Isabella estaba sentada junto a la ventana, mirando la inmensidad del jardín de la fortaleza, pero sus pensamientos estaban lejos de ese lugar. Su mente seguía atrapada en sus hijos, y la impotencia de no saber dónde estaban la estaba consumiendo. Frente a ella, la bandeja de comida que el ama de llaves había traído seguía intacta. Mientras tanto, en el despacho de Alejandro, el hombre revisaba unos documentos cuando escuchó un leve golpeteo en la puerta. —Adelante —dijo, sin levantar la vista. La puerta se abrió, y en el umbral apareció la figura de Graziana, el ama de llaves. —Señor Moretti, disculpe que lo moleste. Alejandro levantó la mirada, dejando los papeles a un lado. —¿Qué sucede, Graziana? —Quería informarle que la signora Isabella sigue sin comer. Fui hace un rato a revi

