Su piel estaba todavía enrojecida por la fricción de la esponja y lucía como un ángel. Un ángel dispuesto a convertirse dentro de pocos minutos en un lujurioso demonio. Sentándose en el sofá entre nosotros, Magdalena, puso sus manos sobre nuestros muslos y preguntó quién sería el próximo en meterse a la regadera. Eugenio respondió que se acababa de bañar antes de ir al bar y entonces levanté mi vaso para un brindis antes de marcharme al cuarto de baño. Mi baño no pudo durar más de cinco minutos, en cuando salí, luego de secarme, ya Eugenio y Magdalena estaban en la alcoba. Mi mujer yacía desnuda boca abajo y él, que también se había quitado la ropa, estaba arrodillado entre las abiertas piernas de ella, restregándole aceite infantil en su turgente y erguida grupa. Gozando plenamente

