Isabella despertó lentamente, estirándose bajo las sábanas de seda. Miró a su alrededor, esperando encontrar a Alejandro a su lado, pero la cama estaba vacía. Se incorporó, confundida, preguntándose si se habría marchado sin despedirse.
En ese momento, una camarera entró en la suite con una sonrisa enigmática, portando una bandeja con café y frutas frescas.
—Buenos días, señorita —dijo la camarera, colocando la bandeja sobre la mesa—. El señor Moretti tuvo que salir temprano, pero pidió que le dijera que regresará pronto. Me imagino que lo estará esperando.
Isabella esbozó una sonrisa y asintió, aunque había algo en la mirada de la camarera que le resultaba inquietante.
—¿Y usted no tiene miedo? —prosiguió la camarera con un tono intrigante mientras doblaba las sábanas—. Digo… por estar tan cerca de un hombre como él.
Isabella la miró, sin entender a qué se refería.
—¿Miedo? No sé de qué está hablando.
La camarera la miró con una sonrisa entre irónica y compasiva, bajando la voz para susurrar:
—Es que me sorprende. Si supiera quién es Alejandro Moretti, creo que se lo pensaría dos veces antes de estar tan… cómoda en su cama.
—¿Quién… quién es? —preguntó Isabella, sintiendo un ligero escalofrío. No podía imaginar qué podría estar ocultando ese hombre que había sido tan apasionado y atento con ella.
La camarera hizo una pausa deliberada, disfrutando de la tensión en el ambiente.
—Solo búsquelo en Internet, señorita. Alejandro Moretti. Descubrirá que él viene de un clan llamado —Las Serpientes—. Son conocidos en Italia… y no precisamente por hacer obras de caridad.
Isabella sintió un frío estremecimiento recorrer su cuerpo al escuchar aquellas palabras. El nombre del clan resonó en su mente, llevándola de regreso a un pasado que había intentado olvidar.
Las Serpientes. Aquella era la organización que su padre siempre mencionaba en sus advertencias. Su familia había pertenecido al clan rival hasta que él decidió traicionarlos y acogerse al programa de protección de testigos. Gracias a eso, habían huido de Italia, adoptando una nueva identidad para mantenerse a salvo.
La realidad golpeó a Isabella con fuerza: si Alejandro descubría quién era ella en realidad, sería capaz de exterminarla sin dudarlo, solo por haber pertenecido a una familia rival.
Con el corazón acelerado, Isabella saltó de la cama y empezó a vestirse a toda prisa, con los dedos temblorosos. No podía esperar a que él regresara. No podía arriesgarse.
Sin mirar atrás, tomó su bolso y se dirigió hacia la salida de la suite, susurrando un rápido —gracias— a la camarera antes de salir del hotel. En ese momento, solo tenía una certeza: debía desaparecer antes de que Alejandro volviera.
Isabella salió apresuradamente del hotel, tratando de calmar los latidos de su corazón. Sabía que Alejandro podría encontrarla fácilmente si decidía hacerlo; después de todo, había proporcionado sus datos completos para registrarse en el hotel. Volver a su casa no era una opción segura. Alejandro solo tendría que pedir la información y, en cuestión de horas, sabría dónde buscarla.
Respiró hondo y tomó una decisión drástica: abandonaría Estados Unidos. Recordó un proyecto pendiente que tenía en Inglaterra, uno que podía realizar de forma remota. Si se establecía allí, la distancia le daría al menos algo de tiempo para pensar en sus próximos pasos.
Horas después, tras un agotador vuelo, Isabella llegó a Inglaterra. Se instaló en un pequeño apartamento en Londres y se sumergió en el trabajo, utilizando cada segundo para distraerse de la angustia que sentía.
Día tras día, se esforzaba en concentrarse, pero su cuerpo parecía no querer cooperar. Las náuseas matutinas se volvieron constantes, y la fatiga la golpeaba con más fuerza de la que estaba acostumbrada. Su piel palidecía y sus energías menguaban con rapidez.
—Debo ir al médico… —se murmuraba, pero siempre posponía la cita—. Solo es cansancio, necesito descansar.
Sin embargo, en el fondo, intuía la verdadera razón. Aquella noche con Alejandro. Los recuerdos la perseguían como una dulce maldición, recordándole cada segundo el peligro y la pasión de aquel encuentro. Pero también traían consigo una posibilidad aterradora, una que trataba de ignorar.
Entre sus pensamientos surgía una preocupación constante: ¿Qué haría Alejandro si la encontraba? ¿Si descubría quién era realmente? ¿Pensaría que todo había sido una trampa planeada por sus antiguos enemigos? Probablemente, no dudaría en hacerle pagar por aquella supuesta traición.
—Es mejor así… —se repetía—. Mantenerme lejos es lo más seguro para ambos.
Pero mientras pasaban los días, se hacía evidente que esa distancia no la protegería de las consecuencias de aquella noche.
Alejandro miró con furia contenida al equipo de seguridad que tenía frente a él. Cada segundo sin noticias de Isabella lo frustraba aún más.
—¿Cómo es posible que hayan permitido que se fuera sin que nadie la vigilara? —rugió, golpeando la mesa con el puño—. ¿De qué me sirve tener a los mejores si ni siquiera pueden rastrear a una sola persona?
Los hombres bajaron la mirada, incapaces de sostener su ira. Alejandro giró entonces hacia el detective privado que había contratado.
—Llevan semanas con esto y no tengo una sola pista clara —espetó, con una mezcla de decepción y furia—. Son unos inútiles. ¿Para qué les pago si no pueden encontrar a alguien que dejó un rastro tan evidente? ¡La chica se registró en el hotel con su propio nombre y dirección!
El detective tragó en seco antes de responder:
—Señor Moretti, hemos revisado los aeropuertos, las estaciones de tren y hasta su dirección en Estados Unidos. Es como si hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Alejandro soltó un gruñido de frustración.
—¿De qué me sirve todo el poder y el dinero si no puedo encontrar a una sola mujer?
Mientras tanto, al otro lado del océano, Isabella sentía cómo sus fuerzas la abandonaban. Los malestares se habían vuelto insoportables, y finalmente decidió que no podía postergar más la visita al médico.
La sala de espera del consultorio le pareció eterna. Cuando finalmente la llamaron y el doctor empezó a hacerle una serie de exámenes, ella intentaba mantenerse en calma. Sin embargo, sus manos temblaban. En el fondo, sabía lo que le iban a decir.
Unos minutos después, el doctor la miró con una expresión seria, aunque amable.
—Señorita, los resultados son claros. Está embarazada.
Isabella sintió cómo el mundo a su alrededor se desmoronaba. Las sospechas que había tratado de ignorar ahora se confirmaban. Llevó una mano a su vientre, en un gesto instintivo, y se quedó en silencio, asimilando la noticia.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el médico al notar su expresión pálida.
Isabella asintió, aunque su mente estaba a miles de kilómetros, pensando en Alejandro. Ahora no solo su vida estaba en peligro, sino también la de aquel pequeño ser que crecía dentro de ella. Sabía que Alejandro no le haría daño, pero también estaba segura de que, si se enteraba, él no dudaría en quitarle al niño.
Salir corriendo había sido una decisión acertada, pero ahora necesitaba idear un plan más sólido para mantenerse a salvo. No podía arriesgarse a que Alejandro supiera la verdad.
Alejandro estaba en su oficina, sumido en la frustración, cuando el detective privado entró con un sobre en la mano y una expresión de triunfo en el rostro.
—Señor Moretti —dijo el detective, conteniendo una sonrisa—. Finalmente tenemos noticias de Isabella.
Alejandro lo miró con interés renovado y se puso de pie.
—¿Dónde está? —preguntó, su voz llena de expectación.
El detective abrió el sobre y extrajo una serie de fotografías, mostrando la imagen de Isabella caminando por una calle en Londres.
—Viajó a Inglaterra hace algunas semanas y se ha estado moviendo entre diferentes lugares de la ciudad. Tenemos confirmado que está allí.
Alejandro observó las imágenes detenidamente, sus ojos oscuros llenos de determinación.
—Isabella… —susurró, como si repitiera el nombre solo para sí mismo.
Sin embargo, el detective lo interrumpió, aclarando algo que hizo que Alejandro frunciera el ceño.
—Señor Moretti… el nombre en el pasaporte con el que viajó a Londres no es Isabella. Usó otro nombre, y todos los documentos que hemos podido rastrear están a nombre de alguien más.
Alejandro apretó los labios y miró al detective con una mezcla de sorpresa y confusión.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con una voz tensa.
—Parece que Isabella, o como se haga llamar, estaba usando una identidad falsa. No tenemos claro si se trata de una medida de precaución o si hay algo más detrás de esto.
La revelación provocó que Alejandro sintiera una mezcla de ira y desconcierto. La imagen de Isabella, tan dulce y vulnerable aquella noche, contrastaba con esta nueva realidad que se desplegaba frente a él. ¿Por qué alguien como ella necesitaría huir con un nombre falso?
—Quiero que la mantengan vigilada —ordenó, endureciendo su expresión—. Vigílenla hasta que yo pueda llegar hasta donde está ella.
El detective asintió, guardando las fotografías de nuevo en el sobre antes de retirarse. Alejandro, mientras tanto, se quedó en su oficina, preguntándose cuántos secretos más estaba escondiendo la mujer que había logrado evadirlo por tanto tiempo.