Para un hombre que ha pasado la mitad de su vida calculando la presión atmosférica y la resistencia de los materiales bajo el agua, Ian sabía que cuando una estructura está comprometida, lo único que queda es la demolición controlada. Granada, con sus calles empedradas y el recuerdo de Alicia en cada esquina de la Carrera del Darro, se había convertido en una zona de colapso.
A las seis de la mañana, el sol apenas empezaba a lamer las cumbres de Sierra Nevada. Ian ya estaba en su escuela de buceo, "Abyssal Granada". El olor a neopreno y ozono, que antes era su refugio, ahora le resultaba extrañamente ajeno.
—¿Te vas? ¿Así, sin más? —preguntó Marcos, su socio y amigo de la infancia, mientras recibía el manojo de llaves que Ian le lanzaba.
—No es "sin más", Marcos. Es una expedición con Ballard. Sabes que no puedo decir que no a Robert —respondió Ian, cerrando su maleta técnica de estanqueidad.
—Robert Ballard te ha llamado veinte veces en la última década y siempre le dijiste que Alicia no quería que te alejaras tanto tiempo. Lo que estás haciendo es huir, hermano.
Ian se detuvo, con la mano apoyada en un tanque de oxígeno. —Llevo cinco años respirando aire viciado, creyendo que el amor era un puerto seguro. Resulta que el puerto estaba minado. He dejado mis clases de la universidad; ya hay un sustituto para el resto del semestre. La escuela es tuya hasta que vuelva... si es que vuelvo.
No hubo abrazos largos. El silencio de los hombres que se conocen bien fue suficiente. Ian salió de la escuela sin mirar atrás, dejando atrás la estabilidad que casi le cuesta la cordura.
La Llamada del Faraón
Mientras el tren de alta velocidad lo llevaba hacia Madrid, Ian revisaba los archivos que Robert Ballard le había enviado. El legendario oceanógrafo, el hombre que encontró el Titanic, estaba ahora obsesionado con lo que muchos consideraban el "Santo Grial" de la arqueología marina: la tumba perdida de Cleopatra VII.
Las investigaciones más recientes, lideradas por la doctora Kathleen Martínez en Taposiris Magna y apoyadas ahora por la tecnología de barrido lateral de Ballard, sugerían que tras un terremoto masivo y un tsunami en el siglo IV, gran parte de los templos y posiblemente la cámara funeraria real habían sido engullidos por el Mediterráneo, frente a las costas de Alejandría.
"Ian, necesito tus ojos", decía el correo de Ballard. "Los sonares han detectado una anomalía estructural a treinta metros de profundidad, un túnel que no figura en los mapas de la ciudad sumergida. Es geológicamente inestable. Estoy convocando a los mejores en buceo arqueológico, con la sangre lo suficientemente fría para entrar ahí". Y tú Ian eres uno de ellos, vienes de una familia que igual que yo amamos nuestra ocupación.
Ian cerró el portátil. La adrenalina de la exploración era lo único que lograba acallar el rostro sonriente de Alicia en aquellas fotos en Dubái. Ya no buscaba amor; buscaba la oscuridad absoluta de una tumba sumergida donde el pasado no pudiera juzgarlo.
Escala en Madrid: El Altar de la Carne
Madrid era un hervidero de luces y ruido, el contraste perfecto para su estado de ánimo. Tenía doce horas antes de su vuelo a El Cairo. Se reunió en un bar con un grupo de viejos colegas de la facultad. Risas, cervezas artesanales y anécdotas de excavaciones pasadas llenaron el aire, pero Ian se sentía como un espectador detrás de un cristal blindado.
Allí estaba Elena.
Elena era una arqueóloga de campo, una mujer de piel bronceada por el sol de mil excavaciones y ojos que prometían incendios. Habían tenido algo años atrás, algo inconcluso que el tiempo y la relación de Ian con Alicia habían enterrado. Ella notó la grieta en el alma de Ian al instante.
—Estás diferente, Aslán —le susurró ella al oído, mientras el grupo se dispersaba hacia la siguiente ronda—. Tienes los ojos de alguien que acaba de ver un naufragio de cerca.
—He dejado de creer en los cuentos de hadas, Elena —respondió él, apurando su whisky—. Ahora solo creo en lo que puedo tocar.
—Entonces deja de hablar y tócame.
El silencio del apartamento de Elena no era pacífico; era denso, cargado con la electricidad estática de lo que estaba a punto de estallar. Ian la miró, y en su mirada no había rastro del arqueólogo paciente. Había un depredador herido que necesitaba devorar para no ser devorado por sus recuerdos.
Elena no esperó. Lo conocía demasiado bien. Retrocedió hasta el borde de la cama, sentándose con una lentitud tortuosa mientras mantenía el contacto visual. Con un movimiento fluido, desabrochó el cinturón de Ian. El metal tintineó en el aire —clink—, un sonido pequeño que disparó el pulso de ambos.
El Descenso
Ella lo liberó de la presión de sus vaqueros. Ian soltó un suspiro ronco, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía el aire frío de la habitación contra su piel caliente. Pero el frío duró poco. Elena se inclinó hacia adelante, su aliento rozando primero, es una promesa silenciosa de lo que vendría.
—Mmm... —un murmullo vibró en la garganta de ella cuando finalmente lo tomó.
El contacto inicial fue como un latigazo. Ian apretó los puños, hundiendo los dedos en las sábanas de lino. Elena fue metódica, envolviéndolo con la calidez húmeda de su boca, usando su lengua para trazar cada vena, cada centímetro de tensión acumulada en su polla.
—¡Aaah!... —escapó de los labios de Ian, un sonido quebrado, mientras sentía el ritmo constante y experto de ella—. Elena... joder.
El sonido ambiente cambió. El siseo de la respiración agitada de Ian se mezcló con los sonidos húmedos y rítmicos de la entrega de Elena: slp, swish, mmm. Ella subió la mirada, desafiándolo, disfrutando del poder que tenía sobre el hombre que creía tener el control de todo. Cada mamada era más profunda, más exigente, buscando arrancar de él no solo el placer, sino ese fantasma de Alicia que aún lo perseguía.
El Clímax de la Desesperación
Ian no pudo soportarlo más tiempo desde la distancia. La tomó por los hombros, tirando de ella hacia arriba con una urgencia salvaje. La ropa de Elena desapareció en un forcejeo de manos ansiosas y botones que saltaban por el suelo.
La tumbó sobre la alfombra, sin ceremonias. Sus cuerpos chocaron con un sonido sordo —thud—, carne contra carne. No hubo caricias lentas. Fue un asalto. Ian la despojó de su interior para introducir un par de dedos y estimular a su compañera, avivando su pasión, acariciaba su clítoris, le daba suaves toquecitos que estimulaban a Elena hasta arrancarle un profundo grito agudo.
—¡Oh! —exclamó ella, arqueando la espalda, enterrando sus uñas en los hombros de él—. ¡Sí así!...¡Ay que rico! ¡Sigue Ian, cógeme!.
El ritmo se volvió frenético. ¡Thwack, thwack, thwack!...
El sonido del impacto de sus caderas era el único ritmo en la oscuridad. Ian miraba fijamente a los ojos de Elena, apretaba sus labios de gozo, concentrándose en la fricción, en el calor abrasador que empezó a liberar el deseo devorador de ambos. Se movía con una cadencia violenta, casi primitiva, buscando ese punto de no retorno donde el pensamiento muere.
—¡Ah, ah, ah!... —los jadeos de Elena se volvieron cortos, eléctricos—. ¡Ian, me gusta mucho, joder!... ¡Cógeme duro!...
Él no respondió con palabras. Solo incrementó la velocidad para complacer a la mujer, sintiendo cómo el espasmo empezaba a subir desde la base de su columna. En un último esfuerzo, la levantó ligeramente, apretándola contra él mientras ambos colapsaban en un clímax que los dejó temblando, vacíos de todo menos de sudor y agotamiento.
El Silencio Tras la Tormenta
Ian se desplomó a su lado, con el pecho subiendo y bajando erráticamente. Miraba fijamente el techo de aquella habitación mientras se recuperaba de la corta aventura s****l que había experimentado.
—No vuelvas a buscar amor, Ian —susurró Elena, con la voz rota por el esfuerzo—. El amor te debilita. Quédate con esto. Es lo único real que tenemos los humanos.
Él se levantó, se vistió en la penumbra, le agradeció a Elena el sexo, se despidió y no miró atrás. Su avión a Egipto salía en tres horas. La arena lo esperaba para enterrar lo que quedaba de su corazón.
Rumbo a la Ciudad de los Muertos
A la mañana siguiente, el aeropuerto de Barajas fue el escenario de su última transformación. Ian dejó atrás el aroma de Elena y se sumergió en el anonimato de los viajeros internacionales.
El vuelo a El Cairo fue un trance de nubes y pensamientos técnicos. Al aterrizar, el calor de Egipto lo golpeó como un mazo de bronce. Robert Ballard lo esperaba en el puerto de Alejandría, a bordo del buque de investigación Nautilus II.
—Llegas a tiempo, Ian —dijo Ballard, un hombre cuya presencia emanaba una autoridad natural—. Los egipcios están nerviosos. Creen que hemos encontrado la entrada a la tumba de la Reina. Si los cálculos son correctos, Cleopatra no está en Taposiris, sino aquí abajo, protegida por el lodo y el olvido del mar.
Ian miró las aguas turbias del puerto. Bajo esa superficie descansaba una mujer que, al igual que Alicia, había usado su belleza y su astucia para manipular imperios. Pero a diferencia de su exnovia, Cleopatra había pagado el precio más alto por su ambición.
—¿Cuándo bajamos? —preguntó Ian, ajustándose el reloj de buceo.
—Mañana al amanecer. Te acompaño al hotel en donde nos estamos quedando quiero presentarte al equipo a varios los conoces.
Esa noche, en su habitación, Ian sacó la foto de Alicia que aún guardaba en su cartera. La miró por última vez. La mujer de la foto, esperaba que su pudriera en Dubai, ya no significaba nada frente a la inmensidad de la historia que estaba a punto de iniciar.
Rasgó la foto en pedazos pequeños y la tiró en el cesto de la basura.
Segunda razón para huir de Ian:
—El pasado es un ancla que solo sirve para ahogarte —susurró para sí mismo.
Ian Aslán estaba listo para dejar todo atrás y abandonar en la arena del desierto su corazón, lavar en las saladas aguas del mar, su alma. Pero estaba haciendo algo que le apasiona y lo ayudará a borrar esa idea de formalizar, casarse y formar familia.