Isabella apenas podía mantener los ojos abiertos mientras el dolor en su vientre se intensificaba. Intentó hablar, pero las palabras se le escapaban entre jadeos de dolor.
—Por favor… lléveme… al hospital —pidió con la poca fuerza que le quedaba.
El hombre extraño a su lado le lanzó una mirada calculadora antes de tomar su teléfono. Mientras Isabella se desmayaba en el asiento, él presionó un número en el celular y llevó el aparato a su oído.
—Mi señora, todas las características coinciden. Es la persona que usted estaba buscando —anunció, manteniendo la vista en la mujer inconsciente a su lado.
Del otro lado, la voz femenina sonó decidida.
—Llévenla a mi casa inmediatamente.
El hombre asintió para sí mismo y ordenó al conductor que diera la vuelta. Isabella, ajena a lo que sucedía a su alrededor, yacía pálida, con el rostro demacrado y la respiración irregular. Al llegar a la mansión, un equipo de médicos ya estaba listo para recibirla. La mujer que los había llamado, elegante y de porte noble, se adelantó para observar a Isabella y se detuvo en seco.
—Es… igual a ella —susurró, sin poder creerlo. Una mezcla de asombro y ternura cruzó su rostro.
El médico de confianza de la familia se acercó a la señora.
—Hemos realizado una evaluación preliminar, señora. La joven está embarazada.
Los ojos de la señora se entreabrieron, sorprendidos.
—¿Embarazada? —repitió en un susurro. Observó a Isabella con una emoción contenida y asintió lentamente—. Hagan todo lo necesario para estabilizarla. Que nada le falte.
El médico y las enfermeras atendieron a Isabella con gran cuidado, revisando cada signo vital y suministrándole medicamentos para estabilizar su presión y aliviar el dolor. Tras unos minutos de tenso silencio, el médico se dirigió a la señora.
—Estará fuera de peligro, señora. Solo necesita descanso y vigilancia constante.
La mujer se acercó a Isabella y, con una ternura que no solía mostrar, le tomó la mano, acariciándola con suavidad.
—Resiste, querida. Tienes mucho por qué vivir —susurró, casi para sí misma—. Ahora estás aquí, donde debes estar.
Alejandro caminaba de un lado a otro en su despacho, su rostro era una mezcla de furia y frustración mientras hojeaba los informes de los investigadores. Llevaba semanas siguiendo cada pista sobre Isabella, pero cada camino se desvanecía, dejándolo nuevamente en la oscuridad.
—¡Nada! —exclamó, lanzando el informe sobre su escritorio con un golpe seco—. Ni una sola pista útil. ¿Cómo es posible que nadie haya visto nada?
Apretó los puños, sintiendo la ira crecer en su pecho. Perder la pista de Isabella era un golpe que no estaba dispuesto a tolerar. Sin embargo, antes de que pudiera sumergirse de nuevo en sus pensamientos, uno de sus hombres entró rápidamente al despacho.
—Señor, acaban de informar que unos intrusos intentaron cruzar el límite del territorio de las serpientes. Están cerca del perímetro norte.
Alejandro se detuvo, frunciendo el ceño. Aunque su mente estaba dominada por la preocupación por Isabella, sabía que no podía descuidar su posición en la organización. Defender el territorio era crucial para mantener el respeto y el poder que había construido con tanto esfuerzo.
—No puedo pensar solo en Isabella ahora —murmuró, endureciendo la expresión—. Si permito que esos intrusos pisen nuestro territorio, perderemos más que una simple disputa.
Se giró hacia el hombre que esperaba sus órdenes.
—Reúne a los hombres más cercanos y prepárense para moverse. Necesitamos asegurar la zona y dejar claro que aquí nadie entra sin permiso.
El hombre asintió con firmeza y salió del despacho a toda prisa. Alejandro tomó un mapa del territorio y comenzó a planificar una rápida estrategia. Sabía que actuar de inmediato sería vital para defender el territorio y dar un mensaje contundente.
Minutos después, Alejandro y sus hombres ya estaban en marcha. Se movieron con agilidad y precisión, cada uno en su posición, ejecutando el plan al pie de la letra. Mientras lideraba la operación, Alejandro mantuvo la mente enfocada en su objetivo, ocultando cualquier atisbo de preocupación que Isabella pudiera generar. Ahora, toda su atención se encontraba en el territorio que debía proteger, ya que era el legado que por generaciones había pertenecido a su familia y seguiría siendo de esa manera aunque le fuera la vida en ello.
Los días pasaron, y el silencio de la habitación era interrumpido únicamente por el suave tic-tac del reloj en la pared. Finalmente, Isabella abrió los ojos, sintiéndose adormecida pero mucho más repuesta. Miró a su alrededor, desconcertada por el entorno elegante y desconocido en el que se encontraba.
Se incorporó con esfuerzo, alarmada al encontrarse en un lugar extraño. Su corazón empezó a latir rápidamente, y justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió suavemente. Una mujer de porte elegante y aspecto distinguido entró, observándola con una mezcla de calma y curiosidad.
—Veo que has despertado —dijo la mujer, con una voz firme y melodiosa—. ¿Cómo te sientes?
Isabella tragó saliva, aún intentando comprender lo que sucedía.
—Estoy… bien, creo —respondió, titubeante—. Pero, ¿dónde estoy? ¿Y quién es usted?
La mujer le dedicó una sonrisa serena, acercándose unos pasos.
—Mi nombre es Bianca De Luca. Uno de mis hombres de seguridad te encontró en la calle. Estabas en muy mal estado, así que te traje aquí para asegurarnos de que recibieras la atención que necesitabas.
Isabella bajó la mirada, recordando el asalto y el dolor que le había seguido.
—Fui atacada… unos hombres intentaron robarme, y luego… —dijo, aún con un temblor en la voz—. Gracias por ayudarme.
Bianca le colocó una mano suave en el hombro, en un gesto maternal y reconfortante.
—No tienes que agradecerme, querida. Ahora estás en buenas manos, y aquí no dejaré que nadie te haga daño.
Isabella notó algo extraño en la expresión de Bianca, una calidez que parecía más profunda que la simple cortesía. Y mientras observaba a la señora, sintió una vaga familiaridad en sus rasgos: el contorno de sus ojos, la firmeza de su mandíbula… ¿Dónde había visto esa expresión antes? Sin embargo, no lograba ubicar en su memoria el porqué de esa conexión.
Bianca, adivinando su desconcierto, le dedicó una sonrisa enigmática.
—Descansa, Isabella. Necesitas recuperar tus fuerzas.
Con esa última indicación, Bianca salió de la habitación, dejando a Isabella con la sensación de que había mucho más de lo que parecía tras esa mujer misteriosa, quien no solo mostraba una elegancia inusual, sino también un aura de autoridad que no era común en cualquier persona de alta sociedad.
Alejandro avanzaba con paso firme entre las sombras de los edificios antiguos, su mirada dura y calculadora. Se encontraba en el corazón de Italia, liderando a sus hombres en un enfrentamiento crucial contra el clan rival, los Draghi Neri (Dragones Negros), conocidos por su crueldad y poder en la región. Aunque sus movimientos eran precisos y su mente estaba concentrada en la misión, una sombra persistente seguía acechando en su interior: su frustración por no haber encontrado ninguna pista sobre Isabella.
Un grito interrumpió sus pensamientos.
—¡Alejandro! —llamó uno de sus hombres, señalando hacia una de las azoteas donde los francotiradores del clan enemigo comenzaban a posicionarse.
Alejandro apretó los dientes y volvió a enfocarse en el enfrentamiento. Con una rapidez letal, sus hombres se dispersaron, cubriéndose y tomando posiciones alrededor del perímetro. Las órdenes eran claras, y el equipo actuaba con precisión.
Un m*****o de los Draghi Neri apareció en una esquina, desafiándolo con una mirada feroz. Sin dudarlo, Alejandro avanzó y lanzó un golpe contundente, neutralizando al intruso con una frialdad que sus hombres reconocían. Esta noche tenía que demostrar que el dominio de las Serpientes no podía ser amenazado.
Otro de sus hombres se acercó a él, respirando con dificultad.
—Señor, parece que tenemos el control de la situación. Los refuerzos están cubriendo todas las salidas. Nadie escapará.
Alejandro asintió, satisfecho con el desarrollo de la operación, aunque su expresión no dejaba de mostrar una tensión contenida. Para él, cada misión era una nueva oportunidad de mostrar su fuerza, y esta noche debía dejar claro que las Serpientes no cedían terreno. Aunque algo en su interior lo llevaba a preguntarse, por un instante, qué sucedía fuera de esta guerra, en el silencio donde aún resonaban las preguntas sin respuesta sobre Isabella.