En un hogar marcado por la falta de su madre, Guillermina creció rodeada de hombres y automóviles; su padre era el encargado de la gasolinera en Villa de Juárez, comunidad cercana a Morelia, Michoacán y también le hacía a la mecánica, ayudado por sus hijos. A los doce años, Guillermina ya le echaba la mano a su padre y hermanos encargándose de atender las bombas y poner aire a los neumáticos. A los 14, ya estaba capacitada para hacer reparaciones menores y a los 16, hacia mejores afinaciones que sus hermanos mayores. Por ello, siempre fue una chica solitaria que contaba las horas que pasaba en la escuela para ir a su casa a jugar con sus hermanos, con quienes retozaba en los rudos juegos varoniles, ya que no era nada modosita. Al aproximarse la adolescencia, el tímido crecimiento del b

