CAPÍTULO.....10 ..

1665 Words
POV: Cora. —¡Joder, tía! —expresa Cara, sin deja de jadear. —Eres increíble —continúa Nicolás. —Princesa —termina Damián. —Ustedes más, chicos —respondo, sin dejar de sonreír. Detrás de nosotros, escucho la voz de los mayordomos. —Señores, es la hora de su Spa. —¿Spa? —pregunto, sorprendida. —Ajá, sí —habla mi hermana, se levanta de la cama y nos mira con una sonrisa—. Todos, ahora. Tenemos una fiesta en la noche. Termina y nos guiña un ojo. —¡Joder¡ ¿Cómo podría olvidarlo? —se recrimina Nicolás, parándose de la cama de un salto. —Hay que celebrar, chicos —dice Damián y me lleva a rastras. Una hora después, estamos en la planta de masajes, todos acostados en las camillas y disfrutando del excelente servicio. —Esto si es relajante —dice Cara con tono satisfecho, mientras recibe su masaje. Nicolás y Damián están haciendo de las suyas y coquetean con las masajistas, que no paran de reír con las insinuaciones de los chicos. Todo el rato se escuchan murmullos de que una mujer había ganado en la pista de carreras al mejor piloto de todos. Los empleados, por muy discretos que pretendan ser, no pueden dejar de hablar de ello. Todos sienten curiosidad de saber quién es ella, pero nadie lo supo ni lograrán saberlo. La mujer desapareció como arena en el viento. Ese es el tema candente del hotel y durante la sesión de masajes, es lo único de lo que se escucha hablar. Los chicos me miran cada vez que se escucha sobre eso. Después de terminar la sesión de spa y peluquería, estamos todos listos para ir a la recepción de esta noche, la cual da el hotel como despedida a sus huéspedes. —Están preciosas, mis reinas —expresa Damián y nos hace una tonta reverencia a mí y a mi hermana. —Es imposible no notar la belleza de ambas —continúa Nicolás, siguiéndole el juego. —Por Dios, chicos, dejen de exagerar —rechina entre dientes Cara, porque a ella no le gustan estas escenas dramáticas. —¿Exagerar? Jamás —expresa Nicolás y extiende su brazo, para que se apoye en él. —Oh, que caballeroso —dice sarcástica mi hermana y enlaza su brazo con el de Nicolás. Damián y yo solo reímos al ver la escena que se desarrolla delante de nosotros. —Este par nunca va a cambiar —susurra a mi lado, negando con la cabeza. Cara lleva un vestido n***o elegante, con un largo de escote en “V” que llega hasta su ombligo y que deja parte de su piel al descubierto, la espalda expuesta y el corte lateral que muestra su pierna derecha al completo. Sus rizos hermosos negros se posan a un lado, sobre su hombro, y resaltan con el vestido. En su cuello, luce el dije que mamá le obsequió y que hace juego con sus aretes y pulsera. Lleva un maquillaje suave, sereno y que la hace lucir relajada. Mi hermana podría encantar a cualquiera. Por mi parte, llevo un vestido con el mismo diseño que lleva Cara, pero en rojo pasión. Mi hermana insistió tanto en que usáramos el mismo diseño que no me quedó más que acceder. Mi cabello n***o está peinado igual que el de ella, así como el maquillaje, solo que mis labios lucen un labial rojo, a juego con mi vestido. De accesorios llevo el dije de mamá y aretes y pulsera acordes. Parecemos divas sacadas de esas revistas de moda. Los vestidos son de nuestra diseñadora favorita, la madre de Nicolás. Los chicos visten un traje n***o a la medida, de Chanel, que los hace lucir más atractivos de lo que ya son. Damián lleva un corbatín rojo que hace juego con mi vestido y Nicolás, el pobre, va todo de n***o, a petición de mi hermana. A veces me pregunto qué tan malvada puede ser Cara con tal de molestar a Nicolás. Ambos chicos siempre hacen lo que nosotras queremos, sin protestar siquiera. Parecen hermanos consintiendo todo tipo de malcriadeces que piden sus hermanas consentidas. Cara camina a mi lado; Damián y Nicolás caminan a un costado, detrás de nosotras, con las manos en los bolsillos. Todas las miradas de los que están en la recepción se posan en nosotros en cuanto entramos. Llamamos la atención de todos con cada paso que damos y siento sus miradas llenas de lujuria, tanto de hombres como de mujeres que no dejan de vernos. Las mujeres no dejan de ver a los chicos con deseo y a nosotras, con odio y envidia a la vez. Las miradas de todos aquellos empresarios y riquillos, destila lujuria ante la presencia de mi hermana y mía, casi que nos desnudan con los ojos. Esta situación más bien parece una escena salida de una película de ficción, donde los protagonistas se llevan la atención de todos. —¿No debíamos pasar desapercibidos?— expresa Cara, con ironía, mientras se lleva una copa de champán a los labios. Nicolás suelta una risa ante su comentario: —Es imposible con ustedes —agrega. —¿Acaso no se vieron a un espejo ante de bajar? —culmina Damián, señalando nuestros vestidos. —¿Qué hay de ustedes? —pregunto y alzo una ceja, con desafío. —Claro, tampoco se vieron en el espejo —suelta sarcásticamente Cara, con su mirada retadora. —Nosotros no somos los que tenemos a un montón de riquillos con la polla… —Ah —interrumpe Cara, cortando lo que sea que iba a decir Nicolás—, ¿qué me dices de todas esas viejas? Levanta su copa y señala hacia un grupo de mujeres que se comen con la mirada y sin disimulo, a los chicos. —Tienen que tener las bragas mojadas de solo verlos —digo en tono de burlón. Cara choca su copa de champán con la mía, porque di en el punto exacto y dejamos a los chicos sin argumentos. Nos reímos al ver a los chicos con la boca abierta. —¿Se puede saber desde cuando nuestra Cora usa ese vocabulario? —pregunta Damián, a la defensiva, sin dejar de mirarme, como si estuviera esperando una respuesta prudente. —Tal vez se me ha pegado lo de Cara —respondo, restándole importancia y encogiendo mis hombros. Llevo la copa de champán a mis labios y le doy un sorbo, divertida. La velada transcurre tranquila, aburrida, de hecho. Más bien este lugar tenía pinta de funeral con esa música clásica que suena. Nos vamos al bar discoteca del hotel y cuando llegamos, el ambiente está encendido y comenzamos a beber todo tipo de alcohol, sin parar. Me siento en una de las altas silla de la barra y tomo sorbos de mi bebida, con el barman sin quitarme la mirada de encima; al igual que muchos otros desde que llegué. De vez en cuando, les brindo una sonrisa coqueta y educada. Damián y Nicolás coquetean con algunas chicas desde que llegaron y Cara se excusó de que iba al baño desde hace más de media hora. Yo no dejo de beber y en medio de la embriaguez que ya tengo, me siento algo mareada, pero no lo suficiente para perder el conocimiento. Siento que alguien se coloca a mi lado, sin despegar su mirada de mí, como si yo fuera un tesoro. Pienso que será uno de los tantos riquillos que se me habían acercado esta noche tratando de seducirme, pero al ver que no van a lograr nada, se van a buscar diversión a otra parte. Le resto importancia a su presencia y me dispongo a seguir bebiendo, con la mirada en el vaso de mi bebida, como si fuera lo más importante para mí. Pronto el barman se acerca, para saber su pedido. —Un tequila doble —dice y cuando su voz llega a mis oídos, trago saliva y miro a su dirección. —Dios, esto no puede ser —susurro, sin quitar los ojos de él. En un segundo, mi corazón comienza a latir de una manera descontrolada. —Nos volvemos a encontrar, muñequita —expresa y juro que su voz me hace perder los sentidos. Sus labios se deslizan, formando una leve sonrisa que hace que se formen los hermosos hoyuelos en sus mejillas. En este punto ya me siento perdida, mientras una corriente eléctrica recorre todo mi cuerpo, no tengo control sobre mí. Quiero levantarme y salir corriendo despavorida, pero mi cuerpo no responde, me he quedado como un témpano de hielo ante su presencia. Mi mirada está centrada en sus hermosas facciones definidas, parece como si hubieran sido talladas por los dioses. Sus labios chocan con los míos y con esa autoridad con la que me hizo suya hace una semana, toma mi boca y la comienza a devorar. Tardo un segundo de más en volver a mis sentidos y comienzo a responder el beso de la misma manera. Nuestras respiraciones se hacen pesadas, él me toma por la cintura, me pega a su pecho y exige que abra las piernas, para colocarse en medio de ellas. Cosa que hago sin protestar, ya que el vestido tiene la abertura en la pierna y se abre sin ningún problema, mientras yo sigo sentada en la silla. Este hombre me hace perder la razón. Hace que ni siquiera exista esa palabra en mi diccionario. Él me provoca el deseo y la lujuria que ningún otro hombre ha despertado en mí. Me hace sentir que es algo imposible que eso suceda en mi persona. El sonido de mi celular hace que yo recupere el sentido y rompa el beso que nos ha dejado sin aire. No sé cómo, pero logro alejarlo de mí con un empujón. Me incorporo con mi celular en la mano y me dirijo a la salida, como alma que lleva al diablo.
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