Doña Angela estaba a punto de gritar cuando el hombre, cansado de forcejear con las pantaletas para quitárselas, se inclinó sobre ella y con los dientes desgarró la prenda de encaje n***o, color que usaba a diario doña Angela, pues recordemos que hacía poco se había quedado viuda. Fue un momento especial en la vida de la frondosa viuda masajista. Mientras oía como se rasgaba la tela, se sintió mareada, como si estuviera borracha. O tal vez drogada. Y lo estaba, aunque de deseo y lujuria, aunque ella no se diera cuenta. Tenía una cruzada de pasión y desenfreno que no podía con ella y se dejaba arrastrar en la vorágine que parecía un pozo sin fondo y en el que seguramente encontraría lo que tanta falta le había hecho en su vida, aunque ella hasta ese momento no lo imaginara siquiera. Se

