Palermo, punto neurálgico de la Capital Federal dónde pululaban los jóvenes, y saludó al encargado del mismo que estaba en la puerta. A diferencia de lo que podía creerse era un hombre joven, unos años menor que el propio Isa que tenía 35. Se había dado cuenta en el poco tiempo que había estado en Argentina que los encargados de edificios eran los que sabían absolutamente todos las movimientos, no solo el edificio sino de la zona en general. Solían ser una gran fuente información para cualquiera que lo supiera aprovechar. E Isa no desaprovechaba ese tipo de cosas.
Él vivía en la planta baja, tenía un apartamento con dos habitaciones, una sala con cocina incorporada y un patio grande qué había convertido en gimnasio en una parte y del otro lado con una reposeras en una especie solarium.
No era una construcción nueva sino que por el contrario el edificio tenía ya varios años. Pero él lo prefería así ya que las nuevas construcciones en Argentina eran de mala calidad. Había llamado a una decoradora para que pusiera todo a su gusto, ya que si bien él no era una persona ostentosa le gustaba vivir bien.
En general en el edificio no había mayores inconvenientes, salvo lo que puede ocurrir en cualquier edificio de apartamentos. Algún vecino gritando, algún vecino golpeando, pero esa noche en particular Isa prácticamente no pudo dormir. Su vecina del piso de arriba no paro de toser en toda la noche. Cómo si en eso se le fuera el alma (o los pulmones). Recién dejó de toser muy entrada la madrugada y solo ahí Isa puedo pegar un ojo.
Al otro día fue inevitable para él preguntarle al encargado sí sabía que pasaba en el piso de arriba.
—La chica tiene un problema de salud, tuvo covid y no quedó bien... no saben bien que tiene pero tose así todos los días desde hace un par de meses— le dijo poniendo cara de preocupación. El encargado vivía en un pequeño apartamento junto al de Isa así que también debía oírla. ¿Y todavía había covid en Argentina? En Israel ya lo habían erradicado hacía rato, afortunadamente.
—No se oye como algo bueno— acotó Isa.
—No— coincidió el encargado.
La tos se repitió noche a noche. Y cada vez era peor. Ahora le escuchaba vomitar aparte de toser. El presumía que tosía hasta vomitar ¿acaso no iba al médico esa chica?
Él sabía quién era porque la había visto previamente. La primera vez que se la cruzó fue el primer día que se cortó la luz en el edificio.
Hacia poco que él se había mudado y ella también poco después que él. Él escuchó el día que llegó al edificio.
Pero la vió por primera vez unos días después. La recordaba perfectamente porque tenía una camiseta argentina de fútbol que apenas le tapaba la cola sin nada abajo, parecía. El cabello por debajo de los hombros con flequillo, y una base oscura con unas mechas rubias estilo californiano. A pesar de no ser tan atractiva de cara, tenía lindos ojos oscuros, labios carnosos y una delantera prominente que sin dudas llamaba la atención de cualquier hombre. Era una joven que tenía claramente unos 15 o 20 kilos de más pero era proporcionada, se la veía firme. Aunque no era su tipo captó su atención especialmente por su actitud.
Ella bajo y subió un par de veces, y la vió hablando con las distintos vecinos hasta que logró salir y encontrarse con el grupo de empleados que estaba solucionando el problema de la luz. Estuvo charlando un momento dándoles algunas directrices y ver de qué forma lo podían solucionar. Por lo que pudo ver era de esas mujeres que tomaban el asunto en sus propias manos. A su favor había que decir que poco después de eso volvieron a tener electricidad en el edificio.
La segunda vez que la vió estaba intentando meter un mueble que era más grande que ella, adentro del elevador. Y no estaba teniendo mucho éxito pero no se daba por vencida.
En realidad parecía grandota pero no llegaría al metro 65. Lo que pasaba era que pesaba más menos 75 kg le calculaba él, con lo cual eso la hacía parecer más alta de lo que realmente era. A Isa le llegaba con suerte a la mitad del pecho.
Cuando se la encontró intentando sin éxito entrar el mueble que casi se le cae encima le ofreció su ayuda.
—Está bien yo puedo sola gracias.— fue la respuesta seca de ella.
Todavía recordaba sus palabras y su voz. Aunque su tono de voz era imperativo y agudo, y su timbre de voz un poco nasal el sonido era bello. Viendola de cerca le calculó que estaría en su edad, alrededor de unos 34 o 35 años.
También esa vez la observó mejor. Tenía varios tatuajes en sus brazos y piernas. No parecían muchos pero eran grandes.
Pasaron los días y vio que cada vez por la noche se le complicaba más dormir por este sonido de tos y vómitos... Entonces encaró al encargado.
—Juan Carlos, ¿Sabes algo de la vecina de arriba? Cada vez se la escucha peor. Y la verdad no estoy pudiendo dormir bien.—
—Parece que la van a operar.—
Isa levantó las cejas y le picó su curiosidad.
—¿Pero saben que tiene?—
—No saben, pero es algo en el bazo. Parece que le hicieron varios estudios pero no pueden encontrar nada así que se lo van a sacar para analizarlo—
La joven tenía un gato de color colorado, que por lo que escucho se llamaba Pupi. Realmente ¿quién le ponía Pupi a un gato macho?. Y sabía que era macho porque lo había tratado de varón varias veces. Ella solía hablar con el gato. Él a veces la podía escuchar.
Cuándo de un día para el otro el sonido de la tos desapareció... aparecieron los maullidos de Pupi. El supuso que ella estaría internada para la operación y lo habría dejado solo.
A veces podía escuchar que alguien entraba en la casa de ella, suponía que era la persona encargada de alimentarlo y cuidarlo.
Aún así el gato lloraba durante el día y a veces también durante la noche. Extrañaba a su dueña.
Cómo a veces lo veía parado en la ventana y él estaba haciendo flexiones en su gimnasio personal, el que se había fabricado, en ocasiones frenaba y jugaba con un láser que tenía para entretenerlo. En realidad no lo tenía hasta hacía unos días cuando leyó que los gatos podían jugar con láser y se compró uno.
Un día los llantos de Pupi se detuvieron y empezó a escuchar sonidos normales, de gente haciendo cosas, arriba de su techo.
Ella había regresado.