La mañana siguiente trajo consigo una quietud antinatural. Berlín amanecía bajo un cielo blanco, casi irreal, como si el invierno hubiera decidido cubrirlo todo con una sábana de silencio. Lena se despertó con un sobresalto. La pesadilla aún latía en sus sienes: Dieter con la pistola en mano, el sobre desaparecido, y la mirada de Anselm repitiéndose en su cabeza como un presagio.
Desayunó sola. Nadie la molestó. Los pasillos estaban desiertos. Ni Dieter ni los hombres de seguridad habituales estaban visibles. Algo había cambiado. Lo sentía en el aire, en el café que sabía más amargo, en las cortinas que no se movían con la brisa. El mundo parecía en pausa.
Hasta que llegó el grito.
Un sonido seco, brutal. Humano. Desde la parte trasera de la mansión. Lena corrió. En el patio, uno de los guardias yacía en el suelo con un disparo en la frente. A su lado, una nota escrita con sangre: "Uno por cada traición".
El caos estalló. Los jefes intermedios se convocaron en la sala de reuniones. Lena fue llamada. Dieter apareció por fin, con el abrigo oscuro pegado al cuerpo como una armadura. Sus ojos brillaban con una furia helada. No mencionó el sobre. No mencionó el USB. Solo dio órdenes:
—Encuentren al culpable. No hay reglas. Quiero resultados.
Durante las siguientes horas, la mansión se convirtió en un campo de sospechas. Interrogatorios, golpes, desapariciones. Lena observaba con una frialdad que no sabía que poseía. Había cruzado demasiadas líneas. Ya no podía permitirse titubear. Cada mirada, cada gesto, era un cálculo. Sabía que si mostraba la menor debilidad, sería la próxima en caer.
En medio del caos, un nombre comenzó a repetirse: Viktor. Uno de los antiguos aliados de Anselm. Se decía que no había sido ejecutado, sino liberado por alguien desde dentro. Se decía que planeaba venganza.
Lena pidió acceso a los archivos antiguos. Lo hizo en nombre de Dieter, con una autoridad que ya nadie cuestionaba. Revisó registros, fechas, movimientos. Descubrió que Viktor había sido dado por muerto en una operación falsa. ¿Quién la había orquestado? Las pistas llevaban a alguien muy cerca del núcleo del poder: Konrad, el jefe de seguridad de la mansión.
Esa noche, Lena volvió a los túneles. Necesitaba pensar. Necesitaba decidir. Allí, en la oscuridad, escuchó pasos. Se giró con el arma en mano. Era Jürgen.
—Te buscan por todos lados —le dijo.
—¿Y tú?
—Yo también te estoy buscando. Pero por otras razones.
Le entregó un nuevo informe. Correos interceptados. Uno de los lugartenientes de Dieter estaba colaborando con Viktor. Había más traidores de lo que imaginaban. El imperio se resquebrajaba.
—No tenemos tiempo —dijo Lena—. Si no actuamos primero, todo estalla. Y no vamos a sobrevivir al segundo derrumbe.
Jürgen la miró con un respeto triste. Como si ya supiera lo que Lena estaba dispuesta a hacer.
—¿Hasta dónde vas a llegar?
Ella no respondió. Porque ya lo sabía. Hasta donde hiciera falta.
Esa madrugada, Lena reunió a los pocos hombres en quienes aún confiaba. Jürgen entre ellos. Les dio órdenes directas. Había que aislar a Konrad, interrogarlo, confirmar lo que sospechaban. Todo debía hacerse sin levantar sospechas. Y rápido.
El plan se puso en marcha. Konrad fue interceptado en su trayecto al ala oeste. Encerrado en una de las cámaras insonorizadas del sótano, enfrentó por primera vez el lado más oscuro de Lena. Ella no alzó la voz. No necesitó gritar. Sólo hizo las preguntas necesarias. Y cuando Konrad habló, el mundo de Lena se quebró un poco más.
—Viktor quiere lo mismo que tú —dijo Konrad, escupiendo sangre—. Sacar a Dieter del trono. La diferencia es que tú... todavía crees que puedes salvar algo de esto.
Lena lo mandó ejecutar esa misma noche. No por venganza. Por necesidad. El silencio era ahora su única herramienta de defensa.
Dieter, al enterarse de la muerte de Konrad, no preguntó. Solo ordenó que Lena tomara su lugar como jefa de seguridad. Nadie lo discutió. Nadie se atrevió. La transformación estaba completa.
Pero en el fondo, Lena seguía luchando contra sí misma. Cada vez que se miraba al espejo, veía menos a la mujer que había sido y más a la que juró nunca convertirse. Cada muerte, cada traición, era otra losa sobre su conciencia.
Jürgen la visitaba de noche. En secreto. Había entre ellos una relación rota y reconstruida una y otra vez. No había espacio para el amor en su mundo. Pero había algo. Un hilo. Una esperanza vacía.
—¿Qué harás si tienes a Dieter en tus manos? —preguntó él una noche.
—No lo sé —respondió Lena—. A veces creo que quiero matarlo. A veces... que quiero abrazarlo.
—Eso es lo que te hace diferente —murmuró él.
—No. Eso es lo que me hace peligrosa.
El capítulo se cerró con una nueva nota. Lena la encontró sobre su cama, escrita con letra temblorosa. Era de uno de los hombres que había interrogado esa semana. Decía:
"No todos los traidores mueren. Algunos solo cambian de amo."
Y Lena, por primera vez en semanas, sintió miedo.
La tormenta estalló aquella noche con una furia que parecía arrastrar consigo todo lo que Lena había contenido en su interior durante semanas. El cielo de Berlín rugía con relámpagos como cuchillas, y la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión con una intensidad que hacía temblar los cristales. Fue en esa oscuridad donde se desató el siguiente movimiento, el siguiente golpe del destino que Lena no había previsto: Greta.
Greta Bauer, una mujer del pasado, había sido más que una figura secundaria. Era un fantasma que regresaba con fuerza para reclamar su lugar. Antiguamente una de las más fieles aliadas de Dieter, Greta había desaparecido misteriosamente cuando comenzaron las primeras guerras internas. Se rumoraba que había huido, otros decían que Dieter la había silenciado. Pero nadie sabía la verdad. Hasta esa noche.
Lena recibió la noticia de su regreso en una nota breve deslizada bajo la puerta:
"Está viva. Greta regresa con algo que podría destruirlos a todos."
Al principio, Lena no lo creyó. Pensó que era una jugada de Jürgen, o tal vez un último intento de los leales a Anselm por sembrar el caos. Pero las horas siguientes trajeron confirmación tras confirmación. Greta había sido vista en el distrito de Wedding, reuniéndose con antiguos contactos de los Grüber. No solo estaba viva. Estaba armando algo.
Dieter no reaccionó como Lena esperaba. No se alteró, no gritó, no llamó a sus hombres. Simplemente se sirvió un trago, miró por la ventana y murmuró:
—Greta nunca supo cuándo retirarse.
Pero Lena sí reaccionó. Ella recordaba las historias. Greta no era solo una aliada. Había sido la amante de Dieter mucho antes que Lena apareciera en escena. Había sido la mano que lo ayudó a construir su imperio. Y si ahora regresaba, no era por venganza. Era por poder.
Durante los días siguientes, Lena siguió su rastro. Usó informantes, revisó cámaras, sobornó a policías. Finalmente, dio con una dirección. Un apartamento antiguo en Moabit. Allí, Lena fue sola. Sin respaldo. Sin aviso. Llevaba consigo una Glock cargada y una determinación que rozaba lo s*****a.
Greta la recibió como si la estuviera esperando.
—Has crecido —dijo, sonriendo con una cicatriz nueva en la ceja—. Te pareces a mí cuando tenía tu edad.
Lena levantó el arma, pero no disparó.
—¿Qué quieres, Greta?
—Lo que tú también deberías querer. El final de Dieter.
La conversación fue larga, tensa, como una partida de ajedrez. Greta le mostró documentos. Fotografías. Grabaciones. Pruebas del tráfico internacional, del asesinato de testigos, del soborno de fiscales. Lena ya sabía todo eso. Pero había algo más. Algo que le heló la sangre: una carta. Escrita por el padre de Lena. Firmada con fecha de dos semanas antes de su desaparición.
"Prometí a mi hija. Sabía lo que le harían. Pero no tenía opción. Perdóname."
Greta lo confirmó con voz queda:
—Tu padre no fue víctima. Fue parte del trato. Dieter le dio una salida... a cambio de ti.
Lena dejó caer el arma. Sus piernas temblaban. El piso se le volvió incierto. Las lágrimas no salieron. No podían. Solo sintió un vacío profundo, una g****a que se abría desde su pecho hasta el estómago.
Greta se acercó. La abrazó.
—No eres culpable de lo que te hicieron. Pero puedes ser responsable de lo que hagas ahora.
Lena se fue sin decir palabra. Dejó el apartamento en silencio. Esa noche no durmió. Ni la siguiente. El dolor se convirtió en ira. Y la ira en decisión.
Tres días después, Dieter descubrió que Greta había sido encontrada muerta en su apartamento. Disparo limpio a la frente. Sin señales de lucha. Los documentos habían desaparecido. Nadie vio a nadie entrar. Nadie oyó nada. Solo una nota sobre su pecho:
"El pasado no se perdona."
Lena quemó los documentos. Las fotos. La carta.
La caída de Greta fue limpia. Precisa. Como una cirugía. Nadie preguntó. Nadie investigó.
Pero Jürgen sí lo supo. La vio llegar a su escondite con la mirada vacía. Le contó todo. Y él, por primera vez, no supo qué decir.
—Has cruzado el umbral —murmuró.
Lena asintió. —Y no hay regreso.