Capítulo 10: La sangre del mañana

914 Words
El invierno regresó a Alemania con un frío que no venía del clima, sino de las grietas en la estructura del poder. Las confesiones de Kranz habían transformado el país. Lo que antes era una guerra en las sombras se convirtió en una rebelión pública. Lena observaba desde lejos. No participaba. No hablaba. Pero sabía que su sombra seguía sobre cada línea escrita en los periódicos. Jürgen se había adaptado a la vida rural con más facilidad de lo que Lena imaginó. Arreglaba cosas, cocinaba, leía libros sobre historia. Pero Lena no. Lena mantenía un cuaderno donde registraba los movimientos de quienes no habían caído. Porque sí, muchos habían sido arrestados. Pero otros... otros se escondían. Uno de ellos era Karsten Völkner. Exministro de finanzas. Uno de los últimos nombres en la lista que Greta había dejado. Su paradero era un misterio. Lena lo había rastreado durante semanas. Finalmente, un informante le vendió una pista: una propiedad en Austria, cerca del lago Hallstatt. Aislada. Vigilada. Carísima. Jürgen intentó detenerla. —Ya lo lograste. Él no importa más. —Claro que importa —dijo Lena—. Mientras respire, significa que no acabamos. Partió sola. Con una mochila, un abrigo de lana gruesa, y una pistola en el tobillo. La nieve cubría los senderos, y cada paso parecía un eco de sus propios pensamientos. Cuando llegó a la casa, no esperó refuerzos. Escaló por la parte trasera. Entró por una ventana del segundo piso. Silenciosa. Precisa. Karsten estaba allí. Solo. Viendo las noticias. Un hombre gordo, desgastado, con la piel colgando como un traje usado. —Lena Weber —dijo, sin sorpresa—. Me preguntaba cuánto tardarías. —Y yo, cuánto más ibas a respirar. Él no se defendió. Solo habló. —¿Crees que esto cambia algo? ¿Que derribarme a mí borra lo que hiciste para llegar aquí? Lena no respondió. Le apuntó. Pero no disparó. Porque Karsten, como tantos otros, era ya un c*****r andante. La verdadera justicia era la memoria. Lo dejó allí. Vivo. Para que el mundo lo encontrara. Lo arrestaran. Lo juzgaran. Al regresar a Alemania, Lena no volvió a Leipzig. Fue a Berlín. A la fuente. A enfrentar lo que quedaba de sí misma. Allí encontró a Brenner. En un edificio gris, rodeado de periodistas. —¿Viniste a matarme? —le preguntó él, medio en broma. —No. A advertirte. —¿De qué? —Del día en que te conviertas en uno de ellos. Y se marchó. Esa noche, Lena caminó por las calles que una vez la vieron huir. Y ahora la veían marchar sin esconderse. Con cicatrices, sí. Con culpa. Pero también con algo que no había tenido en mucho tiempo: propósito. En su habitación de hotel, escribió una sola frase en su cuaderno: "No hay redención. Pero hay recuerdo. Y el recuerdo puede herir más que cualquier bala." Berlín parecía más pequeña ahora. O tal vez era Lena quien se había vuelto más grande que sus calles, más dura que sus muros. El eco de los pasos de la ciudad ya no la asustaba, pero tampoco la consolaba. Sabía que la caída del imperio no significaba la paz. Solo había abierto la puerta a una nueva forma de caos. Jürgen la alcanzó una semana después. Apareció en la cafetería donde ella solía sentarse por las mañanas, con dos cafés y una mirada que decía más de lo que cualquier palabra podía expresar. —Hay movimiento —dijo en voz baja, deslizando una carpeta sobre la mesa. Lena abrió el documento. Fotografías, transcripciones, mapas. En el centro de todo, un nombre: Frederik Hollenbach. Exjuez, ahora en el sector privado. Uno de los sobrevivientes de la purga, y aparentemente, el nuevo centro de gravedad del crimen organizado. —Está reconstruyendo lo que dejamos roto —dijo Jürgen—. Y lo hace rápido. —¿Cuánto tiempo tenemos? —Meses. Quizá menos. Lena cerró el documento y lo guardó en su bolso. Miró por la ventana. El invierno aún se resistía a marcharse. —Entonces empecemos ya. La cacería de Hollenbach los llevó a Hamburgo. A bancos discretos, a empresas de fachada, a clubes donde el lujo y la ilegalidad se entrelazaban sin rubor. Cada nombre que encontraban era una sombra del pasado. Hombres que una vez temieron a Dieter, ahora resurgían como nuevas bestias con hambre de poder. Pero esta vez, Lena no buscaba arrestos. Ni venganza. Buscaba exposición. Cada nombre que encontraban, lo enviaban de forma anónima a medios, a activistas, a tribunales que aún no se habían vendido. El juicio público era su nueva arma. Y era más eficaz de lo que esperaban. Sin embargo, con cada victoria, crecía un riesgo: Lena se convertía en símbolo. Y los símbolos, tarde o temprano, se vuelven blanco. Una noche, al volver a su apartamento, encontró una caja en la puerta. Dentro, una sola bala y una foto de Jürgen con una cruz dibujada sobre su rostro. No lloró. No gritó. Solo marcó un número. Una voz respondió: —Sabía que me llamarías. Era Hollenbach. —Si te acercas más —dijo él—, vas a descubrir que algunos fantasmas aún saben disparar. Lena colgó. Al día siguiente, se fue. No dejó nota. No dejó rastro. Solo una promesa: "No paré cuando mataron a mi padre. Ni cuando perdí a mi madre. No voy a parar ahora." Porque la verdad no tiene precio. Pero sí un costo. Y Lena estaba dispuesta a pagarlo.
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